Ensayo 4 Cielo y tierra, luz y sombra-Por Fortunato Calderón Correa*

26-04-15 |

El comienzo del fin: La tierra-cosa, apropiada y expropiada.
“Cuando se comprende que los opuestos son uno, la discordia se disuelve en concordia, las batallas se convierten en danzas y los antiguos enemigos se convierten en amantes. Estamos entonces en condiciones de entablar amistad con la totalidad de nuestro universo, en vez de seguir manteniéndolo dividido”.
Ken Wilber

Ernesto Sábato solía mencionar la frase atribuida a Schopenhauer: “Algunas veces el progreso es reaccionario y la reacción es progresista”. Sábato observaba que la construcción de rascacielos, una muestra orgullosa  de civilización  urbana y desarrollo,  implicaba meter a vivir en ellos a  niños, niños recluidos que jamás verían a una gallina poner un huevo ni nacer un perro, por ejemplo, y que serían a la larga pasto de psiquiatras. “En las civilizaciones antiguas había muchos leprosos, pero la lepra es una enfermedad del cuerpo, las enfermedades del  alma son quizá peores”. Observaba que “progreso” acá sería evitar la construcción de rascacielos.

La crítica que recibió Sábato a propósito de estas cuestiones  implicaba, más que refutaciones directas, ataques “ad hominem”, dirigidas más  a él que a  sus argumentos, eran explicaciones de su  punto de vista como derivado de las circunstancias de su vida. Se trata de refutar sin razonar, con sólo desacreditar un punto de vista  atribuyéndolo íntegramente a los condicionamientos personales de quien lo expone.

Si cada cosa que decimos se explica exhaustivamente por nuestra historia personal, por los callejones sin salida  o las amplias avenidas que nos induce a tomar la necesidad de supervivencia o el deseo a aliviar la angustia y el temor que gravan sobre nosotros, poco se explica. La cadena causal que tiene que recorrer la explicación no tiene límite, no nos permite descansar en ningún punto y además no ancla en lo esencial, se atiene a cambios y sólo a ellos, como el mismo Schopenhauer sabía (1).

Las últimas etapas del proceso que nos trajo al presente fueron resumidas así: “La decadencia no se ha producido de súbito; podrían seguirse sus etapas a través de toda la filosofía moderna. Es la pérdida de la verdadera intelectualidad (de la facultad supraindividual que el hinduismo llama “buddhi”, Aristóteles “intelecto agente” y para  Averroes es un principio de conocimiento común a todos los hombres) lo que ha hecho posibles esos dos errores que no se oponen sino en apariencia: racionalismo (razón, facultad discursiva individual) y sentimentalismo. Desde que se negaba  o ignoraba todo conocimiento puramente intelectual, como se ha hecho desde Descartes, debía lógicamente desembocarse, por una parte en el positivismo, el agnosticismo y todas las aberraciones “cientificistas”… La noción de la verdad,  después de haber sido rebajada a mera representación de la realidad sensible, es finalmente identificada por el pragmatismo con la utilidad, lo que equivale a suprimirla  pura y simplemente. En efecto, ¿qué importa la verdad en un mundo cuyas aspiraciones son únicamente materiales y sentimentales”?  (2)

Dentro de las variantes del modo de ver prevaleciente están el naturalismo, el poshumanismo, el modernismo y el posmodernismo y las explicaciones que fundan la verdad en una ciencia particular cualquiera y terminan identificando la conciencia con un chisporroteo de neuronas, sin que quede claro quién percibe el chisporroteo, como no sea otro chisporroteo.

Entonces, se presenta  la pregunta: ¿hay una verdad independiente de las contingencias individuales, históricas y sociales, de los condicionamientos a que está natural y socialmente sometido el hombre?

La certeza de que tal verdad existe  y de que se puede alcanzar, es propia de todas las culturas tradicionales, incluidas las de Abya Yala. Contradice directamente la opinión prevaleciente en occidente desde el Renacimiento, que ha terminado  por desdeñar la verdad, declararla inexistente o inaccesible, por recluirla en la individualidad al nivel de la opinión o identificarla con lo que mejor le parezca a cada uno,  a fundar todo en la experiencia,  a considerar la inteligencia destinada al fracaso,  a abrazar ilusiones difusas y confusas y a presentar la  búsqueda sin otra meta que buscar como suficiente.

La cosmovisión andina expresa la idea de un trasfondo  necesario del devenir, más allá de cualquier condicionamiento: afirma que la sabiduría no cambia ni cambiará.  Todos  vivimos según el medio donde se desarrolla nuestra vida, con hábitos y costumbres sociales que dependen de él, pero la cosmovisión se  mantiene sin ser alterada por  cambios. Y la cosmovisión es la expresión doctrinaria de la totalidad sin resto, que para los andinos es lo que se percibe y también  lo que no se percibe, sin que  nada pueda quedar afuera sin que deje de ser totalidad.

La sensación de insuficiencia que se ha abatido sobre nuestro tiempo, insatisfacción sin salida extraña para el hombre amerindio, por ejemplo, acompaña la crisis.

Actualmente los que entienden que existe una verdad inmutable y alcanzable son considerados reaccionarios por la mentalidad vigente, y progresistas los que se mantienen en permanente agitación y búsqueda, parece que sin esperanza ni propósito  de encontrar nada.

La verdad, la totalidad de los posibles existentes o no, realizados o no, es una  y por eso la doctrina perenne que la expresa es también una, a pesar de los diversos modos en que se adecua a cada tiempo y  pueblo. Ningún individuo puede decir que posee la verdad entera, porque ella lo excede al infinito. Nadie puede decir que inventó una idea. Las ideas son de todos los que las puedan entender. Sólo el error, que es una pura negación,  es responsabilidad de quien lo comete.

El padre de la poesía moderna,  Charles Baudelaire, insta en “La Voz”, poema de  “Las Flores del Mal”: “viens voyager dans les reves, au delá du possible, au delá du connu”.  Es un viaje de exploración por la complejidad psicológica, por el laberinto interior al que en el caso de Baudelaire puso fin la muerte en medio de suplicios, paralizado y envenenado por el éter  y el opio.

La doctrina perenne (3)

El psicólogo norteamericano  Ken Wilber trata de dar una idea de la filosofía perenne:

“Es esa visión del mundo que comparten la mayor parte  de los principales maestros espirituales, filósofos, pensadores e incluso  científicos del mundo entero”.

Se la denomina “perenne” o “universal” porque aparece implícitamente en todas las culturas del planeta y en todas las épocas. Lo mismo lo encontramos en India, México, China, Japón y  Mesopotamia, que en Egipto, el Tíbet, Alemania o Grecia.

Y dondequiera que la hallamos presenta siempre los mismos rasgos fundamentales: es un  acuerdo universal en lo esencial.

Para nosotros, los hombres contemporáneos, que somos prácticamente  incapaces de ponernos de acuerdo en nada, esto es algo que se nos hace difícil de creer. Como lo resumió Alan Watts: “Apenas somos conscientes de la extraordinaria singularidad de nuestra propia postura, de modo que nos  resulta muy difícil de admitir el hecho evidente de que haya existido un consenso filosófico único, de amplitud universal, que ha sido sostenido por  muchos (hombres y mujeres) que han compartido las mismas experiencias y  han transmitido esencialmente la mismas enseñanzas, hoy o hace seis mil  años, y desde Nuevo México en el Lejano Oeste hasta Japón en el Lejano  Oriente. (Y en las culturas ancestrales de Abya Yala)

Alan Watts fue el iniciador del movimiento beatnik en los Estados Unidos. Era teólogo cristiano, pero abrazó el budismo. Preguntó en broma a un periodista, para justificar su alejamiento del cristianismo: ¿Usted cree que el dios judío de las barbas de chivo es el creador de las mujeres?

La afirmación de Wilber, tomada de Watts, de que los occidentales no podemos ponernos de acuerdo en nada tiene un correlato muy antiguo: Los Purana de la India designan a  la era actual, el kali yuga o edad oscura, que se habría iniciado hace 6000 años, entre otras denominaciones como “edad de la riña”, debido a la conformación mental prevaleciente. (4)

En ella cualquier idea, de cualquier origen, por notable o bien intencionada que sea, cualquiera sea su contenido  cae al reñidero, donde será despedazada, junto con sus propulsores, por los mastines críticos, ignorantes y ciegos, pero con buena dentadura.

Algunos puntos fundamentales de la doctrina perenne, según resume el propio Wilber con base en el Vedanta,  son:

-La realidad sensible es ilusoria (cambiante e inesencial).

-La realidad verdadera está a la vez en nosotros y fuera de nosotros, es “inmanente-transcendente”, ni monista ni dualista: “no dual”

-La inmensa mayoría de nosotros vivimos en un mundo de ignorancia, separación y dualidad, en un estado de caída ilusorio.

-Hay una  salida para ese estado de caída, de error o de ilusión; hay un  camino que conduce a la liberación.

-Si seguimos ese camino hasta el final llegaremos a un renacimiento, a  una liberación suprema.

-El estado liberado es inexpresable pero evidente, e implica el final del sufrimiento y una acción sin consecuencias dañinas para nadie.

Es decir: es posible y necesario buscar mientras sentimos una insuficiencia;  es posible encontrar y llegar a un estado definitivo en que el individuo desaparece como niebla matutina y aparece sin velos el Uno sin Segundo que siempre fue.
Una vez expuestas las líneas generales de la doctrina perenne, es necesario volver sobre el acápite de Ken Wilber. Podría pensarse que se trata de una expresión lírica de la subjetividad de Wilber, de un vuelo de su pensamiento, si no de su fantasía, llevado por anhelos que a veces nos alzan del suelo para dejarnos caer de nuevo a él: de eterealizaciones que no tardan en ser llamadas al orden por la “cruel realidad”.

No es así: es la expresión de puntos intelectuales que Wilber conoce perfectamente y que no tienen nada de romántico ni sentimental, y que si son poesía lo son en su sentido recto, anterior a la corrupción de la palabra por el mito, corrupción que fue para  occidente un verdadero “presente griego”.

En Abya Yala

La doctrina perenne tuvo y tiene presencia en Abya Yala. Intisunqu Waman es el nombre indígena del que según el documento se llama Javier Solís Salcedo, de Trujillo, Perú,  profesor universitario. Se refiere a ella: “…existe una sabiduría de origen no humano (“aparusheia” en sánscrito; no se trata de revelación divina sino de la instancia supraconciente del “buddhi”) vehiculada por las tradiciones amerindias que no tiene nada que ver con el saber moderno.

“Algunos individuos llegan a sostener que hay “algo” (en las culturas originarias de Abya Yala) que no comprenden realmente pero presentan como una suerte de pensamiento precursor del saber moderno, al que califican, sin comprender su naturaleza ni funcionalidad, de “saber folklórico” o de “sabiduría de nuestros ancestros”.

Otros, mucho más osados,  pretenden también que ese “algo” se asimila a las concepciones de la filosofía occidental antigua y moderna, a la que toman como modelo de sabiduría. Para nosotros esta pretensión es una prueba de la supina ignorancia de individuos que están lejos de comprender el pensamiento tradicional que subyace en los menores detalles de la vida cotidiana de nuestros pueblos”.

La frase que hemos puesto en cursiva indica que Intisunqu Waman considera que la vida de todas las comunidades aborígenes (originarias) de Abya Yala está informada por la doctrina perenne y no por mitos, leyendas, “pensamiento prelógico”,  folklore, magia ni religiones como las vigentes en occidente.

Wu wei en los Andes

Tekumumán (Tecún Umán o Tekun Umam en lengua quiché) fue un  guerrero de Guatemala,   vencido por el conquistador español Pedro de Alvarado, famoso por su cueldad. Tekumumán  es héroe nacional de Guatemala.

