Ensayo 1 Hacia una transformación agraria sustentable-Por Pedro Aguer *

26-04-15 |

Empezando con un claro concepto: la tierra debe ser para el que la trabaja.

No se debe planificar desde arriba para de aquí a veinte años, sino desde las posibilidades concretas, poniendo al Estado como motivador, movilizador en torno a lo necesario.

No se necesita una determinada superficie hasta que no se  sepa lo que se va a producir. Unas pocas hectáreas pueden resultar una estancia así como muchas insuficientes, según sea lo que en ellas vamos a cultivar. Si agricultura o ganadería o mixta. Si agricultura no sólo soja, y si ganadería producción de carne, leche, lana, etc.

Una alternativa es la de volver a la producción granjera, con el fin de recuperar la industria que antes permitía el abastecimiento de las ciudades, desde los llamados cinturones verdes.

Podemos ejemplificar.

Una alternativa es volver a la explotación del tambo familiar con un apoyo de fomento y financiero, que le permita a la familia diversificar y tecnificar, así como construir su casa y demás secciones de infraestructura: tinglados, alambrados, corrales; adquirir vehículos de transporte y maquinarias.

Desde el tambo se puede generar una interesante fuente de trabajo, con alternativas tangenciales, complementarias: cerdos, aves, conejos, ovejas, cabras, huerta, frutales.

Para garantizar la continuidad y realizar una economía de escala, se hace imprescindible la asociación de los productores en cooperativas.

Las organizaciones de este carácter facilitan el desenvolvimiento económico con vistas a un ordenado empleo de la tecnología, con el asesoramiento adecuado y una capacitación que facilite el progreso en genética, en inseminación artificial, en el manejo del ganado y de los cultivos, optimizando la eficiencia.

El tambo asumido como eje de la explotación más las distintas alternativas complementarias, le permite a una familia tipo y a la mano de obra de terceros, realizarse digna y confortablemente.

La cooperativa se ocuparía de la provisión de maquinarias, semillas, animales, inseminación y todo cuanto a insumos de producción y de la economía doméstica sea necesario, además de la comercialización y la industrialización.

Ello motivará una mejora en creciente de la calidad de vida, principal incentivo para quedarse a vivir en el campo.

La cuestión es promover la cooperativa como  escuela de participación, incluyendo a la mujer y a los jóvenes en la responsabilidad de la administración, con presencia efectiva en el Consejo.

Si realmente se pone en juego lo necesario para la transformación agraria debe pensarse en el hombre que trabaja la tierra y su familia. Cuyo destino no será otro en caso de abandonar la vida en el campo que mudarse a las ciudades, con la atracción de un espejismo, en el que por lo general la suerte corrida es inferior a la que le ofrecía su permanencia en el ámbito rural.

La transformación se puede realizar mediante el sistema cooperativo, aprovechando el agrupamiento que ello implica, de tamberos formando un tambo cooperativo y a su vez el agrupamiento de estos tambos en organizaciones de 2º grado o constituyendo una cooperativa que se ocupe de la concentración de la leche en una planta de industrialización, lo cual abriría una perspectiva de trabajo y producción interminable, lo que podría ser también para la comercialización de productos y subproductos de la granja.

La gran ventaja de esta forma de asociación reside en que la economía es administrada democráticamente, equitativa e igualitariamente.

Puede muy bien funcionar paralelamente una mutual que se ocupe de los servicios de educación y salud de los asociados y sus respectivas familias.

Esto es posible, sólo hace falta que se lo considere y asuma como política de Estado, sumando a ello la escuela rural en un complejo de acción comunitaria para el desarrollo de la ruralidad en su complejidad socio económica, con esta propuesta autogestionaria de la solidaridad.

Así era en nuestra Provincia. Lo fue cuando se formaron las colonias y las aldeas. Y durante gobiernos progresistas, que también los hubo, antes del 2003..

Podemos hoy darle un sentido de modernas proporciones.

Habrá de este modo una gran potencialidad de generación de fuentes de trabajo para que nuestros jóvenes opten por quedarse a progresar en Entre Ríos. Provincia en la que un mundo mejor es posible.

Contamos con viento a favor: Escuelas agrotécnicas, carrera de Profesores Rurales, facultad de Ingeniería en Ciencias Agropecuarias, técnicos suficientes, carrera de Licenciatura en Cooperativas y Mutuales. Falta la decisión política de poner en marcha la obra. Por cierto, convocando a los protagonistas que aún quedan viviendo en el campo. A esta altura de los acontecimientos sobran los discursos de los tecnócratas que por lo general carecen de lo que es la vida en el medio rural, aunque abundan en estadísticas, que suelen ser la mentira oficializada.

 

El campo y la ciudad

No se trata de conocerlo solamente sino de sentirlo así.

