Ensayo 5 Abya Yala sofocada por “saberes” foráneos-Por Juan José Rossi*

26-04-15 |

Proceso histórico milenario local en el que se inserta el casual y traumático arribo occidental.

El título no pretende significar aislamiento cultural del continente, ni algún tipo de poligenismo que justifique teorías de algún origen autóctono de la humanidad continental y menos aún que debiéramos asumirnos fatalmente como víctimas de monstruos foráneos. Sí, en cambio, pretende subrayar implícitamente que la humanidad que hoy habita esta tierra, Abya yala, desde su remoto ingreso  procede del mismo tronco biológico y cultural del resto de la especie humana dispersa por todo el planeta desde  miles de años antes del presente y que, en consecuencia, tiene su propia y genuina historia y filosofía como los demás continentes. Sin disimular, sin embargo, que esa realidad, común a toda la especie, fue profundamente distorsionada y sofocada a partir del siglo XV del sector occidental de Asia, por el paulatino, terco y violento ingreso de la cultura europea.

Para muchas universidades e historiadores locales, quizá para los más prestigiosos y vigentes en los diferentes sistemas educativos de Abya yala (América), lo grueso y más significativo de la historia humana como tal de nuestro continente empieza con el arribo del hombre europeo y del sistema filosófico y social de Occidente. Como es sabido y fácilmente deducible de la forma de investigar y del modus operandi de estos historiadores, de hecho, voluntaria o involuntariamente, legitiman un corte abrupto, sin solución de continuidad, entre lo sucedido antes del arribo occidental y después hasta la actualidad. Se excluye en los últimos 500 años cualquier tipo de continuidad sustancial y subyacente del acontecer milenario protagonizado por el hombre ‘anterior’ a la invasión, como también se ignora o disimula la fuerte presencia del cruzamiento biológico-cultural de varias vertientes, esto es, entre la humanidad de Asia, África y Europa y de éstos con una base mayoritaria de nuestro continente, en especial femenina, a partir de aquel arribo.

Pero ante cualquier visión crítica y diferente del devenir humano continental, es sintomática e inexplicable, desde lo filosófico y político, la reacción ‘defensiva’ del sistema vigente y de los académicos (historiadores, filósofos, antropólogos, educadores… investigadores en general) que lo representan o creen representar. En el 2005, por ejemplo, con ocasión de los ‘festejos’ del 12 de octubre, la Agencia de Noticias TELAM difundió un artículo, probablemente por descuido del stablischeman, firmado por Marta Gordillo en el que consideraba que “la ‘conquista’ y colonización de América fue el genocidio más grande de la historia (…) y que con la llegada de los ‘conquistadores’ se inició un exterminio que arrasó con 90 millones (sic) de habitantes del continente y quebró el desarrollo cultural del mismo”. El cable señalaba también que la historia y cultura preexistente de aquellos 90 millones de habitantes “fue invadida por el apetito imperial y la soberanía eurocentrista sumiendo en la desolación a las cosmovisiones milenarias de la vida humana en Abya yala”. Acotaba, además, que “distintos historiadores  coinciden en que en esta fecha no hay nada para celebrar. Que no se puede celebrar la invasión y destrucción de pueblos”, menos aún –agrego– por parte de quienes son emergentes y, de alguna manera, fruto involuntario de aquella invasión disfrazada estratégicamente de civilización, pacificación y evangelización. El cable destacaba que “el poder en América comenzó a recorrer el camino de la aculturación, de la evangelización, la destrucción de las economías autóctonas, y todo pasó a ser dominio de los invasores”, y que “las riquezas se fueron a la metrópoli y los hombres murieron en los socavones, en el dolor frente a tanta barbarie, en las enfermedades que llegaron de Europa”.

De inmediato uno de los diarios más conocidos de la Argentina, se hizo eco en el sentido de que dicho artículo de TELAM “había provocado un serio conflicto intelectual” reflejando, como contrapartida, exclusivamente la opinión y discurso de varios historiadores fieles al sistema. Según este medio de prensa el profesor Mayochi con sorpresa expresó: “Es una contradicción evidente que el gobierno de la República declare feriado el 12 de Octubre, en recuerdo de un hecho auspicioso, y la agencia oficial transmita un artículo que se opone a esa celebración. ¿Por qué se celebra el 12 de Octubre entonces? ¿Porque fue un hecho auspicioso o porque fue un genocidio? Esa información contradice los fundamentos del decreto que fijó el feriado”. Esta opinión intenta mantenerse ‘neutral’, pero peca de omisión.