Dice la leyenda que  en la batalla Tekumumán clavó su lanza en el caballo de Alvarado y lo  mató, creyendo quizá que era una unidad con el jinete, ya que entonces los caballos eran desconocidos en Abya Yala. Alvarado, indemne, dejó el caballo muerto y atravesó con su espada a Tekumumán. Es el pseudónimo que adoptó uno de los mayores expositores de la doctrina perenne en América, el argentino Javier Maskin, editor de la revista “Mundos Amerindios”,  muerto hace algunos años. En un artículo aparecido en la revista trimestral “Abya Yala”, publicado en Montreal, Canadá, en 2003, muestra a un hombre andino sentado en la cumbre de un cerro mirando pasar por sobre su cabeza las nubes que se acercan desde atrás y se pierden alejándose de sus ojos. Afirma que no está sentado allí un solo hombre, sino dos: el hombre exterior y el hombre interior. Pero no se trata del cuerpo  y la mente  sino del “yo” cambiante y perecedero que incluye tanto el cuerpo como la mente por un lado  y la Personalidad, el Sí mismo supraindividual permanente e inmutable por el otro.

Este es aquel que el andino considera Principio único, absoluto y eterno, innombrable e indefinible, para quien no existen pasado ni futuro, sino el eterno presente.

Notablemente, esta concepción, que convierte al hombre andino en un centro de acción justamente en el momento en que no hace nada, es la que en la tradición extremo oriental se llama “wu wei”, acción en la inacción o acción libre y espontánea que brota de la naturaleza propia de cada uno, sin interferencias, deseos ni objetivos.

Y no es menos notable que en este punto, muy ajeno a las preocupaciones, intenciones y concepciones del hombre occidental medio, coincidan doctrinas que parecen diferentes y que provienen de las antípodas.

Pero además, el hombre andino, calmo en lo alto del cerro, nos da otra enseñanza, según Tekumumán, acerca de la existencia “real” o  “virtual”, fundada en la distinción metafísica entre lo que es posible y tiene su modo propio de ser y lo que llega a la existencia y “actualiza” la posibilidad.

El hombre en la cima del cerro ve pasar las nubes que llegan desde atrás y alejarse hacia adelante. “Lo que ya ha pasado, lo que ya fue, está adelante, tanto más adelante cuanto más antiguo. Lo que aún no ha pasado, lo que todavía no existe, está atrás, en el futuro y el hombre sentado en la cima del cerro  está en el punto de confluencia entre lo que ya fue y lo que todavía no existe, o sea en el aquí y en el ahora.

Naturalmente, lo que todavía no existe no existe en el tiempo, pues aún no ha ocurrido, ni en el espacio, pues no ocupa ningún lugar. Sin duda, la nube que se aproxima desde el futuro “es”, ya que si no fuera de modo permanente no podría llegar a existir de modo transitorio, como toda existencia. La nube se mantiene en estado “virtual” hasta el momento que pasa por sobre la cabeza y se hace actual. Con cada nube que llega a la existencia, que se “manifiesta”, nacen su propio tiempo y su propio espacio. Todo punto del espacio se corresponde indisolublemente con un instante del tiempo y cada cosa está ligada a su lugar y su  momento. Por eso, tanto en aymara como en runa simi (quechua, “habla del hombre”), hay una sola palabra que significa “tiempo, “espacio” y “mundo”: Pacha.

La nota de Tekumumán se llama “sobre la presunta pasividad del hombre andino” y termina con esta pregunta: ¿cómo puede alguien pretender que aquél que efectiva o simbólicamente, ordena el mundo por su sola acción de presencia, es un “ser pasivo”?

El hombre “interior” o Sí mismo que está en el hombre andino -y de todos los hombres, aunque no lo reconozcan-  está caracterizado como el principio único, absoluto y eterno, frente al cual todo es relativo, cambiante y perecedero.

Lógica andina

La lógica trivalente de los Andes se relaciona con esta concepción porque las cosas son en plenitud solo cuando coinciden con aquel Principio. Son relativas, dudosas o probables  en la medida en que aparecen ante nosotros como sujetas al devenir, es decir todo lo que podemos experimentar, o no son en caso de constituir contradicciones totales, es decir, ser “nada”.   Esta lógica, a diferencia de la que reconoce solo “verdadero o falso”, y excluye cualquier otra posibilidad (tercero excluido), tiene valores de “verdadero”, “quizá verdadero”, “quizá falso” y “falso”. Cuando hay una disputa del tipo: “yo tengo razón, tú no” el andino, usando su lógica, puede muy bien reconocer razón a las dos partes, mientras nosotros no podemos y debemos inclinarnos por uno u otro, o eludir el problema diciendo que no tenemos elementos suficientes para juzgar. (5)

El Papa de las transnacionales

Aquel Principio absoluto o “Sí mismo” es una expresión que se reaparece con diversos nombres en todas las tradiciones. Carl Gustav Jung la usó para designar al centro de la personalidad total integrada, pero reduciendo su radio  metafísico a un alcance sólo psicológico. Aparece en una respuesta de los Pueblos y Confederaciones Indígenas de Abya Yala al Papa Ratzinger, Benedicto XVI. Eran palabras del Papa en la quinta conferencia de obispos de América Latina y el Caribe en mayo de 2007 en el Brasil.

El Papa  había sido indulgente y condescendiente con George Walker Bush, que por entonces era presidente de los Estados Unidos, y había advertido preocupante peligro de desviación en algunos presidentes de Nuestra América, como Evo Morales Ayma.

El documento de los Pueblos indígenas hace ver que Benedicto más parecía un vicario de las multinacionales que de Cristo. “Para nosotros, la vida de Jesús es la gran luz proveniente de Inti Yaya, la luz paternal y maternal que sostiene todo”.  Justamente este Inti Yaya, que es el ámbito de la fraternidad entre los seres humanos y la armonía de éstos con la Tierra, es unidad de los opuestos, como se ve en su designación de “luz paternal y maternal” con que se lo alude, conscientes de que no hay nombre que lo abarque. (Como el Tao, que mencionado no es el verdadero, sino solo un nombre).

Esta luz paternal  (y maternal, a diferencia del dios judeocristiano) recuerda al Manitú de los pieles rojas, que tanta irrisión provocaba cuando aparecía en boca de los indios,  de manera deliberadamente ridícula, en las películas norteamericanas del Oeste. (6)

En el Vedanta la doctrina cambia la expresión, pero no la esencia.  Raphael, un presentador de  la obra del sabio hindú del siglo IX,  Shankara,   señala que la sentencia  del Chandogya Upanishad “Tu Eres Eso”, da en tres palabras la síntesis de la sabiduría, porque iguala el ser experimentado dentro de cada uno con el Ser Universal.

“Lo viviente tiene su fundamento en el Existente que a su vez tiene su razón de ser en Eso, es decir en la unidad sin segundo ante la cual el pensamiento empírico desiste por incapacidad  de entenderlo”.

En el Existente subsiste la causalidad y puede entenderse como un reflejo, una imagen, una representación ontológica de Eso que no tiene inicio, y por consiguiente, no tiene espacio-tiempo (ni causalidad).

“En síntesis, para el Vedanta Eso es la Realidad sin segundo; el Existente es imagen reflejada; y el viviente representa la imagen de la Imagen, aquello que para Parménides, Platón, Plotino, expresa el no ser”.

La vida implica una dinámica a la que se suele inclinarse el pensamiento moderno, quizá porque está en relación con la agitación y el desequilibrio en que ha venido a parar nuestra propia existencia social.

Pero en la  consideración de la doctrina perenne le corresponde un lugar equiparado, como todo lo que no tiene en sí su razón suficiente,  con el no ser; es decir, con la irrealidad y la ilusión.

El vitalismo es por supuesto una variante del naturalismo que no reconoce más realidad que la experimentable, justamente aquella que la doctrina perenne considera una ilusión porque no tiene permanencia.

García Linera y la “nueva socialidad”

Subsisten en América, a pesar de 500 años de adoctrinamiento, aculturación, horca, cristianismo,  hoguera y persecución, rastros de aquellas doctrinas que hoy parecen venir del Oriente, pero que son universales, están en todas partes y en todas las edades y no tienen  historia. Más que resultar de la vida social, ellas la determinan. No son consuelo  ni remedio contra la angustia.   Tampoco el resultado de ningún intento  humano de adaptarse a la realidad física ni social ni respuesta  a ella.

En una entrevista periodística, el vicepresidente de Bolivia, Alvaro García Linera, que se define como marxista leninista, expuso la aplicación de sus ideas a la sociedad boliviana, signada por el punto de vista tradicional gracias a la mayoría quechua y aymara.  Advirtió sobre los intentos de “integrar” a los indígenas en nombre de la “bolivianidad”. Este concepto es absurdo, no designa nada a pesar de la apariencia respetable que le da su aspecto abstracto.

Pero García Linera también puso en guardia contra un “indigenismo” que no quisiera tocar nada del modo de vida actual de las comunidades indígenas, con el argumento de que ellas viven en una armonía con la naturaleza que no debe ser perturbada.

Enfatizó: “no hay armonía en la miseria”. Por supuesto, tampoco en el delirio posesivo de los plutócratas. La inarmonía es lo propio de la civilización occidental y contamina lo que toca. (7)

En su participación en el sexto foro internacional de filosofía en Maracaibo, Venezuela, García Linera expuso las dificultades inherentes a la acción política. Insistió en el valor del Estado para establecer una “nueva socialidad”, como defensor del valor de uso contra el valor de cambio, contra la ganancia y  la acumulación capitalista.

Definió al socialismo latinoamericano actual como la transición entre dos modos de civilización “planetarios”, que puede durar siglos, sobre la base del comunitarismo propio de las culturas americanas originarias.

García Linera subrayó que “socialismo” se aplica solamente a un periodo de transición, signado por “lunares” del nuevo mundo, pequeñas experiencias de otro régimen ya no basado en la ganancia  capitalista sino en el valor de uso, en el servicio. Socialismo sería entonces, de acuerdo con las últimas obras de Lenin,  retazos de capitalismo en retirada peleando con retazos de comunitarismo en expansión.   Finalmente, no será ya el Estado sino  la sociedad la que  “dentro de 200,  300 ó 400 años”, asuma la nueva organización económica, la nueva socialidad postcapitalista universal.

Hizo mención a cuatro tensiones o contradicciones “creativas” que se advierten en el proceso latinoamericano (palabra que usa ampliamente)  en marcha. Primera: entre estado como monopolio y movimiento social como democratización del poder.  Segunda: entre el apego al núcleo duro de la revolución (las clases populares movilizadas) y la necesidad de irradiar a otras clases sociales para construir hegemonía, definida como liderazgo intelectual y moral. Tercera: Universalidad, lucha por intereses de todos y de intereses  locales y gremiales de unos cuantos. Esta tercera  contradicción es interna, no contra la oligarquía.   Y cuarta: Expansión de la economía para satisfacer necesidades como las carreteras, refinerías y usinas y defensa de la madre tierra, preservación del medio ambiente. O “meterle con todo” para generar más riqueza” o no afectar la naturaleza, no herir la madre tierra.

García Linera encuentra en estas “tensiones” un límite para su pensamiento, que puede transformarse sin duda en restricción para la acción. Las contradicciones son la fuerza intrínseca de la realidad en cambio que opone a lo dado su opuesto dialéctico  para sintetizar una superación de ambos polos, tanto de lo dado como de su opuesto. Pero él define las acciones políticas como cabalgata por un filo estrecho entre el  ultrademocratismo paralizante y la toma de decisiones. Consultar, pero también decidir, ejecutar, o las masas pedirán cuentas al gobierno.

Finalmente, llegados al momento de la determinación, la contradicción se transforma no ya en superación de contrarios sino en un precario equilibrio entre ellos, para el que “no hay salida”. “No la encuentro, no la encuentro”, dijo. El estado de ánimo que genera esta situación precaria es depresivo: a uno y otro lado hay solo un precipicio. No se advierte lo que hay por arriba, en la superación de la contradicción.

