La otra Revolución de Mayo

21-05-11 |

Cuando en 1776 Carlos III, decide crear el Virreinato del Río de la Plata, le adjudica los territorios de Potosí, Chuquisaca, Cochabamba, La Paz, Mojos y Chiquitos, que hoy forman parte de Bolivia y que bien supimos malograr.
Esa región, el Alto Perú, era el centro cultural de la época. Por sus universidades, intelectuales y juristas solapadamente ya discutían esas ideas liberales y jacobinas que hablaban de “autodeterminación de los pueblos”. La Universidad de Chuquisaca era una cueva de subversivos. Y si quieren un ejemplo piensen en Mariano Moreno, que –Guadalupe mediante- mandó al diablo su carrera sacerdotal y se volcó a la abogacía primero y a la Revolución después.

En 1808 llega a Charcas el general Goyeneche y entera a todos acerca de la abdicación de los reyes, la invasión francesa a España, y la instalación de la Junta Suprema de Sevilla, de la cuál era representante. Pero entre sus comentarios y los rumores que indicaban que Goyeneche al pasar por Brasil se había entrevistado con Carlota Joaquina, todo se hizo confuso. De ahí a pensar que pretendiera anexar Charcas al Brasil había un solo paso. Los oidores de la Real Audiencia desconocieron a la Junta y a su enviado, postergó el reconocimiento de ambos y solo juró fidelidad al, por entonces, Deseado Fernando VII.(25-9-08).Goyeneche dejó Charcas donde le gritaron cosas muy feas como “General de cartón” o “Aventurero audaz” –así se insultaba por entonces-y continuó su campaña política por el resto del Alto Perú. Pero los jóvenes universitarios, que en aquel tiempo no tenían centros de estudiantes, ni cortaban avenida Callao hacían este tipo de planteos: “Las Indias son un dominio personal del rey de España; el rey está impedido de reinar; luego las Indias deben gobernarse a sí mismas”(1-55). Bernardo de Monteagudo –un setentista prematuro- se preguntaba: “¿Debe seguirse la suerte de España o resistir en América?” 

En enero del 9 la Junta de Sevilla aclara que las tierras americanas no son colonias, sino provincias. La noticia llega con tres siglos de atraso y no logra cambiar los ánimos.

El gobernador intendente Pizarro, ordena detener a todos los cabecillas de la revolución en marcha.

El 21 arranca la semana de mayo… El 24 los tiros… El 25 comienza la Revolución Americana.

Una multitud toma el cuartel, las armas y ocupa la Real Audiencia. Pizarro y el obispo Moxos -la cruz y la espada- huyen aterrados. Los oidores se hacen cargo y nombran a Álvarez de Arenales, un español revolucionado, al frente de las milicias defensoras.

La noticia corre por el altiplano. Monteagudo y otros se encargan de ello. En La Paz está su primo Medina. El 16 de julio después de una procesión en honor de la Virgen del Carmen, estalla la revuelta. Al frente se encuentran los nativos Pedro Domingo Murillo y Juan Indaburu. Detienen al gobernador y al obispo, lo hacen “Por Dios y por la Patria”. Un cabildo abierto los conmina a formar Junta que encabeza el propio Murillo. La primer medida es exigir fidelidad y juramento, la segunda deponer a todos los españoles, o viceversa. Es la independencia total “Ya es tiempo de levantar el estandarte de la libertad en estas desdichadas colonias adquiridas sin el menor título y conservadas en la mayor injusticia y tiranía” (3-483)

Y mientras la Junta propone una confederación hispanoamericana e invita a todos los municipios del continente, y el obispo excomulga a la Junta y por las dudas a la Virgen protectora también, en Buenos Aires los futuros patriotas juzgan que “las brevas no están maduras” y dan la bienvenida a Cisneros. La independencia del Alto Perú “se derrumba ante la indiferencia porteña” dice Ferla.

Horrorizado el intendente de Potosí, Paula Sanz, se comunica con el virrey peruano Abascal, quien envió al mismo Goyeneche para sofocar la rebelión. Se peleó y se perdió. Irupana, el 11 de noviembre, es la derrota final.

El 29 de enero de 1810 Pedro Domingo Murillo murió en la horca pero tuvo la bizarría para señalar: “La tea que dejo encendida nadie la podrá apagar”. Los esbirros de Abascal y de Cisneros colocan su cabeza y la de los revolucionarios sobre picas en los caminos del norte argentino. La horca, el garrote y el degüello prosiguieron todo febrero para regocijo del criollo españolizado Goyeneche.

He aquí una revolución que no recordamos. El 25 de mayo de Chuquisaca es sólo uno más de los antecedentes de Mayo del 10 cuando en realidad fue el inicio, por semejanzas y por nuestra. ¿A quién se le ocurre festejar una revolución perdida?, menos si la hicieron los aimará y los collas, y mucho menos si fue en Bolivia. Esto obligaría a contar como se pierde el Alto Perú, y a modificar los libros de Astolfi. Algo similar sucederá con Artigas, devenido en prócer uruguayo, si lo declaráramos argentino habría que explicar la negligencia en la Banda Oriental. Y se sabe, se cuentan las ganadas, las perdidas mejor ocultarlas.

22-05-2009. Jorge G. Villanova
Citas y fuentes:
1-Salvador Ferla, Historia Argentina con drama y humor,Precursora, Buenos Aires, 1997
2-Ricardo Levene, Breve Historia de la Independencia Argentina, Eudeba, Buenos Aires, 1966
3-Julio de la Vega, Consultor de Historia Argentina, Delma, Buenos Aires, 1993
4-VV.AA., Crónica de América, Plaza & Janes, Barcelona, 1990