Para Sáenz Quesada, la visión de TELAM “es parte de una distorsión del pasado que se ha hecho en otras épocas. Es absurda, porque se refiere a un acontecimiento del cual surge la América tal como es hoy. Se trata de una visión politizada de la historia, que poco tiene que ver con la historia y sus circunstancias, y mucho que ver con el alegato político. El asunto es más serio porque no se trata de la visión de una entidad indigenista, que defiende los derechos indígenas, sino de una agencia oficial de noticias”. La confusión de conceptos por parte de este autor es notable, pero no es  pertinente su análisis en esta ocasión.

Agregó que “somos americanos y descendemos de un encuentro entre las culturas milenarias aborígenes y las culturas europeas. Este es un continente mestizo, y para entender nuestros problemas actuales no alcanza la sola visión indigenista ni la sola visión europeísta”.

Según Sáenz Quesada, “en un país que habla español y cuyas ciudades se organizaron de acuerdo con la cultura hispánica, una versión como la comentada parece una forma ridícula de ejercicio del poder de comunicación oficial”.

Por su parte, Félix Luna precisó que la versión apuntada “es sesgada y unilateral. Por supuesto que, al hablar de conquista, hubo violencia y crueldades, pero decir que fue el mayor genocidio de la historia es una exageración, y me asombra”.

En tren de destacar lo que la cultura hispánica dejó en América, el historiador señaló: “Desde el caballo hasta la fe cristiana y, fundamentalmente, la lengua. El artículo está fuera de lo que puede esperarse de una versión oficial de la historia”.

También el historiador Cortés Conde puso de relieve que “las muertes ocurridas durante la conquista española no fueron una instrumentación generalizada que tenía por meta destruir la población indígena al estilo de Hitler, por eso no fue un genocidio. Esa versión periodística que usted señala es un disparate y un desconocimiento de la historia; es simplemente panfletaria”. Agregó que “durante la conquista hubo mortandad por diversas causas, entre las cuales se hallaban la alimentación y el cambio en el sistema de trabajo. Hay toda una discusión de historiadores al respecto. En el mundo de esa época, los conquistadores maltrataban a los conquistados, pero no tenían la deliberada intención de eliminar una cultura”.

Cortés Conde aclaró que en el período precolombino “el tipo de dominación llevaba a matarse los unos a los otros, porque no había capacidad de sostener el aumento de población y la gente seguía reproduciéndose. Había más población que recursos”.

Más allá de la falta de visión retrospectiva y confusión conceptual, curiosamente estos cuatro historiadores y el diario de marras que los reportea, destacan ciertos valores ingresados al continente por un grupo de europeos armados hasta los dientes y con estrategias militares milenarias de su belicoso continente. Solidariamente, como algo natural, callan o disimulan hasta la ingenuidad el inmenso caudal histórico  y el espectro cultural de la humanidad local que, a pesar de los invasores, continúa vivo hasta el presente, no sólo en los pueblos nativos de origen pre-invasión sino también a través del cruzamiento biológico y cultural producido sobre una base indiscutiblemente nativa a pesar de las apariencias de grandes urbes modernas.

A partir de investigaciones etnográficas, antropológicas e históricas en crónicas y documentos de la invasión y de los inmensos resultados arqueológicos, se llega a la conclusión de que durante el siglo XVI se radicaron en América no más de 200 mil europeos y asiáticos (sin contar los esclavos africanos que fueron millones) de los cuales apenas el 5% fueron mujeres. Lo cual implica que en un altísimo porcentaje la matriz biológica del mestizaje fue nativa.

