¿Cómo eran nuestros indios en el siglo XV?

13-05-11 |

Los primeros europeos que llegaron al Río de la Plata se encontraron con dos tipos principales de población indígena: cazadores-pescadores-recolectores (a veces agricultores) de estatura media y alta, similares a los chaqueños y a los pobladores de la pampa; y agricultores de tipo amazónico -los guaraníes- de baja estatura y cuerpo más bien grueso (“barrigudos”). Nos ocuparemos de los primeros, a los que consideramos característicos de las costas del Paraná medio, al menos desde comienzos de la Era Cristiana.

Todos los cronistas coinciden al calificarlos como muy altos y vigorosos. Roger Barlow (1528), compañero de Gaboto, expresó que los caracará eran “…de cuerpo alto como alemanes” (los españoles no se destacaban precisamente por su estatura); el portugués Pero Lópes de Sousa (1531) dijo que los beguá eran “…grandes y robustos, y parece que tienen mucha fuerza”; y para Ulrico Schmidl (1534), que acompañó a don Pedro de Mendoza, los timbú, corondá y mocoretá eran “…gentes grandes y garbosas de cuerpo”.

Años después, el Arcediano Martín del Barco Centenera (1573), que también consideraba muy altos a los beguá, describió en versos a uno realmente gigantesco: “…el salvaje se estira y endereza/ y un escudo grandísimo ha embrazado/…/y el bastón que este bárbaro tenía,/servir de antena en nave bien podría”. Exageraciones aparte, podríamos abundar en ejemplos: para Fernández de Oviedo (1550) todos los grupos mencionados y también los chaná y mepene eran mucho más altos que los españoles, sobresaliendo entre todos los chaná y los beguá del delta, que eran “…hombres de grandes estaturas, así como alemanes o más”, mientras que los guaraníes eran “…de la estatura de los españoles”.

Beguá, chaná, timbú y corondá eran pueblos culturalmente emparentados, que ocupaban parte de las islas del delta y la costa bonaerense y santafesina del Paraná, hasta la actual localidad de Coronda. Los mocoretá fueron ubicados alternativamente en la margen derecha o izquierda del Paraná, entre la desembocadura del Aº Feliciano y el Guayquiraró; y los mepene poblaban originalmente el norte de Corrientes, más o menos hasta Yacyretá.

Las opiniones de los cronistas coinciden con los datos arqueológicos. Luis María Torres midió 17 esqueletos masculinos y 2 femeninos del delta, con una estatura media de 1,69 m para los hombres y 1,65 para las mujeres. Fernando Gaspary obtuvo l,67 m de promedio sobre 37 esqueletos de la Isla Los Marinos, frente a Rosario; y Santiago Gatto calculó en 1,85 m la estatura de un individuo masculino del delta. Nosotros obtuvimos una altura de 1,62 m para dos esqueletos femeninos, y de 1,70 y 1,79 m para dos adultos masculinos del Dpto. La Paz, Entre Ríos.

En general se trata de adultos jóvenes, con buena salud y dieta equilibrada. Las afecciones que se advierten son fracturas y problemas artríticos. Gaspary describió una fractura consolidada de ambos huesos del antebrazo; una fractura por hundimiento de tabla externa 1 Lic. en Antropología. Museo de Cs. Nat. y Antrop. “Prof. A. Serrano” (Paraná)-CONICET del cráneo, curada; varias osteoartritis reumáticas, especialmente en columna; y un caso de enfermedad de Paget (osteitis deformante) que afectaba casi todo el esqueleto.

En el Aº Las Mulas (La Paz, Entre Ríos) excavamos un adulto femenino con evidencias de patologías infecciosas (periostitis-osteomielitis), y en la boca del Aº Guayquiraró el esqueleto de una mujer adulta, multípara, con politraumatismos y fusión de vértebras sacrolumbares originado en un proceso artrítico-artrósico. Posiblemente sufrió algún accidente en su juventud, y luego la artrosis; afecciones que no le impidieron tener hijos, ni fueron causa de su muerte.

Son frecuentes las pérdidas dentarias (muy difíciles de separar de las producidas post mortem), pero no las caries, características de pueblos con agricultura, que consumen dosis altas de hidratos de carbono y glúcidos. Se conocen pocos casos de deformación craneana, generalmente del tipo subcircular (por atadura del cráneo durante la infancia). Una excepción la constituyen los materiales de la Isla Los Marinos, donde la mayor parte de los esqueletos presentaba deformado el occipital, por uso de algún tipo de cuna rígida.