La quinta tensión parece ser entre el marxismo de García Linera, construcción teórica  nacida en Europa que él busca injertar en Bolivia, y las concepciones originales de su tierra. Así, un anciano de Oruro, invitado por estudiantes universitarios que lo visitaron ocasionalmente a comprar una bomba de agua para regar sus sembrados afectados por la sequía, se  negó a hacerlo. Uno de sus hijos respondió cordialmente a la iniciativa mientras el viejo ni siquiera se dio vuelta para mirar al chico que proponía.

En el otro extremo del mundo, hace miles de años, otro campesino, chino, recibió la sugerencia de instalar cangilones mecánicos para llevar agua a su sembrado. Le pidió sin gentileza al visitante que dejara de molestarlo  y se aplicara a sus asuntos y solo le dijo que él seguiría con esfuerzo llevando agua en baldes a las plantas. (8) No se trata de “poesía del atraso”, sino de la aplicación de principios universales que permitían ya entonces ver qué había del otro lado de la tecnología, qué caminos abría, que ruinas envolvía, adónde conducía. El campesino de Oruro veía lo mismo que el chino antiguo porque ambos se basan en los mismos puntos de vista.  García Linera se siente atravesado por otra contradicción: entre la nueva  magia tecnológica de occidente y las antiguas concepciones nativas de la tierra. Son puntos de vista incompatibles, y quizá por eso toman forma en la mente de García Linera como un problema sin solución.

La filosofía como faro de popa

En ese foro, el filósofo mexicano Enrique Dussel contó una anécdota de Evo Morales Ayma: un socialista francés reprochaba a sus colegas haber alojado a Evo en un hotel de cinco estrellas en París, contra su humildad y el contenido mismo de su  política. Enterado de los murmullos, Evo dijo: “hotel de cinco estrellas a mí, que allá en la montaña dormía en hotel de mil estrellas”.

Dussel consideró necesario “construir” una filosofía en base a la experiencia en curso en los países de Sudamérica. Se trata entonces de una doctrina fundada en la experiencia, como cualquier ciencia particular. Pero con la particularidad de que la doctrina así “construida” debe tomar en cuenta lo  único que los “latinoamericanos” han tomado en cuenta hasta ahora: los filósofos, sociólogos, científicos, etc, europeos y norteamericanos. Dussel dice que no hay que rechazarlos, ahora que alumbra una conciencia nueva en nuestros países, pero también hay que mirar a los puntos de vistas originarios de América, del Asia, de los árabes, de los bantúes. Este último punto es muy interesante porque la doctrina como tomó forma en los bantúes del Africa está entre las más desarrolladas de la doctrina perenne. (16)

Pero lo que propone Dussel es una especie de eclecticismo que habitualmente queda por debajo del menos valioso de sus componentes. Y además, y lo más importante, hay que insistir en que todas las doctrinas europeas que derramaron sobre el mundo a partir del Renacimiento europeo son negaciones de la doctrina perenne. No corresponde entonces tratar de conciliar una rama desviada con el tronco que no se ha desviado. Lo único admisible es que la rama desviada regrese a la rectitud sin negociar ningún acercamiento.

Dussel puso a la filosofía en posición de luz que alumbra la marcha de los pueblos desde la retaguardia. No sería entonces ninguna formulación de ideas aplicables a la acción derivadas de principios, sino solo de interpretaciones de hechos lo más ajustadas que sea posible, sin más pretensión que esclarecer el camino de la lucha política.

Pero por otra parte propuso superar no solo el capitalismo sino la modernidad toda, porque ha sido capitalista, eurocéntrica y racista. “Esos pueblos originarios que habíamos descartado  por atrasados nos dan lecciones de vida comunitaria, de conservación de la naturaleza y de sabiduría humana. Somos discípulos de ellos”. Dussel dijo que en la nueva civilización habrá que aprender de pueblos milenarios que debieran ser nuestros maestros. En síntesis: a su manera reconoce que todo lo que nos impuso Europa desde hace cinco siglos es una desviación que debe ser reconocida como tal y no admitida como faro que alumbre el porvenir.

Las  doctrinas como pudieron ser

Estas líneas pretenden solamente exponer doctrinas puras, en la  medida en que siguen vigentes y nos son conocidas. Maskin   admitió que es difícil que  quede entre los habitantes originales de Abya Yala que todavía sostienen sus tradiciones algún centro de irradiación de la doctrina perenne, algún grupo aplicado a conservarla, como sí hay en el Extremo oriente o entre los sufíes del  Islam,  por ejemplo. Pero el persistente modo de vida según normas derivadas de ella es suficiente para advertir su presencia en el pasado y sus efectivas prolongaciones presentes.

No tratamos de proponer nada fuera de lo que  en Oriente se llama “conocimiento” (jñana en sánscrito) y que René Guénon llamó “metafísica” (confiando en que no habría confusión posible con la filosofía  occidental desde Descartes) para evitar las connotaciones desviadas que gracias a la Iglesia católica tiene el término “gnosis”.

Tampoco se propone nada en el terreno de la praxis, aquella unidad dialéctica de acción y reflexión que según el marxismo debe incidir sobre la realidad social para transformarla, es decir para producir cambios en la dirección de la “humanización” de los desposeídos y con ellos también de los opresores. No es un artefacto político ni social.

No sugiere ningún “sistema” que pueda reemplazar ni de cerca ni de lejos la influencia imperceptible pero eficaz de la doctrina perenne, que incide sobre todos los órdenes de la realidad mudable a partir de los principios que le dan existencia relativa y sentido.

Naturalismo, humanismo, positivismo

La escisión de las facultades humanas de modo de resultar de ella el racionalismo por un lado y el sentimentalismo por otro envuelve una decadencia cada vez más notoria, de la que ella misma es síntoma fundamental.

Ya en el Renacimiento, cuando Europa desbordó con consecuencias catastróficas sobre el resto del mundo, en particular Abya Yala, tomó forma el humanismo y luego  el naturalismo, el cientificismo, el pragmatismo y el  posmodernismo.

El naturalismo parte de la realidad experimentable considerada con sus consecuencias lógicas como la única realidad, que es verdadera porque se ve o se palpa de acuerdo con el sentido predominante en cada  uno. El filósofo argentino Carlos Astrada hacía notar que para el hombre occidental moderno no hay otra realidad que la que cabe en la causalidad científica, que no tiene que ver sino con cambios. (Como la capacidad de producir cambios tiene el nombre de “energía” hay quienes imaginan divinidades con las propiedades de la energía).

Si todavía se ofrece alguna explicación del llegar a ser de esta realidad perceptible, se suele suponer resultado de la acción de dos principios enfrentados, lo que se llama “dualismo”, por ejemplo el cartesiano. Es el punto de vista de quien habla de varones y mujeres como de “sexos opuestos”, cuando la complementaridad en este caso es obvia.

Los opuestos lo son mientras se consideren irreductibles, pero tan pronto aparecen como complementarios remontan a un principio común, único. Este principio común se desdobla en dos principios relativos,  que los seres de la  naturaleza contienen en sí de alguna manera.

Todo dualismo es naturalismo porque no conoce principios por encima de la polaridad relativa que produce los seres. Tan pronto remontamos al origen de los principios complementarios, abandonamos el dualismo.

El Tao Te King, resumen del taoísmo, una de las formulaciones de la doctrina perenne,  contiene esta doctrina. Se inicia: “El Tao que puede ser expresado no es el verdadero Tao. El nombre que se le puede dar no es su verdadero nombre. Sin nombre es el principio del universo y con nombre, la madre de todas las cosas. Desde el No ser comprendemos su esencia y desde el ser, sólo  vemos su apariencia. Ambas cosas, ser y No ser tienen el mismo origen aunque distinto nombre”

El Tao envuelve todas las posibilidades de ser y de No ser (que no son la nada). Es el principio supremo que no está en relación con nada. No se lo puede designar porque ningún nombre lo contiene, nada lo define. El principio del ser, aludido como “No ser” es el ámbito de las esencias. El Ser, que determina los seres perceptibles, nos da la apariencia.   El naturalismo está condenado a permanecer en las apariencias, los fenómenos, y a participar del carácter fluctuante, impermanente, de éstos. (9)

En los Andes

La división tripartita de la realidad manifestada, común a todas las doctrinas tradicionales,  se puede simbolizar con los tres niveles terrestre, atmosférico y celeste. La tierra es sólida, firme, concreta, se puede ver, asir, palpar, es lo que con gusto llamamos “verdadero”, se sostiene, resiste al cambio. Se la puede asimilar al cuerpo denso, el que los hindúes llaman “burdo”.

Por encima de ella está el aire, sede de los fenómenos variables de la atmósfera, que no se pueden asir y muy poco predecir, del viento, la lluvia, de lo que cambia rápidamente y no muestra constancia ni firmeza. Se la puede relacionar con los fenómenos de la mente, sede de las ilusiones, los errores y las fantasías, con tendencia a saltar de un punto a otro y a arrastrarnos en su variabilidad e inconstancia en la medida que nos identifiquemos con ella. Es el  mundo que los hindúes llaman “sutil”.

Por encima de la atmósfera está el cielo “fijo” como lo consideraban los  antiguos para marcar una solidez aparente de condición muy diferente a la terrestre. El cielo es inmutable tal como lo vemos  pero no se puede asir y parece más etéreo que la atmósfera; pero más cierto, más seguro,  más invariable que la tierra, libre de impurezas e inmune a los fenómenos atmosféricos.

Es el mundo de las ideas puras, de las que la mente recibe una imagen en los conceptos. Se lo puede relacionar por analogía con el nivel que los hindúes llaman “causal”.

La tripartición de la realidad, pero no ya solo  fenoménica sino también principial,  que mantiene no obstante la unidad, se advierte con claridad en la tradición andina. El mundo de lo que no es pero puede ser, la potencialidad, la materia primera aristotélica que no ha recibido forma pero está preparada para recibirla, es el Uku Pacha en los Andes.

El mito la considera el mundo de abajo, el mundo de los muertos, pero su carácter potencial, no experimentable, se advierte en que es también el de los niños no nacidos todavía y de todo lo que está bajo la superficie de la tierra y del mar, es decir, por debajo del nivel de la existencia pero lejos  no obstante de ser “nada”.

El mundo “real”, el del aquí y ahora, es el Kay Pacha para los andinos. Es el mundo donde se despliega la vida, coincidente en buena medida con el mundo “intermedio” de la tradición extremo oriental.

El Hanan Pacha es el mundo de donde emanan las influencias esenciales, celestiales. Que se trata todavía de un mundo de fenómenos y no de principios queda en claro porque las personas, dice la formulación mítica, pueden entrar en él cruzando un puente de pelo, es decir, casi sin peso, y con mucha dificultad, de modo que recuerda  la “puerta estrecha” del evangelio.

En la antigua India se invocaba a la madre, la Tierra,  que recibía la influencia del Cielo en sus partes más altas, consideradas como su matriz. En los Andes, los seres llegan a la existencia a partir del mundo no manifestado donde eran solo posibilidades en algunos sitios privilegiados, equivalentes a aquella matriz. Son la pacarinas: un río, cueva, montaña, volcán, manantial. En ese lugar aparecían a la vida, como seres manifestados, los que antes estaban como potencialidad en el mundo de la materia prima, del principio sustancial. Esas pacarinas eran los puntos donde los tres mundos, el inframundo, el mundo y el supramundo, se pueden comunicar entre sí.