Pero la versión ‘oficial’ de la historia parte de la base de sofismas instalados por el invasor. Sofismas que, en función de un cambio, es conveniente refrescar para percibir la falacia de una historiografía profundamente arraigada en el sistema educativo en general, en el ámbito universitario y en la conciencia colectiva de la población. Estos sofismas, no exclusivos, son  1) los llegados habrían encontrado un “continente vacío”;  consecuentemente 2) podían aplicar el principio romano del primi capienti; 3) que los seres “descubiertos” eran salvajes, no sujetos ni objeto de historia y 4) que era necesario bautizarlos y civilizarlos para “salvarlos” de algo. Apoyados en estas premisas falsas e irrespetuosas, los historiadores clásicos enhebraron una historiografía continental y regional totalmente distorsionada retaceando o negando de esa manera el auténtico saber  y experiencia de los americanos en general y de universidades e instituciones educativas en particular. Omiten el proceso ‘anterior’ a la invasión y escamotean la incidencia y ‘causalidad’ que ese proceso sigue produciendo a partir del siglo XV. Sin negar ciertos valores a sus análisis  de la realidad posterior a la irrupción, es evidente que sus parámetros epistemológicos de la historia local resultan insuficientes, parciales y profundamente discutibles.

En el presente trabajo no intentaré hacer, ni siquiera resumir, el proceso histórico-cultural de la humanidad continental ya que existen estudios y publicaciones excelentes que, sin prisa y sin pausa, van hilvanando y valorizando la única historia de nuestro continente. Estudios que, paralelamente a sus resultados asombrosos, dejan al descubierto métodos y ‘principios’ filosóficos que los invasores de los siglos XV al XVIII utilizaron para destruirla y ocultarla. Solo sugeriré algunos hitos y ejemplos, muy pocos, del único proceso histórico milenario local en el que se inserta el casual y traumático arribo occidental, destruyéndolo en parte y enriqueciéndolo también pero sin agotar el único torrente que avanza desde el ingreso del hombre, hace miles de años, hasta el presente, en el que se mezcla la invasión occidental por el momento en forma traumática.

La totalidad del proceso histórico milenario del hombre que ingresó al continente ―el mismo que habitaba Eurasia en aquel tiempo lejano― parece inaccesible, nebuloso o inexistente si se lo mira a distancia o con displicencia ―es el caso de la mayoría de los argentinos, en especial y paradójicamente de los historiadores―, ya que ese fascinante mundo cultural de referencia no está contemplado en la Historiografía, ni en la Constitución, Leyes y en los Textos ‘oficiales’. Es decir, prácticamente no existe en el sistema educativo y político que, de algún modo, nutren y moldean la conciencia colectiva. Sin embargo, ese único proceso está a nuestro alcance, se lo puede investigar e incorporar como parte sustancial de nuestra Identidad y Patrimonio Cultural.

Apenas mencionaré algunos logros históricos concretos y su continuidad causal en el tiempo con determinadas reflexiones del orden filosófico y epistemológico que, a mi criterio, revelan carencias y distorsiones con relación a la educación y política vigentes. En esos hechos  está implícito lo vertebral y generador de la historia y cultura (de aquí y de cualquier lugar del planeta) como son las estrategias de subsistencia y las actitudes solidarias en la construcción del bienestar, la creatividad incesante y original de este continente, sus creencias, filosofía y ciencia de nuestros antepasados pre y post período invasor.

La reconstrucción del Patrimonio y su visualización global todavía resulta difícil por la acción devastadora y metódica de aquellos invasores que antepusieron sus objetivos a toda otra realidad pasada y latente al momento del arribo. Luego, en su terca dispersión, no dejaron rastros o, en el mejor de los casos, cerraron sus ojos a lo que no fueran metales, piedras preciosas, maderas, tinturas, cerámica, mano de obra (así lo testimonian con absoluto desparpajo sus templos, fastuosos altares, paradójicamente cargados de oro y plata, palacios ofensivos del contenido bíblico, conventos-fortalezas y museos europeos… como si todo ello les perteneciera) y conversión de ‘almas’ (el argumento más retorcido y eficaz para destruir sin escrúpulo el fruto de miles de años de creatividad humana). Quebraron el sostén estructural de las sociedades locales, de sus cosmovisiones, mitos, ciencia y celebraciones, estilos indumentarios o desnudez, juegos y tantas otras manifestaciones de sus estrategias de vida.