Ulrico Schmidl, impresionado por el uso de tatuajes o pinturas faciales entre las mujeres timbú y corondá, aseguró que eran “toscas” y “feas”. Sus mujeres, afirma, “…las jóvenes y viejas están siempre rasguñadas y ensangrentadas debajo de los ojos”. O, como dice otra edición de su libro “…tienen la parte baja de la cara llena de rasguños azules”.

El portugués Pero Lópes de Sousa, en cambio, que en 1531 comandó una expedición clandestina al Río de la Plata, más joven y menos pretencioso que el alemán; y muy entusiasmado por todo lo que vio “al otro lado” de la Línea de Tordesillas, consideró que las mujeres de los beguá eran “…todas muy bien parecidas”, con o sin tatuajes. Pudo ver de cerca una chaná-beguá que le pareció “…muy hermosa; sus cabellos eran largos y castaños y tenía unas marcas o tatuajes debajo de los ojos”. En otra versión de su manuscrito habla de “ferretes”, es decir, aros. Los varones, en cambio, no lo entusiasmaron tanto: “…son hombres muy corpulentos y grandes, feos de cara y de cabello largo; algunos de ellos se horadan las narices y en las aberturas traen metidas unas placas de cobre muy brillante…”.

Schmidl mencionó para todos los grupos de margen santafesina, y también para los mocoretá, el uso de algún tipo de nariguera, común a ambos sexos: “…llevan en ambos lados de las narices una pequeña estrellita que está hecha de una piedra blanca y azul”. Ruy Díaz de Guzmán (1612) reafirmó el dato para timbúes y caracarás: “…tienen las narices horadadas, donde sientan por gala en cada parte una piedra azul o verde”. Esta piedra podría ser malaquita, obtenida por intercambio con pueblos del borde andino.

Fernández de Oviedo (1550), que nunca estuvo en el Río de la Plata pero conoció a varios miembros de las primeras expediciones, consignó, como Lópes de Sousa, el uso de adornos de “…cobre y latón o como latón”, pero, dijo, “…aquesto tráenlo de otras partes”.

Según la información recabada por Gaboto en 1528, estas piezas metálicas (él las creyó de plata) tenían dos procedencias:

a) Venían del noroeste, posiblemente La Rioja. Allí las obtenían los comechingones (los “indios barbados”) de la serranía cordobesa, quienes las intercambiaban con los querandí, que las llevaban hasta el Paraná.

b) Llegaban del Alto Perú (hoy Bolivia) a través del Chaco, y de allí al Río de la Plata por intermedio de los guaraní.

Sebastián Gaboto escuchó decir a Francisco del Puerto, el grumete de Solís capturado por los guaraní en las costas uruguayas, que ese metal “…viene de otras tribus que tienen su asiento sesenta o setenta leguas, el Paraguay arriba, y que lo traen con sus mujeres y niños, de la famosa Sierra de la Plata”, y remontó el Paraná en su búsqueda. A la altura de Itatí, según la “Carta” de Luis Ramírez, encontró que los indígenas del cacique Yaguarón se adornaban con “…mucho metal de oro y plata en muchas planchas y orejeras”, pero a su regreso a España solamente llevó “…una onza de plata y unas orejeras y lunas de metal, que no pesaban más de una libra”. A su rival Diego García le fue aún peor, ya que pudo exhibir nada más que “una pequeña muestra del metal que daba su nombre a estas tierras”.

Los cronistas mencionan tres modalidades de vestimenta: desnudos; con cubresexo de algodón; y con manto de pieles.

Lópes de Sousa describió numerosos beguá que venían en canoas a los que “…ropa no les vio”, aunque sí “…muchos penachos y pintados de mil colores”. Más adelante encontró un grupo chaná-beguá (tres hombres y una mujer) “…todos cubiertos de pieles”, y los varones con un gorro confeccionado con piel de cráneos de jaguar, “…con dientes y todo”. Una protección similar vio Martín del Barco Centenera en otro beguá, quien tenía “…por yelmo un cuero de anta en la cabeza”.

Schmidl parece referirse al manto de pieles y a faldellines o cubresexos. Al hablar de los corondá, indica que “…tienen estos indios mucho corambre sobado de nutrias”, y sus mujeres “…jóvenes y viejas…sus partes…cubiertas con un paño hecho de algodón”.

Fernández de Oviedo relató que los chaná-timbú y los caracará usaban los cueros de “hutía” o “lobos de agua”, “…de que hacen vestido y calzado y cueros para su defensa”.