En el hinduísmo Brahman es el absoluto indeterminado que se diferencia en un aspecto conservador (Vishnú), otro transformador (Shiva)  y otro creador, llamado  Ishvara. (13)

En los Andes, las funciones de Ishvara están en manos de Huiracocha (la fuente de energía cósmica total),  que  dio lugar a los cuatro puntos cardinales y con ellos a los cuatro rincones del Tahuantinsuyo. De la unidad de Huiracocha deriva la multiplicidad del mundo, que no es sino aparente porque no es esencialmente diferente de él. El  cuatro de los puntos cardinales, los extremos de la cruz del sur en el cielo y de la chakana en la tierra, apuntan a la forma cuadrada que simboliza a la Tierra por oposición al cielo circular.

La chakana es un símbolo fundamental en los Andes, donde vuelve a aparecer la cruz como en casi todos los tiempos y lugares, que desde el derrame de occidente por todo el planeta parece monopolio cristiano.

La chakana no simboliza lo mismo que la cruz cristiana. Su rama vertical es el principio esencial, activo, homologado con lo masculino y con lo que induce al cambio. La rama horizontal es el principio pasivo, receptivo,  homologado con lo femenino y con la Tierra, con lo que permanece.

El centro de la chakana es el lugar donde se resuelven los contrarios, donde se anulan las diferencias y se recupera la unidad. Las ramas representan las diferencias:

En la parte superior de la rama vertical, a partir del centro, se representa el cielo y la parte inferior la tierra. La parte izquierda de la rama horizontal representa la noche, la luna y la mujer, y la parte derecha el sol, el día y el hombre.

La reflexión sobre la chakana da la apertura que permiten todos los símbolos genuinos a los que pueden interpretarlos, es decir, a los pueblos tradicionales. Por eso sirve como elemento ordenador de la vida a todo nivel, incluida la social, tanto el Tahuantinsuyo, del que es resumen simbólico, como del cielo  por su relación con la cruz del sur, como de la convivencia en el ayllu y en la familia y la pareja.

Como cualquier símbolo, la chakana tiene una cantidad indefinida de sentidos, que no se contradicen entre sí, de modo que solo se pueden mencionar los fundamentales. En todos aparece lo que el símbolo contiene: el principio esencial que  hace inteligible la realidad y el principio sustancial que hace sensible la realidad.

La esencia pura está más allá de la realidad cognoscible y literalmente no es del  mundo experimentable. Pero tampoco lo es la  materia prima. En cuanto pura capacidad para recibir la forma, tampoco es de este mundo, donde todo lo que existe, todo lo manifestado, es en distintas proporciones compuesto de cielo y tierra.

La tierra sin mal

Entre los guaraníes la tierra es el origen de la naturaleza, su sustrato necesario, pero no único. De ella brotan el suelo, el bosque con los  árboles, la flora y la fauna. Es la madre, tekohá,  pero solo toma su forma visible cuando es determinada por la “palabra” del padre, o sea por el principio esencial, el logos.

El cuerpo  humano es apto para simbolizar la tierra,  que es  ella también un cuerpo con piel y pelos, huesos, sangre y conciencia. La vieja correspondencia hermética del microcosmos y el macrocosmos reaparece, incluso en la ciencia moderna, que no deja de poner de  manifiesto estructuras homólogas de nivel muy diferente, de las galaxias espirales a la molécula de ADN.

Pero la declinación del ciclo actual, con un punto clave en la llegada del europeo, ha llevado al hombre a romper la armonía con tekohá, el ámbito donde vive en comunidad. ¿El hombre blanco no ve cómo la floresta llora?   Nosotros vimos las lágrimas de los árboles. ¿Qué va a quedar? Venenos de las plantaciones en los ríos, plantas hinchadas de veneno. El blanco gana, pero ¿cuánto le va a durar? (Gonzalo Abella)  No ve, calcula beneficios. La naturaleza en vías de destrucción implica un hombre en la misma condición. El llanto de la floresta es el llanto del guaraní.

La consecuencia de la declinación cíclica es que ha entrado el mal en la  tierra, y el guaraní sabe que el nuevo ciclo implica una restauración, la vuelta de la tierra sin mal que está en su memoria ancestral  y que debe volver.

Dentro de la concepción occidental moderna, esta es una perspectiva utópica, pero dentro del concepto cíclico que parte de un polo de la realidad para pasar paulatinamente a otro hasta que las posibilidades originales se agoten, es solamente una aplicación de la ciencia de los ciclos. La tierra sin mal es la transposición al espacio de aquello que por naturaleza está fuera de él; pero que el espacio permite simbolizar dentro de los límites a que debe ceñirse nuestra percepción.

El guaraní busca la tierra sin mal desde siempre, incluso antes de la llegada de los españoles y portugueses que lo despojaron de sus territorios ancestrales.

También los occidentales, cuando se pronto se sintieron perdidos en un mundo extraño y ajeno, que se ofrecía para la conquista y la mutilación, buscaron obstinadamente quimeras como el Grial o el reino del Preste Juan. No estaban ya en condiciones de apreciar su valor simbólico y literalmente querían conquistar el reino y beber la copa, hacerlas como todo objeto de dominio y expoliación.

El Grial, el Preste Juan otras leyendas similares son en esencia lo mismo: señalan mediante la plasticidad del relato el verdadero destino del hombre, su patria original, negada por una concepción que cierra el mundo de una parte y lo ofrece como botín de otra. Hoy, que vamos viendo que no tenemos nada entre las manos, que el botín desaparece  y el tesoro antiguo, simbolizado en el Grial, se ha vuelto por completo incomprensible, podemos reflexionar sobre el sentido de la tierra sin mal, que no es un mito sino el anhelo del hombre que se siente separado de lo que verdaderamente es.

Los árabes, de pasado nómade, solían decir que los  tres dones mayores que hizo Alah al hombre fueron el cerebro de los francos (la inteligencia de los europeos), las manos de los chinos y la lengua de los árabes. Como nómades, no tenían ni valoraban nada que no pudiera llevarse en viaje. De la misma manera, los judíos añoraron siempre la vida sencilla del nomadismo en el desierto, e incluso sus profetas la opusieron a los vicios que atribuían al sedentarismo. La frase de la biblia “Babilonia la grande, madre de todas las abominaciones de la tierra” es un  ejemplo de admiración y recelo al mismo tiempo.

Los guaraníes tienen  una valoración suprema de la palabra, que en las tradiciones de todos los pueblos es el poder vivificante, el hálito de vida, la capacidad de nombrar y con ella de generar los seres nombrados.

El comienzo del fin: La tierra-cosa,  apropiada y expropiada

Intisunqu Waman  menciona sus lecturas preferidas:  el Tao Te King, las Upanishads, el Popol Vuh, el Corán, el Zohar y el Avesta: Es decir, los libros inspirados que contienen la doctrina perenne en su expresión china, hindú, maya chiqué, islámica, judía y persa.

Como expresaron con máxima claridad el siglo pasado René Guénon y Fritjof Schuon, esos textos contienen la tradición unánime a que se refieren Wilber y Watts,  una y la misma en todos los tiempos y lugares, incluso en Abya Yala, objeto preferente de la investigación de Intisunqu Waman a lo largo de tres décadas.

Intisunqu Waman toma datos de la doctrina de los ciclos para explicar las razones finales, metafísicas, del curso de las cosas. Recuerda que el cuarto y último ciclo del actual “manvántara” según  el hinduísmo es el “Kali Yuga” edad oscura, que en la tradición andina de Abya Yala se llama Tutacyacpacha.

El profesor peruano señala que hace 6000 años  un grupo humano conocido luego como protoindoeuropeo comenzó a agitarse por razones cíclicas. La rama indoaria de este pueblo invadió el norte de la India, arrasó y destruyó las ciudades de Harappa y Mohenjo Daro (otros dicen que fueron víctimas de grandes inundaciones) y redujo  a esclavitud a su pobladores. La rama indoeuropea habría virado hacia Europa para dar origen a la población europea. Los europeos carecen de estabilidad como genotipo, pero sin embargo, existe a grosso modo una “mentalidad europea” que llevan consigo todos sus descendientes en cualquier continente que hayan nacido, incluida Abya Yala.

Los europeos siempre se han considerado superiores a los demás hombres y han obligado a adoptar su civilización al resto de la humanidad.  Los pueblos “de color” sobreviven a su influencia nefasta si adoptan la civilización occidental, considerada la única civilización, y sus pseudo valores. El resultado son pueblos envilecidos, empobrecidos, enfermos y embrutecidos.

El destino de Mohenjo Daro y Harappa se repitió desde entonces en todo el mundo siempre que los europeos y sus descendientes entraron en contacto con otras culturas: México, el Perú, el Africa, la China y la India  más  modernamente,  luego Iraq, Irán, Libia, Afganistán, Palestina  y también el genocidio en que se funda la existencia del estado argentino.

El relato anterior proviene entre otras fuentes del bosque poemático hindú llamado “Mahabharata”, que contiene un relato de enormes batallas datadas con hechos astronómicos verificables. Tales relatos fueron pasto fácil para los eruditos occidentales que los consideraron “míticos” y “fabulosos”. “legendarios”  si no “ingenuos”,  pero cada vez más se aproximan a hechos históricos.

Desde otro punto de vista, el estudioso rumano de los mitos Mircea Eliade da una versión de los inicios de la misma agitación indoeuropea, un movimiento centrífugo que se habría iniciado unos 4.000 años antes de Cristo “por una serie de tremendas destrucciones”, dice en el capítulo octavo de “Historia de las creencias y las ideas religiosas”.

Eliade conjetura que el origen de la expansión, ubicada por otros investigadores en el Asia Central, en Anatolia o en las estepas rusas, se produjo en algún lugar al norte del Mar Negro. Están atestiguadas enormes destrucciones, incendios y saqueos en Grecia, Asia Menor y Mesopotamia, Troya, Beycesultán, Tarso y 300 ciudades más solo en Anatolia.

“Según Marija Gimbutas (arqueóloga lituana, descubridora el culto protoeuropeo a la Gran Diosa)  los pueblos que articularon y difundieron las cultura de los túmulos al norte del Mar Negro entre el quinto y el tercer milenio antes de Cristo no pudieron ser sino los protoindoeuropeos y los indoeuropeos en su primera fase de dispersión”. Semejante dispersión de una “raza superior destinada a dominar el mundo”, no ha terminado todavía después de 6000 años.

El Mahabharata, obra literaria cuatro veces más extensa que la Biblia, que como relato independiente contiene la joya del Bhagabad Gita,   usa otros criterios y otra mirada. Relata las guerras de destrucción en el norte de la India y dice que terminaron, no por casualidad,  el mismo día en que comenzó la edad oscura, el Kali Yuga, la era de la riña, el tiempo de la degradación final del ser en el ciclo presente.

“¿Lograremos exterminar los indios? Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar. Esa canalla no son más que unos indios asquerosos a quienes mandaría colgar ahora si reapareciesen. Lautaro y Caupolicán son unos indios piojosos, porque así son todos. Incapaces de progreso, su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado.”   Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888)

“Estamos como nación empeñados en una contienda de razas en que el indígena lleva sobre sí el tremendo anatema de su desaparición, escrito en nombre de la civilización. Destruyamos, pues, moralmente esa raza, aniquilemos sus resortes y organización política, desaparezca su orden de tribus y si es necesario divídase la familia. Esta raza quebrada y dispersa, acabará por abrazar la causa de la civilización. Las colonias centrales, la Marina, las provincias del norte y del litoral sirven de teatro para realizar este propósito.”  Julio Argentino Roca (1843-1914)

Estas declaraciones, medida y pacata la  de Roca y desbocada la de Sarmiento,  dejan en claro que buscaron y consiguieron un genocidio. El cura Mamerto Menapace hace notar que hay en Occidente, en total correspondencia con su modo de ver y  razonar,  un principio según el cual si la invasión va seguida de genocidio, da derechos. Así es desde hace 6000 años. Este genocidio dio derechos: Su resultado fue, en números poco confiables, solo aproximados, citados por Felipe Pigna:

La ley de remate público del 3 de diciembre de 1882 otorgó 5.473.033 de hectáreas a los especuladores. Otra ley, la 1552 llamada con el irónico nombre de “derechos posesorios”, adjudicó 820.305 hectáreas a 150 propietarios. La ley de “premios militares” del 5 de septiembre de 1885, entregó a 541 oficiales superiores del Ejército Argentino 4.679.510 hectáreas en las actuales provincias de La Pampa, Río Negro, Neuquén, Chubut y Tierra del Fuego. La cereza de la torta llegó en 1887: una ley especial del Congreso de la Nación premió al general Roca con otras 15.000 hectáreas.