Aprovecharon, en cambio, hasta el exterminio la habilidad y capacidad de trabajo del nativo. Recuérdese la conclusión de Colón en relación a su primer viaje: “son buenos para les mandar y les hacer trabajar, sembrar y hacer todo lo que fuera menester…”. De inmediato, y hasta el fin, los utilizaron desmedidamente con engaños, esclavitud y promesas de ‘una vida mejor’ convirtiéndose su accionar en boomerang contra sus enfermizas aspiraciones. En pocos años el régimen de trabajo impuesto, más las humillaciones y torturas, ocasionó la muerte de millones de nativos llegando incluso al suicidio colectivo para eludir el yugo invasor. Como respuesta a las reacciones imprevistas de sus víctimas y a la preocupación de los reyes de quedarse sin mano de obra, españoles, portugueses, ingleses y todos los demás, iniciaron el aberrante tráfico de esclavos africanos con el fin de continuar la explotación de tierras y minas que tan pingues beneficios comenzaban a brindarles. Resulta increíble que semejante proceder, cínico y perverso, haya sido ejecutado a sangre fría durante 300 años por un sub continente auto denominado ‘culto’ y ‘cristiano’. ¡Trescientos años! ¡Tiempo más que suficiente para pensar y ver a la luz de su cristianismo la macabra obra que realizaban!

No dejaban rastros a su paso. Ya sea porque encontraban lo que buscaban ya porque no lo encontraban. En ambas circunstancias compulsivamente destruían y asesinaban e intentaban, con éxito, vaciar el universo cultural en el que vivían coherentemente aquellas comunidades, transformando a sus miembros en ‘europeos por decreto’ (función que pretendía cumplir el lúgubre Requerimiento, proclama o edicto oficial) y por el ‘bautismo cristiano’ que implicaba absoluta sujeción al mundo del vaticano y del o los reyes de turno.

Con relación al accionar de los invasores en su avance sobre el territorio hubo entre los enviados del catolicismo y protestantismo unas pocas reacciones dignas de tenerse en cuenta aunque, de hecho, las mismas no tuvieron consecuencia favorable para las víctimas. Se destacaron dos frailes “díscolos” ―que, en definitiva, solo pudieron relatar lo que pasaba―, Bartolomé de Las Casas y Fray Toribio de Benavente (Motolinía). Hubo algunos más, como fray Bernardino de Sahagún. Solo fueron voces moderadas en el vasto desierto provocado por jaurías insaciables. He aquí algunos de sus testimonios que contrastan con el accionar generalizado de los invasores:

Así describe Bartolomé de Las Casas a los supuestos ‘salvajes, primitivos e infieles’:

“Sin maldades, ni dobleses, obedientísimos, fidelísimos, sin rencillas ni bullicios, sin rencores, sin odios, sin desear venganzas, estaban los indios. Limpios y desocupados y vivos de entendimiento, muy capaces y dóciles (…) En estas ovejas mansas entraron los conquistadores, desde que los conocieron, como lobos y tigres y leones crueldísimos de muchos días de hambrientos. Y otra cosa no han hecho de cuarenta años a esta parte (¡cuarenta años!), hasta hoy, y hoy, en estos días, no hacen si no despedazarlos, matarlos, angustiarlos, afligirlos, atormentarlos (léase: “torturas”) y destruirlos por las extrañas y varias y nunca oídas o vistas maneras de crueldad […] Las causas porque han matado y destruido tantas vidas han sido solamente por tener por su fin último el oro, y henchirse de riquezas en muy breves días”

(En: Brevísima Relación de la destrucción de las Indias).

Motolinía expresó su opinión en un memorable sermón que nadie escuchó:

“He subido aquí (al púlpito) como voz de Cristo en el desierto de esta isla…la cual voz os será la más nueva que nunca oísteis (¿Qué predicarían diariamente los otros curas desde 1492?), la más áspera y dura que jamás pensasteis oír (…) Esta voz es que todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decidme ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tal cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus casas y tierras, mansas y pacíficas (…)?”.