Las características de la vestimenta no mejoraron mucho con el tiempo: el Gobernador Diego de Góngora (1622), de visita en la Reducción de San Bartolomé de los Chaná, se enteró por algunos indios bautizados que “…algunos infieles andan vestidos … y otros desnudos”, e incluso los españoles debieron a veces adoptar la indumentaria indígena, forzados por la necesidad. Como relató López de Gómara en 1552, “…visten de venado curtido con grasa de peces, desde que se les rompieron las camisas y sayos”.

Hacia fines del 1700, según el Padre Sánchez Labrador, ya las mujeres chaná se cubrían “…desde bajo los sobacos hasta la pantorrilla con mantas de algodón, que ellas hilan y curiosamente tejen”, vale decir, habían adoptado una vestimenta similar al tipoy de los guaraní-misioneros.

La existencia de “torteros” (contrapesos del huso) en casi todos los sitios arqueológicos hace pensar en la existencia de alguna fibra, vegetal o animal, apta para hilar y elaborar tejidos, empleada desde muy temprano. Entre las primeras están la ortiga y el caraguatá, utilizadas por los pueblos chaqueños hasta la actualidad, y también el algodón (quizás provisto por los guaraní), mencionado por Schmidl para los corondá y por Sánchez Labrador para los chaná.

En relación a las fibras animales, se ha discutido sobre la presencia de guanacos (cuyos restos óseos fueron localizados en sitios arqueológicos del Paraná medio y el delta) e incluso de llamas domésticas en las costas del Paraná-Plata y el Paraguay hasta las primeras épocas del Período Hispánico.

El primero que los mencionó es Juan de Zúñiga, Embajador de España en Portugal, al expresar que Diego García de Moguer (1528) “…dice que vio ovejas monteras” en el Río de la Plata. Hacia la misma época, también las registran Gaboto y sus compañeros. En la carabela que éste envió a España al mando de George Barlow y Hernando Calderón, al parecer viajaron algunos de estos animales; así lo atestigua la “Carta” de Luis Ramírez al rey, enviada en el mismo barco, donde se expresa que “…ay muchas ovejas salvajes de grandor de una muleta de un año y llevarán de peso dos quintales; tienen los pescuezos muy largos a manera de camellos; son cosa extraña de ver; allá envía el señor Capitán General alguna a su Majestad”.

La “Información” levantada por la Casa de Contratación de Sevilla para aclarar los graves sucesos producidos en la expedición de Gaboto, confirma estos datos. Cuando le preguntan si en el Río de la Plata “…hay ovejas como las de España”, Juan de Junco dice que “…hay ovejas de las que vinieron acá”. Casimiro Noremberguer expresa que “…hay ganados como los que trajo Roger barlo y ovejas como las de acá, porque este testigo vio pellejos dellas”; y Gaboto indica que “…en la dicha tierra había unas ovejas pequeñas de que hacían ropa y eran mansas”, pero que además había “…muchas ovejas de las que trujo el dicho Calderón”.

Es decir, se mencionan al menos dos especies de camélidos: una de mayor tamaño (¿guanaco?), que Barlow y Calderón llevaron a España; y otra más chica (quizás llama), mansa y de mejor lana, cuyos “pellejos” confundió Norenberguer con pieles de ovejas “de Castilla”. Resulta contradictorio el dato de Ramírez, que atribuye a la especie “salvaje” una capacidad de carga de hasta dos quintales (unos 90 kg), porque el guanaco no es animal de carga, pero bien podría tratarse de llamas asilvestradas.

Otras fuentes que traen datos al respecto: Lópes de Sousa relata que los chaná-beguá le llevaron “…pescado, tasajos de venado y una pata de oveja”; Schmidl dice que los carios (guaraníes) de Asunción tenían “…pescado y carne y ovejas grandes como en esta tierra los mulos romos”, y se hizo retratar montado sobre una de estas “ovejas de la tierra”; y finalmente Fernández de Oviedo y López de Gómara, que afirman que las poblaciones ribereñas “…tienen muchos venados, y avestruces, y ovejas de las grandes del Perú”.

Disponemos de muy pocas imágenes de los primeros pobladores del litoral fluvial. Los grabados que acompañan la obra de Schmidel son muy expresivos al tratar el hambre en la Buenos Aires de don Pedro de Mendoza, pero sus rubias y robustas “indias” resultan muy europeas y poco convincentes. Hemos resuelto agregar, como complemento de este artículo, algunas representaciones cerámicas de la entidad cultural Goya-Malabrigo (0-1500 d.C.), en que se advierte el uso de vinchas, diademas de plumas y gorros, que ilustran sobre el aspecto de los pueblos originarios del Río de la Plata y Paraná.

Carlos Natalio Ceruti

Bibliografía:

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Publicado en Revista “Paraná Bravo” N° 1, 2003, Paraná.