En el campo no viven los peones de la ciudad.

Viven, como en cualquier parte, seres humanos, trabajadores, empleados, empresarios rurales. Propietarios o no, pero gente que trabaja y vive y quiere seguir trabajando y seguir viviendo, que quiere construir su familia, o conservar su familia, cultivando la tierra.

Sólo como producto de una ceguera mental inaceptable en política se puede pretender enfrentarlas como si se tratara de fuerzas antagónicas.

La tierra debe ser para el que la trabaja. Antes, el que decía esto era tildado de comunista, hoy forma parte de las encíclicas sociales, y es común encontrar la frase en todos los cultos religiosos y en casi todos los partidos políticos.

El campo, los recursos naturales en general, los mares, los ríos, los arroyos, alimentan a las ciudades, a las villas, grandes y pequeñas.

No existiría la industria, si no existieran quienes producen o extraen o cultivan la materia prima.

Pareciera que esto ya estaría en claro, a esta altura en que el conocimiento ha creado la cibernética.

Sí, puede estar suficientemente claro para el conocimiento, pero no para la acción.

Para empezar a construir es imprescindible planificar, pero no desde las alturas burocráticas, sino desde la base social existencial.

Han contado con demasiado tiempo los tecnócratas para producir tanto daño. Siguiendo los designios del imperialismo. Cobrando, además, por ello.

Ha llegado, en consecuencia, la hora de la reparación.

A los errores no se los debería volver a cometer. Uno de ellos es haber dejado en manos de iluminados y “asesores” teóricos la suerte de los pueblos. Debemos limpiar de malezas el suelo antes de volver a sembrar, como lo hace el labrador.

El hombre de campo y su familia han obedecido durante mucho tiempo las indicaciones de los técnicos que servilmente, e inteligentemente, han respondido a directivas de los grandes intereses monopólicos supranacionales, jugando el triste papel de aquellos que son encantados por la serpiente…, arrodillados ante el poder del dinero.

En esa obediencia han perdido la ciudad y el campo. Éste despoblándose. Aquélla degradándose con los hacinamientos de la pobreza.

Resultado: la inseguridad, y como arrastre de ello la dependencia de los imperialismos camuflados en los estados que se prestan, poniendo a su servicio el sacrificio de los pueblos. Con la indignidad y la complicidad de los “políticos” e “intelectuales”…

Hoy desesperadamente se las quiere mantener con patrulleros y cárceles, y con tecnología a lo Jean Bond.

Pero todos sabemos que los únicos caminos están en la educación, en la capacitación para la producción, en la multiplicación de las fuentes de trabajo; al menos se lo escucha repetir en las tribunas, se lo puede leer en las proclamas, en las propuestas de las campañas electorales. Donde también se explica descaradamente por qué esto que se debió hacer, no se hizo.

Pero la cuestión es que debemos empezar a tratarlo hablando más entre nosotros, en los barrios, en las comisiones vecinales; es decir en los lugares de la vida corriente, donde se alimenta y se fortalece la posibilidad cierta de la solidaridad.

En las escuelas, en los templos, en los clubes, en el hogar, debemos asumir la impostergable responsabilidad de hablar en serio acerca de lo que nos está pasando, teniéndonos como protagonistas involuntarios a quienes deseamos vivir honradamente y trabajar dignamente. No se trata de anular las diversiones, los entretenimientos, sino de impedir que nos sigan anestesiando la conciencia acosándonos con la mala calidad de programas “culturales”, y con las obscenidades de ríos de dinero que corren insensiblemente usando el deporte como si en ello estuviese en juego el patriotismo.

No dejemos para otro día lo que nos está pasando, que por cierto no es bueno.

Quizás mañana mismo sea demasiado tarde.

Lo que nos pasa no es sólo urbano, ni sólo rural.

Es el problema de la vida en la ciudad y en el campo, en su conjunto. Ambas forman parte de la misma patria.

El éxodo rural

El éxodo rural continúa ausente en la política de estado. No en las campañas electorales.

El trabajador rural, lo mismo que el productor rural, no se improvisan.

Una familia no se hace rural de un día para el otro. El período de adaptación es muy largo.

Por ello el problema del éxodo es profundo. Debería preocupar más a quienes se dedican a la política.

Para recibirse de hombre de campo hay que asistir largo tiempo a la universidad que es la vida rural.

Es un proceso que empieza en los primeros pasos y se prolonga el resto de la vida. La vida del hombre de campo tiene mucho de instintivo, de reflejos especiales, de intuición.

Los políticos deberían poner más atención en este tema que no es sólo económico sino fundamentalmente social y cultural.

La gente se va del campo no por capricho ni por antojo. Se va porque le es imposible seguir viviendo indignamente, o con la amenaza de un fracaso comercial tras otro. Sin la seguridad de poder lograr que los jóvenes progresen, y ello determina que se los incite a que piensen en estudiar carreras liberales, gracias a las cuales podrán crecer económicamente en las ciudades.