Si hacemos números, tendremos este balance: La llamada “conquista del desierto” sirvió para que entre 1876 y 1903, es decir, en 27 años, el Estado regalase o vendiese por moneditas 41.787.023 hectáreas a 1.843 terratenientes vinculados estrechamente por lazos económicos y/o familiares a los diferentes gobiernos que se sucedieron en aquel período. Entre ellos se destacaban 24 familias “patricias” que recibieron parcelas que oscilaban entre las 200.000 hectáreas y las 2.500.000.

Este es el modelo occidental de expropiación  de tierras conducido en la Argentina, pero repetido una y otra vez desde hace milenios. Uno de sus episodios fue el derrame de Europa sobre Abya Ayala que se produjo a fines del siglo XV, pero que no fue sino la reiteración de un proceso iniciado milenios antes, en cuyo transcurso los “arios”, palabra  que significa “noble” y está relacionada con “arado”, de paso exterminaron a los nómades del mundo.

Esta alternancia de expropiación/apropiación no terminará sino con el final del ciclo actual, cuando la declinación metafísica del ser alcance su límite en el reino de la cantidad pura, sin cualidad, que tiene una expresión actual comprensible en la reducción de todos los valores al dinero. Es la negación misma de la relación armónica con la tierra.

Se está produciendo ahora otro capítulo, otra vuelta de tuerca,   con la “revolución verde”, que es un volcarse del capital financiero, del dinero como rasero único de todos los valores,  sobre el campo como antes la cruz y la espada sobre Abya Yala.

Expulsados de la tierra

El investigador quechua boliviano Ramiro Reynaga Burgoa, “Wankar”, expulsado de su país por la dictadura de Hugo Banzer,  reseña en su libro “Tawa Inti suyu” la situación de su pueblo en relación con la tierra. El libro no está en línea con el saber tradicional, pero por el otro lado muestra cómo procede la “expansión blanca”. Fue publicado en 1977, un año antes del golpe de estado de Banzer y refleja la situación de entonces. El gobierno de Banzer mandó quemar públicamente todos los ejemplares que pudo recoger. “Los criollos construyen hambre en el campo para empujarnos a  la ciudad. Para hambrearnos amestizados nos obligan a refugiarnos del hambre que mata dentro del hambre que adormece. Fuimos echados de nuestras tierras cálidas, fertilizadas y regadas a las tierras áridas  y altas. Ya no tenemos dónde refugiarnos del asalto. Los criollos suben detrás de los pueblos quechuaymaras para seguirnos exprimiendo. Sobreviven las comunidades sembrando las andenerías incaicas o construyendo otras. Ni uno de los proyectos y leyes de reforma agraria propuso devolvernos la tierra. Esas leyes no reforman nada. Son programas de colonización agraria a favor de los blancos. Buscan fragmentar comunidades en pequeñas aldeas individuales, dividirnos para acelerar nuestro exterminio. Los gobiernos prefieren comprar papas a los países europeos o a la Argentina antes de ayudar a las comunidades. Precisamente los creadores de esta planta (la papa) no pueden ampliar sus tierras y su producción”.

La influencia vivificante

El sufí Llewellyn Vaughan-Lee, nacido en Londres, entiende que es preciso infundir en la Tierra una energía que conduzca a un despertar que según él está en marcha,  y anuncia una humanidad nueva en nuevas condiciones, es decir, otro ciclo.

Luego equipara el despertar del mundo que espera a lo que acontece cuando el niño, quizá todavía no nacido, empieza a tener conciencia de ser y lo llama “el milagro de nuestro propio despertar”.

No ya como un niño que se reconoce como existente, lo que suele acontecer en la pubertad,  sino como un adulto que de pronto advierte que vive como antes no sabía, al punto de creer que estuvo dormido  mientras usaba toda su energía para conseguir lo que el mundo ofrece para mantenerlo atado. Esta transfiguración es necesaria para aproximar otra vez el Cielo a la Tierra, para que las influencias superiores que se han retirado y han abandonado la Tierra a la barbarie del extractivismo y la depredación “científica”  vuelvan a ella.

“El mundo debe despertar de su sueño de olvido. Más que la contaminación, este olvido es lo que está matando la Tierra. Colectivamente estamos muriendo, hemos olvidado nuestro propósito y la forma viviente que ha olvidado su razón de ser no puede sobrevivir, la razón fundamental de su existencia se diluye”.

Opuestos y dialéctica

Los opuestos resultan del desdoblamiento en dos polos: el activo y el pasivo, el cielo y la tierra, la esencia y la sustancia, pakritri y purusha, (según designaciones que han tomado en diversas formulaciones de la doctrina) de un principio único que constituye su unidad, sin dualismo alguno.

Términos que parecen opuestos se resuelven en complementarios, pues donde la oposición tiene razón de ser en su nivel, no la tiene en otro nivel. La complementaridad, cuando se alcanza a percibirla, responde siempre a un punto de vista más profundo y más conforme a la realidad. Dos polos  provienen de un solo principio y producen una resultante. El cielo y la tierra, la esencia y la sustancia, derivan de un principio único, y generan los seres manifestados. De modo que cada uno de estos seres es como el reflejo invertido, a través de los principios formadores, del principio original cuya unidad devuelve en su nivel.

El universo puede aparecer a nuestra percepción como dividido, pero cuando advertimos la complementaridad de los opuestos, restituye para  nosotros la unidad que parecía no tener.

“Los dos complementarios están contenidos principialmente en el primer término, de manera que sus naturalezas respectivas, aunque parezcan contrarias (pasivo y activo, macho y hembra, luz y oscuridad, sonido y silencio etc) son resultado de la diferenciación de la naturaleza de aquél. Por otra parte, el último término, al ser el producto de dos complementarios, participa a la vez de ambos, lo que equivale a decir que reúne en él de alguna manera sus dos naturalezas. De modo que es, a su nivel, una imagen del primero”. (12)

La ciudad

Al fin de la Edad Media se produjeron hechos que conmovieron los cimientos de la civilización europea y terminaron dando lugar a la modernidad, palabra que designaba al nominalismo de Guillermo de Occam, que enseñó que las ideas son signos que están sólo en el cerebro de quienes las conciben (11). Este punto de vista, antiesencial y antitradicional, con modificaciones y variantes  sin número,  no ha dejado de ser el “moderno” nunca. Aquellos momentos natales del mundo moderno en el siglo XIV suelen presentarse como una evolución respecto de lo anterior; pero se trata de otro de los engaños colosales en que se funda la idea falsa de nuestra superioridad en el tiempo y en el espacio. El 2 de Enero de 1492 cayó el reino de taifas de Granada, en España, y ese mismo año, el 12 de Octubre, comenzó al genocidio de Abya Yala. También en ese siglo Enrique el Navegante, rey de Portugal, mandó emisarios  con vidrios de colores a comprar negros al Africa y a arriarlos encadenados a los barcos, para iniciar el largo camino de la esclavitud moderna.

A principios del siglo XIV Felipe el Hermoso arrasó la orden del Temple y quedó con las manos libres para falsificar moneda con aprobación de los banqueros. En un hecho que  por entonces equivalía a un terremoto, Felipe rompió la unidad de la iglesia y llevó al Papa  Clemente V a Avignón, y lo hizo cómplice de su política.  De esa época son alteraciones del clima que provocaron grandes hambrunas entre 1314 y 1322.

Entre 1228 y 1462 hubo por lo menos 90 guerras en Europa, entre ellas la de los 100 años. Los conflictos no perjudicaban sobre todo a los involucrados directamente, sino a las personas comunes por los saqueos, los robos, los incendios, las violaciones. Era como si alguien hubiera lanzado la consigna: “despoblar el campo para poblar la ciudad”, que a nosotros en el siglo XXI nos resulta familiar, casi obvia. Y en las grandes ciudades el hombre está apartado de la naturaleza, desconoce la tierra y no se reconoce a sí mismo, está atado a inventos tecnológicos  al punto de que si el sistema que se ha construido con ellos colapsara, no podría sobrevivir. La única manera de conseguir alimentos que conoce es el supermercado y la tarjeta electrónica. Y el colapso: el agotamiento del petróleo, un corte prolongado de electricidad, un fallo masivo de internet, no está tan lejos ni es tan difícil de imaginar.

Ya no puede ni sabe disfrutar de las lentas caminatas por el campo que le eran gratas por ejemplo a Antonio Machado, que pudo decir en un poema: “y algo que en nosotros es tierra/ siente la humedad del jardín como un halago”

En 1347 se inició la peste negra, que en oleadas sucesivas  en poco más de 20 años bajó la población de Europa de unos 65 millones a 40.

“En esa época nadie confiaba en sus vecinos, los animales domésticos fueron casi todos exterminados; la gente deambulaba sin rumbo; numerosos castillos estaban abandonados; las ciudades desiertas y silenciosas.  Un aire de muerte y horror lo penetraba todo. La familia se hace mil pedazos; familias nobles desaparecen para siempre”

Intisunqu Waman, autor de este relato muy resumido, hace notar que la fe popular de entonces esperaba la “buena muerte” para evitar el infierno. Es decir: una muerte con confesión, unción, plegarias, misas, etc.  Lo que se ofrecía era en cambio la “mala muerte”, ir a parar apresuradamente a una fosa común sin  miramientos, el camino directo al infierno. Por eso, ante este trastorno de creencias milenarias, la respuesta fue una situación de desastre individual y social.

Aquel fue el comienzo de la “modernidad” y sigue presionando hoy en día al menos en un punto: despoblar el campo para poblar las ciudades, en un incontenible descenso hacia la cuantificación.

Se crean finalmente metrópolis enormes apenas  habitables, aquellas donde los niños, como decía Sábato, están prolijamente apartados de la naturaleza y no solo no vean nunca a una gallina poner un huevo, sino creen que las gallinas son eso que ven empaquetado en las góndolas de los supermercados.

Las ciudades modernas muestran con su misma existencia a qué punto ha llegado la civilización que las crió. Las megalópolis albergan problemas significativos: desde que los pobladores deban respirar con filtros para evitar el aire contaminado hasta que consulten planos de las calles donde hay menos expectativas de asaltos. Desde la necesidad de viajar dos o tres horas para llegar al trabajo  y otro tanto para volver hasta la imposibilidad de dialogar con nadie, ni siquiera con un amigo que vive a 20 cuadras porque  llegar a él se ha vuelto demasiado engorroso. Son un muestrario inagotable de lo que el predominio de la cantidad ha hecho de nosotros. El ser humano en estas aglomeraciones casi inviables está desanimado, agitado, nervioso, temeroso,  es superficial, trivial, a veces agresivo sin motivo, y siente que vive aislado en medio de la multitud.

Las ciudades modernas, incluso las pequeñas, consideradas como unidades complejas que intercambian materia y energía con su entorno, no son ecosistemas porque no se autorregulan, dependen cada vez  más de flujos de energía externos.

En este punto son cada vez más exigentes al punto que un colapso energético o informático puede provocar una catástrofe.

Las ciudades indígenas americanas, incluidas las más grandes como Teotihuacán, Labaatún o el Cuzco,  no eran ecosistemas fallidos, como son las actuales, porque no dependían del flujo externo de energía sino en pequeña medida. Tenían abundancia de árboles, lagos, arroyos y  entrada y salida de energía, y sobre todo no pesaban sobre el campo que las rodeaba contaminándolo con desechos no reciclables.

Hoy, todas las ciudades modernas, incluso las pequeñas, son heterótrofas, es decir, importan grandes cantidades de energía que se degrada y pesa sobre el entorno y sobre el futuro. También enormes cantidades de materia, sobre todo alimentos, del campo circundante o lejano, y la devuelven degradada, contaminada, peligrosa. Como dijo el jefe Seattle a mediados del siglo XIX en respuesta a la oferta del  presidente de los Estados Unidos de comprarle la tierra: “si contamináis vuestra cama, un día moriréis entre desperdicios”. De cualquier modo, si la cuestión se debe resolver, será en una sociedad con otros fundamentos que la actual.

La tierra, hombre, cielo

Edouard Schuré, en el capítulo de “Los grandes iniciados” dedicado a Rama, el legendario adalid de la India,  expone el mito del origen dual de la realidad sensible:  “El Cielo es mi padre, él me ha engendrado. Tengo por parientes a los astros. Mi madre es la gran Tierra. La parte más alta de su superficie es su matriz”

En “La Gran Triada” René Guénon da la formulación metafísica, propia de la doctrina  perenne sin concesiones a las  necesidades emocionales que tratan de satisfacer las religiones ni a las interpretaciones historicistas, evolutivas o eruditas, tan valoradas por la ciencia occidental.

“El Cielo cubre, la Tierra sostiene”. Esta es la fórmula tradicional que determina con extrema concisión los papeles de estos dos principios complementarios y que define simbólicamente sus situaciones, respectivamente superior e inferior, respecto del conjunto de la manifestación universal (El cosmos, la totalidad de lo existente).

El Cielo o Purusha tiene una condición no actuante, y por otra parte la Tierra o Prakriti es pasiva, es propiamente un “terreno” o un soporte de la manifestación. Es también, en consecuencia, un plano de resistencia  y detención de las influencias celestes que actúan en sentido descendente. Esto puede aplicarse a cualquier nivel de existencia, pues siempre se puede considerar, en sentido relativo, que la esencia (el Cielo) y la sustancia (la Tierra) son, respecto de cualquier estado de manifestación, los principios que en este estado particular corresponde a lo que la Esencia y la Sustancia  universales son respecto de la totalidad de los estados de la manifestación”.

El Cielo y la Tierra tienen un principio común. El cielo, para el taoísmo es Khien o perfección activa y la tierra Khuen o  perfección pasiva.

En la tradición extremo oriental, el Cielo se representa geométricamente con formas circulares y la Tierra con formas cuadradas.

En la tradición extremo-oriental se suele simbolizar el cielo con formas circulares y la tierra con formas cuadradas. Se debe, dice Guénon,  a que  la marcha descendente de todo ciclo de manifestación va de su parte superior, que es el Cielo, a la parte inferior, que es la Tierra.  La figura menos diferenciada de todas es la esfera, y con ella se representa al Cielo y la más diferenciada, que expresa el término de un desarrollo, es la cúbica, y con ella se figura a la Tierra.

El Cielo y la Tierra considerados antes son en chino Tien y Ti, principios inmediatos de todos los seres, pero no seres ellos mismos.  Hay otro significado de Cielo y Tierra, que se designan entonces como Bhu y Swar.

Se trata ahora,  con Bhuvas o estado intermedio,   de tres grados fundamentales de toda la realidad cósmica, diferenciada, formal, distinta de la supracósmica, informal: el mundo ideal, arquetípico o causal; el mundo sutil, psíquico, mental; y el mundo denso o material.

Ciencia de esencias y pseudo ciencia de sustancias

Una peculiaridad de la mentalidad moderna es su reticencia a considerar las esencias y a buscar las explicaciones por el lado sustancial, de la “materia”, como por derivación han llegado a llamarse con fines didácticos incluso  las divisiones del corpus del conocimiento. La realidad es cognoscible solo por las esencias, es refractaria al conocimiento desde la sustancia. Al presentar el concepto de “materia prima” el profesor Paolo Lamanna lo considera en su “Historia  de la Filosofía” algo “incognoscible, que parece inconciente”.  Formula una crítica, pero apunta justamente a una cuestión crucial: no hay conocimiento sino de las esencias, el polo sustancial es incognoscible.

Por eso la ciencia resbala sobre la superficie de los fenómenos y da interminables explicaciones de cambios, recorre la cadena de causas  y efectos de arriba abajo  y termina por  no explicar esencialmente nada y perderse en laberinto de detalles.

Para los andinos, el hombre, en tanto naturaleza, tiene el mismo origen sustancial que la tierra, los lagos, los ríos, las montañas. Y todas las cosas, los animales  y las plantas, tienen además  una esencia que los determina. Por eso corre por todos un principio unificador que los iguala y armoniza. Los sitios elevados, donde la tierra se une al cielo, eran propicios para recordar este origen de todas las cosas y  por eso eran lugares sagrados, de culto y veneración. Estos lugares y algunos objetos que se prestaban especialmente para convertirse en símbolos, puntos de apoyo para la reflexión, eran “huacas” o santuarios.

El hombre, por su origen, no es opuesto ni diferente de la naturaleza, es naturaleza él mismo y debe vivir con ella y respetarla tal como se respeta a sí mismo. La segregación del hombre de la naturaleza, la oposición que lleva a dominarla y explotarla como adversaria, a  sentirse libre contra ella, no responde de ningún modo al punto de vista tradicional, sino que se impuso una vez que  éste cedió a las influencias que vienen acentuando desde hace medio milenio, iniciadas mucho antes,  y que envuelven un desequilibrio creciente.

Félix Mamani Muñoz, estudioso boliviano, dice: “La tierra se constituye como los cimientos del cosmos, el fundamento de toda la realidad, el receptáculo de todas las fuerzas sagradas, que se manifiesta en montes, bosques, vegetación y aguas. Es el lugar y el tiempo, el espacio primordial. La tierra lo sostiene todo, es la base de la vida. La misma vida humana está ligada a la tierra de forma profunda. La tierra es matriz de vida”.

Así es efectivamente en la formulación andina de la doctrina perenne, a condición de considerar a la Tierra no como resultado del influjo de las “fuerzas sagradas”, sino como aquello en que esas fuerzas son recibidas para originar los seres.  Esa Tierra, materia prima, polo sustancial o prakriti, es ontológicamente anterior a la naturaleza, al ambiente natural  como aparece a los sentidos.  La naturaleza, como todo en el cosmos incluido el hombre, es un resultado inescindible del influjo del principio esencial en el sustancial, tanto como son inescindibles el yin y el yang en la tradición extremo oriental.

La influencia de la la doctrina

El “Cisne” Sri Aurobindo puede alumbrar con su ejemplo la capacidad de la doctrina perenne para orientar en medio de las peores tormentas y de los intentos disolventes de los que pretenden imponer sus puntos de vista en provecho propio, reduciendo a meras cosas a sus dominados y por consecuencia  necesaria a ellos mismos.

Aurobindo nació en Calcuta en 1872, hijo de un indio admirador recalcitrante del imperio británico, que por entonces dominaba la India y le imponía condiciones terribles, tales que llevaron a las célebres hambrunas que mataron a millones.

El padre lo mandó a estudiar a su admirada Inglaterra, con prohibición expresa dirigida a un pastor anglicano al que lo confió de que conociera a ningún indio, ni estudiara nada de las doctrinas tradicionales, que según él habían inducido al país a un “sueño místico embriagador”.

Su propio hijo, que con 10 años aceptaba al principio a su padre sin condiciones, iba a mostrar qué poco sueño hay en la doctrina que busca el “perfecto despertar”, que poca mística hay en los que lejos de encuentros convulsivos y ocasionales con los dioses pretenden realizar en sí el Uno sin segundo y qué poca embriaguez en quienes deben dejar atrás  la mente y sus escollos para encontrar su propio ser sin veladuras.

Aurobindo volvió a la India tras 10 años de estudio en institutos británicos, entre ellos el King´ s College de Cambridge. En Londres había leído por su cuenta historias de Juana de Arco, de la revolución sudamericana, de los luchadores contra el sistema que se había  impuesto en Europa y que Inglaterra había llevado al mundo con los cañones de su flota.

Acomodado como profesor, lo que le permitió ganarse la vida, gracias al francés, griego y latín que estudió en Cambridge, se propuso liberar a la India  mediante la lucha armada. Fundó diarios, escribió diatribas contra los ingleses y llegó al pie de la horca.

Pero cuando uno de sus hermanos enfermó y volaba de fiebre un monje mendicante que pasó frente a su casa pidió un vaso de agua, hizo algunos signos sobre el enfermo y la fiebre cesó de inmediato.

Aurobindo no atribuyó la curación al milagro. Sabía que los yogin como ese monje podían desarrollar algunas capacidades que suelen ser naturales en otros hombres y decidió consultar a un amigo, al que le pidió conocimiento del yoga, pero no para lograr la liberación personal sino para liberar a su patria. No para la meditación sino para la acción.

El amigo le dijo: “eso no te será difícil, ya que eres poeta”. Intrigado por una respuesta que no entendió del todo, Aurobindo se quedó tres días con él y de allí salió otro. El lo contó así: “El primer resultado fue una serie de experiencias muy poderosas y radicales cambios de conciencia (expansiones de la  conciencia individual) que eran completamente contrarios a mis propias ideas, y me hicieron ver el mundo con prodigiosa intensidad. En tres días quedé libre. A partir de ese momento, el ser mental en mí se convirtió en una inteligencia libre, una mente universal. Ya no era un ser limitado al círculo estrecho de los pensamientos personales, como un obrero en una fábrica de pensamientos, sino un receptor de conocimiento que recibía centenares de reinos del ser, libre de elegir lo que quisiere en ese vasto imperio de visión, en ese vasto imperio de pensamiento.”

Para ponerlo en términos del Vedanta, el manas, la mente personal, individual, limitada, que  había sido hasta entonces su ventana al mundo, su “fábrica de pensamientos”,  quedó atrás y vislumbró en su lugar al “buddhi” o conciencia suprapersonal, la “supraconciencia” que tratan de estudiar ahora algunos psicólogos occidentales.

Aurobindo, que había entrenado milicianos en Bengala, abandonó la lucha armada contra Inglaterra. Pero supo que el movimiento de  liberación de la India ya no necesitaba de él. Había encendido una mecha que no se apagaría hasta que uno de sus seguidores, Mohandas Gandhi, aplicando la doctrina ortodoxa del “ahimsa” o “acción en la inacción”, mal traducida como “resistencia pasiva”, logró finalmente vencer a los ingleses.

En las 1100 páginas de su  obra principal, Aurobindo expone una doctrina  que sin embargo no difiere esencialmente de la que según la tradición ha sido  inspirada por el “buddhi”  a los sabios que pudieron instalarse en él.

El mundo manifestado, el cosmos, la realidad palpable, es ilusorio, son apariencias y espejismos. La realidad verdadera es un Ser universal (el Sí Mismo) dentro del cual todos los seres particulares están unidos, aunque separados en apariencia por la conciencia individual y por la ignorancia de su esencia, que los lleva a considerarse separados, incluso enfrentados, a veces aislados o incomunicados.

Aurobindo presenta un esquema de la evolución que no pretende hacer derivar lo más de lo menos, sino que hace ver que si la vida surgió de la materia es porque la conciencia universal estaba en ésta desde el comienzo.  “Si la vida pudo nacer de la materia, es porque estaba ya allí latente. Del mismo modo, si la inteligencia pudo desarrollarse de la materia viva es porque ella ya alentaba en su interior. Pero la inteligencia no es la meta final de la evolución de la conciencia: sus imperfecciones son demasiado evidentes para  poder aceptar tal hipótesis. Otra etapa tiene que cumplirse, y ella ha de ser hacia el desarrollo de una Supramente que envuelva  la conciencia del ser vivo y del hombre”.