La vida en el campo además de sacrificada no ofrece ninguna posibilidad cierta de cambio alguno que sea tentador para que valga la pena quedarse o planificar en tal sentido.

Lamentablemente el destino de los que lo abandonan es aún más incierto. Por lo general habitarán los suburbios, donde sufrirán carencias a las que no están acostumbrados.

En las villas circundantes de las grandes ciudades las condiciones de vida no son halagüeñas.

El hacinamiento es lo que prevalece.

Por cierto es un mal generalizado en Latinoamérica. Lo podemos constatar con la gran cantidad de inmigrantes de los países hermanos, que vienen a nuestra Patria. Pero el hacinamiento los limita en sus ansias de superación.

Lo cierto es que en el campo se puede vivir confortablemente como en la ciudad y aún mejor, si se modifican las condiciones actuales.

Pero es un asunto del cual los partidos políticos no se preocupan ni ocupan, excepto en esta época en que los candidatos explican todo lo que van a hacer a favor de la producción, para inmediatamente al día siguiente de los comicios clausurar el tema hasta las próximas elecciones. En los círculos que triunfan como en los perdedores, se observa la misma conducta. Una fugaz ráfaga de amor que se repite de igual modo siempre.

Pero es hora que se tome en cuenta que no se trata de un asunto nada más que electoral sino fundamentalmente científico. De no abordarlo con ese rigor correremos el riesgo de agotar los recursos que requiere una producción eficiente. Especialmente el humano, que es el más importante.

Desmoralizado el conjunto familiar, se contagia la comarca, a lo que contribuye el espejismo de la ciudad, cuyo atractivo consiste en que se cree que en ella la vida es más cómoda y las posibilidades de progreso son mayores.

Miremos hacia el campo, antes que sea demasiado tarde.

El Estado debe desechar la costumbre de anunciar planes a largo plazo. Los plazos del mercado son cortos y no los maneja el productor y menos aún el Estado, que por lo general cabestrea según los intereses del comercio exterior.

Necesitamos planificar una política social agraria, pero de abajo hacia arriba, es decir, desde el que trabaja la tierra, y tranqueras adentro no como lo hace la intermediación especuladora, que cifra todo su éxito en la explotación despiadada del campesino y de su familia, como la depredación que perpetra contra la naturaleza toda.

Sólo de esta manera se logrará estimular una nueva toma de conciencia, con la consiguiente preparación respecto de generar una economía laboral y productiva en concordancia con los requerimientos de la vida social y cultural.

Para ello debemos poner especial cuidado en la educación. Las escuelas se están cerrando porque no queda gente y porque los pocos habitantes que porfían en continuar tratan de enviar sus hijos a las ciudades, sobre todo en la secundaria, convencidos que hallarán más garantías en cuanto a la calidad educativa.

Es imprescindible fortalecer las escuelas rurales para que su función acompañe la política agraria, con la formación de un ciudadano emprendedor y consciente de su futuro ligado a la ecología, sin lo cual será un mero contaminador del medio ambiente, haciendo un mal uso de la tecnología, atentando contra su propia vida. Además de convertirse en un agente del monocultivo. Tal es el caso de la soja.

El trabajo realizado solidariamente permite avanzar. La educación cooperativista se torna en una necesidad y debe asegurarse una formación eficaz en ese sentido.

No es el crecimiento lo que genera bienestar sino el desarrollo social consubstanciado con la ruralidad.

No es posible promover revolución alguna con medidas parciales o aisladas.

La cuestión social agraria se debe analizar y planificar, participativamente, con su principal protagonista: la industria rural familiar, con vistas al desarrollo social y a la producción en escala para la provisión del mercado interno, y los excedentes exportables. En ese orden.

Esta exigencia de nuestro tiempo no admite más postergación. Debemos legislar para que la tierra sea de quien la trabaja, no botín de voraces empresas supranacionales, ni tan siquiera bien de renta. El derecho a la propiedad de la tierra debe ser el premio al esfuerzo, no a la desalmada especulación inescrupulosa.

Si en el campo perdura la tecnocracia, se debe a que la política no se dedica a atender sus problemas. Y los tecnócratas han demostrado que sus planes nada tienen que ver con las necesidades reales de la familia campesina.

Para revertir el estado actual de cosas respecto del campo es menester participar democráticamente, pensar democráticamente, decidir democráticamente, los productores y los trabajadores rurales. Ellos y sus familias.

*Aporte al llamado de la Junta Abya yala por los Pueblos Libres a la presentación de estudios sobre producción sustentable de alimentos, arraigo, biodiversidad, y uso y tenencia de la tierra.