A pesar de la heterodoxia que se ha apuntado en él, de las diferencias que a veces se señalan con los puntos de vista de Sidharta Gautama, el Buda Sakyamuni,  o de Sri Shankaracharya, Aurobindo expone una doctrina ortodoxa. La evolución que menciona no implica aparecer en el efecto  nada que no esté contenido en la causa, como parece ser el caso para la “evolución” darwiniana, una transposición a la ciencia de la idea del progreso indefinido capitalista, que por eso ha sido coronada por el éxito.

Es más bien un desplegarse de lo que estaba envuelto y se hace evidente: una luz que estaba cubierta y que al final será expuesta en todo su brillo, con colaboración conciente del ser humano, que es una de las tantas modalidades del ser universal sin privilegio alguno sobre las demás.

Por eso, en las últimas décadas de su vida, Aurobindo trató de dar  forma en su refugio de Pondichery, al sur de Madrás, a un grupo de personas que hubieran alcanzado la  lucidez suficiente en el camino de la “superconciencia” para actuar como “masa crítica” con miras a la transformación de la realidad.

Cercana ya su muerte rompió el aislamiento que se había impuesto para entrevistar al poeta Rabindranath Tagore. Este dijo luego de Aurobindo: “Su cara irradiaba luz interior y su serena presencia me evidenció que su alma no estaba mutilada ni contraída a la medida de alguna de esas tiránicas doctrinas que se solazan en infligirle daños a la vida. Sentí que era el lenguaje de los antiguos rishis (sabios) hindúes que a través de él hablaba de esa ecuanimidad que otorga al alma humana la libertad de ingresar en el Todo”.

La Democracia.

Para Aubodindo, la democracia,  una de las ofertas más persistentes y menos consistentes de occidente a sus dominados,  “no constituye en modo alguno una garantía segura de la libertad. Por el contrario, hoy vemos como el sistema democrático de gobierno se encamina inexorablemente hacia la liquidación organizada de la libertad individual, hasta un punto que hubiera sido difícil imaginar en los antiguos sistemas. (…) Pero en nuestros días se esta produciendo un despojo de la libertad, aparentemente más respetable, más sutil y más sistemático, también más moderado en sus métodos porque se apoya en una fuerza mayor y, por ello mismo, es más efectivo y brutal.”

Conclusión

Si aceptamos, al menos como hipótesis, que vivimos el tiempo de la degradación (14) metafísica del ser, las esperanzas de rectificación del actual curso descendente acelerado de las cosas son escasas.

Se puede valorar el grado de dificultad tomando en cuenta la afirmación de René Guénon: “Si todos los hombres comprendieran lo que es el mundo moderno, éste dejaría de existir inmediatamente”.

Guénon explica: lo que tiene la naturaleza de una negación, por ejemplo la ignorancia (de la propia esencia) tiene una existencia puramente negativa. Y todo el mundo moderno se funda en la negación de la verdad, en su oscurecimiento deliberado, en su falsificación constante, en el reemplazo fraudulento del ser por el tener. Sin embargo, como apunta Kent Wilber, hay un acuerdo fundamental en aspectos esenciales de que participan todas las culturas tradicionales, y nosotros conocemos el modo de ver y vivir de los pueblos originarios de Abya Yala, aun cuando estén contaminados y forzados por el Occidente presuntuoso e ignorante.

Guénon sostiene que el súbito conocimiento de la verdadera naturaleza de la modernidad provocaría de inmediato una revolución de alcances insospechados,  que sería casi imposible de obtener por cualquier otra vía. Pero la realidad es que la inmensa mayoría de los hombres están más lejos de aquel conocimiento de lo que  han estado nunca y a medida que los problemas de la modernidad se agravan y aceleran, se alejan más y más.

Cabe reflexionar sobre el colosal engaño  necesario para mantener ciega a la humanidad entera y desviarla a cada momento del camino que lleva a descubrir la propia esencia. La   publicidad, por ejemplo, una de las encargadas de crear una enorme sugestión colectiva,  debe crear necesidades ficticias y con ellas la necesidad imperiosa de satisfascerlas, convencer de que lo accesorio es lo esencial,  agitar fantasmas como enemigos y suscitar sugestiones que la gente ni siquiera sepa de dónde vienen ni quién las inspira, pero que se deben tomar como la naturaleza misma de las cosas. (17)

Sin embargo, la doctrina perenne no es nihilista, fatalista ni  pesimista; tampoco es optimista. No espera, sabe, que después de este orden de cosas, del estado del ser que manifiestan los hechos sociales entre otros, debe venir una renovación, una “inversión de sentido” como enseñan los amawtas del Altiplano.

No es cierto que los seres humanos no puedan hacer nada. Primero, pueden reconocer que son apenas  una parte ínfima de la totalidad; luego actuar de manera de no empeorar las cosas, como quien quisiera salir de una ciénaga en que ha caído agitándose en  ella  de modo de hundirse más.

En 2002, los habitantes de un pequeño pueblo del Perú, que  había sido vendido a una empresa minera norteamericana, votaron no irse a cambio de dinero, sino seguir viviendo de lo que la tierra les daba con esfuerzo. Rechazaron el oro que se había descubierto bajo sus casas. Eduardo Galeano dice que sabían  que el hambre de oro crece comiendo. No habían olvidado a Atahualpa, que fue ahorcado por Francisco Pizarro después de haber entregado todo el oro que  éste pedía. A medida que aumenta, la cantidad se aleja más y más de la calidad.

El español convertido al Islam Abdennur Prado (14) se refiere a la codicia, a la usura, al afán de lucro que se desató como motor de la conducta humana aclarando que no sabe nada de economía, pero también que no se trata de una cuestión meramente económica.

“Se trata de la pérdida de un mundo (tradicional) y su sustitución por otro (moderno). De cómo el valor de las cosas es transformado en precio, una abstracción que varía en función de intereses de mercado. Una degradación de la riqueza natural que sitúa la especulación por encima de la realidad, generando desigualdades y miseria”.

Dice luego que esta degradación, (a la que hemos dado alcance metafísico y no meramente social, político o cósmico), no ha sido fruto de la casualidad: “La irrupción de poderes elementales en el mundo burgués “no es espontánea, ha sido realizada según un cálculo preciso”.

Define a la usura, el obtener algo por nada con hambre insaciable en que se funda el poder financiero,  como “una ruptura del equilibrio natural entre dos polos que ha sido condenada a lo largo de la historia como un crimen contra la humanidad.” (El usurero antiguo, el financista moderno, buscan una especie de unidad sacrílega consistente en reunir en su poder  toda la cantidad posible, sin abandonar la condición cuantitativa. Lo que logran es un remedo simiesco de la verdadera unidad esencial, tal como los totalitarismo logran  una  unidad  política y social forzada e ilusoria.

La preparación de un mundo regenerado al final del que está terminando, es posible volviendo como Aurobindo a las tradiciones de su país, donde la doctrina perenne tuvo una formulación acabadísima. Pero en Abya Yala también existe la posibilidad de rechazar la oferta occidental degradante y retomar los hilos que se cortaron desde fines del siglo XV.

Intisunqu Waman lo expresa con toda la claridad posible: “No se trata de reformar la modernidad con la modernidad, lo que es una imposibilidad en sí misma. No se trata de imitar al occidente moderno a fin de alcanzar su tan preciado bienestar material, que es resultado de la expoliación, inferiorización y explotación de los pueblos no occidentales; así como de la depredación de nuestro planeta. El bienestar  material reduce al ser humano a no ser más que una parte, activa o pasiva, de los circuitos de producción  y consumo, un número (cantidad) reemplazable por razones de estado o por la misteriosa “mano invisible del mercado”.

“Lo primero que debemos hacer es comprender lo que realmente es la modernidad: sus tenebrosos orígenes, su perniciosa estructura ideológica, los desastrosos resultados que ha provocado”.

Entender es vivificar nuestra ancestral mentalidad tradicional, comprender que la solución está en nuestras manos, que no necesitamos la imagen del mundo ni las soluciones del occidente (liberal,  marxista,  clerical, humanista, pragmatista, positivista,  fascista, posmoderna, etc, etc ). (18) Es poner al descubierto que la civilización occidental moderna está fundada en la imposición, la violencia, la discriminación, la guerra y la dictadura del pensamiento único”

Los amerindios pueden por así decir recuperar su alma, porque no la han perdido del todo. Los que no lo son también descienden de la misma humanidad  que en algún momento del pasado se guió por principios, aunque los haya olvidado para girar en el vacío cada vez más rápido.

Quizá haya todavía tiempo para una rectificación, que en Abya Yala se lograría mediante la propia medicina y no por aquella que provocó la enfermedad. No se cura la desviación aplicando las recetas desviadas surgidas del mundo desviado. A los occidentales el pasado les queda demasiado lejos y no hay a la vista nada que pueda servir como base para la recuperación porque acá, menos que en  ninguna parte, no bastan las buenas intenciones.

No es el caso de los orientales, que tienen entre ellos representantes autorizados de la doctrina perenne y posiblemente tampoco de los habitantes originales de Abya Yala, que siguen guiados por puntos de vista seguros que piden una actualización y por así decir un paso a la luz de la conciencia para volver a nueva vida.

Notas

1- La explicación de Schopenhauer es, resumida,  así: La ley de causalidad, o de razón suficiente del devenir,  está en relación con cambios y tiene que habérselas solo con éstos. Todo efecto, al producirse, es un cambio; precisamente por no  haberse producido antes hace alusión indefectible a otro cambio que lo precede el cual, en relación a aquel, se llama causa y con relación a un tercer cambio que lo ha precedido necesariamente, se llama efecto.  Esta es la cadena de la causalidad, ella carece necesariamente de comienzo.

2- René Guénon: “La reforma de la mentalidad moderna”

3 -La palabra “doctrina” está acá despojada de las intenciones dogmáticas que aparecen como revestidas de autoridad divina cuando son en realidad  de factura humana, como es el caso por ejemplo  de la  imposición del dogma cristiano al pueblo o de la teología. Es la intención sobreentendida en “adoctrinar” o “adoctrinamiento”, una consecuencia de la “propaganda de la fe”, totalmente extraña a la doctrina perenne pero retomada en su nivel por los políticos.

La usamos para evitar “filosofía” por la  vinculación de esta palabra con las construcciones racionales occidentales de herencia griega.  Se dice que Pitágoras fue el primero de hablar de “filosofía” en su sentido original de “amor a la sabiduría”. Se trataba entonces de las condiciones previas para llegar a la sabiduría; pero desde que ésta se fue perdiendo se produjo un desplazamiento y lo que era un medio se identificó con la meta. La fisolofía expresa la capacidad combinatoria de ciertos individuos llamados “filósofos”.

4- La diferencia entre la mentalidad antigua y la moderna tiene un expositor insospechable: Michel Foucault. En “Vigilar y Castigar” dice que la Edad Media construyó un gran procedimiento de información judicial donde juzgar era establecer la verdad de un delito…Era conocimiento de la infracción, conocimiento del responsable, conocimiento de la ley, fundamentos de la verdad de un juicio. Pero luego, en la modernidad, se trata también de saber en qué campo de realidad se inscribe el delito: ¿Fantasma, reacción psicótica, episodio delirante, perversidad? …  .

Se trata, aunque Foucault no lo dice, de la diferencia entre las conclusiones propias de la intelección centrada en el mundo causal o de las ideas, y las del mundo sutil, donde acontecen los fenómenos psíquicos entre otros, arbitrario, ilusorio y resbaladizo. Es notable que se hable de fantasmas y delirios en el mismo plano.   Entre  la verdad y la persecución de fantasmas hay una distancia muy significativa.

El derroche de ingenio y sutileza es propio de la filosofía moderna, que se mueve en el mundo justamente llamado “sutil” en el oriente para distinguirlo del mundo “causal” de las ideas puras y del “burdo” o material. El mundo sutil es el de los contenidos mentales en que nunca hay certeza,  es imposible hacer pie, es veleidoso, cambiante, inasible, “dinámico” y permite aventurar cualquier hipótesis por arbitraria que sea. Tomamos un ejemplo entre muchos de un célebre filósofo contemporáneo: “Fantaseo lo que es empíricamente imposible: que nuestras dos profericiones sean dichas al mismo tiempo, que una no siga a la otra, como si dependiera de ella. La proferición no podría ser doble (desdoblada): sólo le conviene el relámpago único, donde se unen dos fuerzas (separadas, desdobladas, no superarían el acorde ordinario). El intercambio, el regalo, el robo  (únicas formas conocidas de la economía) implican, cada una a su  manera, objetos heterogéneos y un tiempo desfasado:  mi deseo contra otra cosa -y es ahí siempre indispensable el tiempo de la transmisión”.

Si extrajéramos un sentido claro de estas sutilezas, y acertáramos a orientarnos en estos laberintos refinadísimos, ya habrían cambiado para dejarnos con las manos vacías. Así son las cosas en el mundo sutil, esa niebla donde Roland Barthes se movía con gran maestría.

5- En una conferencia para docentes que dictó en la escuela “Mendoza” de María Grande, invitado por el profesor Mauricio Castaldo, el historiador uruguayo  Gonzalo Abella recordó que existe el propósito de construir computadoras que usen la lógica de Abya Yala, con el tercero incluido, en lugar de las que están fundadas en la lógica bivalente del tercero excluido.

6- Las definiciones de Manitú que se pueden encontrar en los diccionarios son indicativas del nivel de comprensión de los occidentales para conceptos que se les escapan, incluso por la estructura misma de sus idiomas, ellos mismos productos de su mentalidad.

Los encargados de redactar los artículos sobre Manitú, casi siempre curas católicos que ven en todo y  ante todo infieles y peligros para la fe, hablan de “fuerza extraordinariamente activa”, “gran fuerza mágica”, “gran espíritu legendario”, y otras cosas   como identificar la “espiritualidad” de  Abya Yala con  un animismo  originado en las ideas  del antropólogo Edward Tylor, que nunca se les ocurrieron a los “pueblos de color” ni a nadie orientado por la doctrina perenne.

Una fuerza, incluso mágica, es siempre un agente del cambio; es decir, está al nivel del devenir, del “samsara”, del mundo manifestado, ilusorio, del “cosmos”. Un principio metafísico no es manifestado ni manifestable.

7- Sobre este punto Paulo Freire dice: “la conciencia opresora tiende a transformar en objeto de su dominio lo que le es cercano (prójimo). La tierra, los bienes, la producción, la creación de los hombres, los hombres mismos, el tiempo en que se encuentran los hombres, todo se reduce a objetos de dominio.

En esta ansia irrefrenable de posesión, desarrollan en sí la convicción de que les es posible reducir todo a su poder de compra. De ahí su concepción estrictamente materialista de la existencia. El dinero es, para ellos, la medida de todas las cosas. Y el lucro, su objetivo principal.”

8-  El libro de Chuang Tse

9- La tradición unánime o doctrina perenne marca de diversas maneras, simbólicamente, la preeminencia del No Ser por sobre el Ser, o el origen del Ser como primera determinación del No Ser. El negro  no es solo la ausencia de color, sino el ámbito del que brota el color. La oscuridad (símbolo del no ser) es el seno del que surge el ser de la luz. El silencio es el “no ser” del que surge el el sonido que es. De allí el logos que cuando se manifiesta, crea, es decir, provoca el paso del No Ser al ser.

Kent Neburn, en “Neither Wolf or Dog”, recuerda la sabiduría de los hopis del Gran Cañón del Colorado: “Nosotros los amerindios sabemos lo que es el silencio. No le tenemos miedo. Para nosotros es más poderoso que las palabras… No olvides, existen muchas voces además de las nuestras; muchas voces”.

Y también: “la gente blanca debería pensar en sus palabras como si fueran semillas. Deberían plantarlas y luego permitirles crecer en silencio. Nuestros ancianos nos enseñaron que la Madre Tierra siempre nos está hablando, pero que debemos guardar silencio para escucharla”

10- René Guénon: La Gran Tríada

11- Guillermo de Occam fue un fraile franciscano inglés nacido en 1280 y muerto en 1348, víctima de la peste negra. Negó la existencia de los “universalia”, es decir, de géneros y especies,  antes de realizarse en  las cosas particulares (“ante rem) y también en las cosas particulares (“in rebus”).

Occam  sostiene que la única realidad existente es lo particular, lo singular y lo individual y que los “universales” son  palabras y nombres comunes que designan colecciones de individuos semejantes.

“No hay nada universal que exista de la manera que sea fuera del alma, sino que todo lo que es universal y se puede decir de varios, existe en la mente”. Cuando Ken Wilber pone en el nivel mental toda la sabiduría antigua, hace una reducción nominalista. Cuando C. G. Jung sostiene que el alma es el vaso de toda la ciencia, hace también una reducción nominalista, en línea con el pensamiento “moderno”.

12- La unidad superior de los polos de  la contradicción, que es un principio metafísico,  tiene aplicaciones de gran importancia, sobre todo desde que gracias al “humanismo” las cuestiones sociales son casi las únicas que retienen el interés de los contemporáneos.

Por ejemplo, esta de Paulo Freire en “Pedagogía del Oprimido”:  “Reconocerse” (los oprimidos) en antogonismo con el opresor (…) no significa aún luchar por la superación de la contradicción. De ahí esta casi aberración: uno de los polos de la contracción pretende, en vez de la liberación,  la identificación con su contrario” . Freire  explica que en estas condiciones el hombre nuevo no es el que resulta de superar la contradicción, sino los oprimidos mismos transformados en opresores. Es decir, no hay unidad de contrarios, superación, sino traslado de un polo al otro dejando intacta su condición de contrarios.

“En un  caso específico, quieren la reforma agraria, no para liberarse sino para poseer tierras y con éstas, transformarse en propietarios, en patrones de nuevos empleados”.

13- Estos son aspectos del absoluto; como símbolos son apoyo para la meditación. No son “dioses” como aparecen a la imaginación occidental y suelen sostener los eruditos. Por extraño que parezca, en Oriente no hay mitología, la que implica una degradación de los símbolos propia del pensamiento griego y casi exclusiva de  él y de sus herederos. Los occidentales suelen entender todo el saber tradicional como mitología (en el mejor de los casos) y oponer entre sí “dioses” con propiedades  y funciones muy diferentes para concluir que los que “creen” en ellos son crédulos inconsistentes que no podrían dar cuenta de contradicciones. Es una limitación típica de su mentalidad.

14- Abdennur Prado. “El Islam antes del Islam”

15- Intisunqu Waman, y a veces René Guénon, dicen “putrefacción” en lugar de “degradación”. Putrefacción no significa acá la descomposición de la materia orgánica hasta mineralizarse; la palabra se relaciona en cambio con el momento inicial de la “gran obra” alquímica. La “putrefacción” era simbolizada  por el color negro y su transposición a los estados superiores del ser aparecía para los  místicos como “noche oscura del alma”. La era actual recibió en los Purana el nombre de “Kali Yuga”. Kali significa “negro”

16- El yoruba Adebayo Adesanya, miembro del pueblo negro que pobló Cuba, dice sobre los mitos en su libro “Yoruba Metaphysical Thinking”: “Los mitos eran una manera de hacer comprender a hombres y mujeres, viejos y niños, lo que de otra manera no hubieran podido comprender. Si se acerca uno a un sacerdote “ifa” (sabio  o augur del país yoruba) se encuentra por completo fuera de toda mitología. Se es conducido al reino del pensamiento puro, donde se contempla al ser concebido como inmutabilidad espacio-temporal”.

Este pensamiento puro, o “conocimiento metafísico” está reservado para quienes pueden comprenderlo, y es otra cosa que el saber plástico, emocional, religioso, mítico o místico que  es adecuado para quienes no están en condiciones de captar el conocimiento esencial. Mucho menos es conocimiento de fenómenos de cualquier índole con vistas a las aplicaciones prácticas a que puedan dar lugar, como es el caso de la ciencia. Los griegos dieron a estos dos aspectos o niveles de la misma doctrina los nombres de “esotérico” y “exotérico”.

Europa negó siempre que hubiera en África nada de este género, incluso negó que hubiera verdaderas religiones, que parecían impropias de primitivos porque se rehusaban a ponerlas a la altura de las religiones europeas, tal como aconteció en Abya Yala, donde libros y templos “del demonio” fueron quemados o arrasados. La “piedra del sol” mexica, llamada “azteca”, fue derribada de su templo en Tenotchitlán y arrastrada lejos.

17- La publicidad tiene normas propias que cumple con total desenvoltura dentro de sus criterios pragmáticos, que no discuten fines. Por ejemplo: los mensajes con enunciados primarios e imágenes fácilmente decodificables por el público; el ataque a las partes más débiles de los receptores; el acercamiento por vía emotiva o sensorial y no racional; la idea de que la mentira más eficaz es una verdad a medias; la repetición incesante de  las afirmaciones para lograr aceptación y otras por el estilo que tienen en cuenta solamente la eficacia. (En palabras de Goebbels, repudiado en público pero aceptado en privado por los liberales: “más vale una mentira creíble que una verdad inverosímil”). Además de la publicidad hay otros métodos más drásticos, como inocular a la población mundial con drogas ad hoc; llevar el espionaje a nivel individual de modo que cada uno sea observado en todo momento sin posibilidad de ocultarse; crear un nuevo hombre “a medida” usando la ingeniería genética; prescindir de la base biológica del ser humano para dotarlo de una base tecnológica, informática (proyecto del “posthumanismo); colonizar  otros planetas con adn “fabricado”, y cuando todo falle, irse a vivir a Marte, para lo que ya hay planes y “voluntarios” que  aceptan ir dentro de pocas décadas y “terrificar” el planeta rojo sabiendo que no podrán volver.  Algunos parecen delirantes, pero todos han sido propuestos en serio y algunos están en vías de realización.

18.- Los numerosos “-ismos” que implican sistemas  compartidos por pocos o muchos, a veces para enfrentarse con virulencia entre sí,  son considerados por Aldous Huxley como variantes de la idolatría: tecnológica, política o moral. Los idólatras tecnológicos creen que la  liberación depende de mecanismos y son las primeras víctimas de la publicidad. Implica la fe en la ciencia y sus inventos y en la industria y sus productos.

Los idólatras políticos han sustituido el culto de los mecanismos por el de las organizaciones sociales y económicas, sin renunciar a la idolatría tecnológica. Si la organización que proponen es impuesta a todos o al menos todos son convencidos (otra vez la propaganda) los problemas como la guerra, la miseria y la injusticia, de los que creen tener explicación suficiente, desaparecerán.

Si por alguna razón el artefacto político y social en que creen queda sin aplicación, retroceden denunciando incomprensión o inmadurez. Los reaccionarios son idólatras políticos que endiosan un pasado más imaginario que real  y los revolucionarios  el futuro que describen con las cualidades que quisieran para el presente.

Los idólatras morales saben que la salvación no depende de mecanismos ni doctrinas sociales, y buscan una especie de regeneración fundada en normas éticas. Son los más impresionantes de los tres, pero como se trata de normas sin valor universal, dependientes por ejemplo de alguna formación religiosa o política particular, terminan adorando su propio sistema y mostrando los dientes a los otros. Además, sus propuestas éticas les parecen buenas porque son adecuadas a su propia estructura psicológica y tienen a desdeñar las de los demás como erróneas o insuficientes.

*Aporte al llamado de la Junta Abya yala por los Pueblos Libres a la presentación de estudios sobre producción sustentable de alimentos, arraigo, biodiversidad, y uso y tenencia de la tierra.