Entre tanto, estos fieles cristianos ‘civilizados’, destinatarios del sermón, hablaban poco pero actuaban. No eran ‘delincuentes’ expulsados de Europa, como suele decirse para justificar semejante proceder (quizá algunos sí al principio), sino exponentes de la sociedad enferma como tal: algunos pocos convictos ―amnistiados para minimizar el riesgo de los ‘buenos’―, muchos desocupados por el fin de la guerra con los moros ―caso Colón y los Pinzón―, ‘nuevos cristianos’ (estratégicamente conversos), mercenarios de distintas nacionalidades ―Juan Staden, Ulrico Shmidl―, muchos aspirantes a la nobleza y algunos ‘nobles’ ―Pedro de Mendoza―, estudiantes aventureros ―Cortés―, campesinos cansados de trabajar por nada, chancheros codiciosos y cínicos ―los Pizarro―, políticos y entenados de las cortes deslumbrados por el oro, plata y piedras preciosas que enviaban los ladrones, cronistas a sueldo, espías, muchísimos frailes de todos los estratos sociales de la época, alborotados por la posibilidad de sumar conversiones y ‘catolizar’ (europeizar) a Nueva España, etc. O sea, exponentes de todas las capas sociales de entonces: nobleza o/y nobles propiamente dichos, caballeros, hidalgos, clero, plebeyos (todos los que vivían de su trabajo: artesanos y campesinos) que intervinieron en el terreno para ‘civilizar’ el continente. Además, por supuesto, los estratos cupulares que dirigieron y usufructuaron la invasión ‘a distancia’: jerarquía eclesiástica (teocrática, de pura cepa imperial, monárquica y eurocéntrica), el rey y consejeros reales, las cortes, los cabildos y los ‘capitalistas’ que pusieron barcos y dinero sin los cuales los reinos de la península (en bancarrota) nada hubieran podido hacer. No se debe minimizar, aunque se disimule en la historia oficial, que los ‘santos’ reyes, emperadores y sistemas posteriores, arriesgando muy poco se salvaron gracias a ‘Abya yala’. Las capitulaciones, cronistas, espías y representantes políticos y eclesiásticos les permitió el control de la invasión y, además, que no les ‘robaran’ lo que ellos mandaban robar fascinados por los miles y miles de kilos de oro, plata, etc. y nativos esclavos que en cada desembarco depositaban en sus cortes a pesar de débiles declaraciones en contra.

Fray Toribio (Motolinía) en el inicio mismo de la invasión de Cortés –en la que intervino desde 1524– mientras intentaba convertir a los mexicas reconoció la grandiosidad que estaba viendo con sus propios ojos: “La manera de los templos de esta tierra de Anáhuac o Nueva España, nunca fue vista ni oída, así de su grandeza y labor, como de todo lo demás; y lo que sube mucho en altura también requiere tener gran cimiento; y de esta manera eran los templos y altares de esta tierra, de los cuales había infinitos, de los que se hace aquí memoria para los que a esta tierra vinieren de aquí en adelante, que lo sepan, porque ya casi va pereciendo la memoria de todos ellos (En: Historia de los Indios de la Nueva España, Trat.1, cap.10, año 1541).

He citado minúsculos y contundentes fragmentos de la obra escrita de ambos clérigos católicos quienes, a pesar de reconocer y transmitir aspectos de la grandeza humana y maravillosa cultura de los habitantes de la mal llamada “Nueva España”, de hecho también ellos se comprometieron y mezclaron en el fragor de la avasallante invasión.

El accionar unísono de aquellos advenedizos europeos, con diversos métodos ―unos con la palabra y la cruz otros con el engaño y prepotencia y los más con la espada― en parte sepultó y en parte disimuló los inmensos logros y manifestaciones de la ciencia y cultura continental. Donde no pudo llegar para invadir y destruir (por ejemplo en el corazón del Gran Chaco o del Amazonas), marginó e ignoró por completo la realidad o desvalorizó su cultura como diabólica, supersticiosa, caníbal y primitiva. Esta es la razón por la que en la actualidad en tanto americanos nos resulta difícil, aunque posible, toda investigación que pretenda reconstruir nuestra historia y cultura más remota, es decir, el esfuerzo y avance cultual del hombre ‘como nosotros’, pero de otra época.

El relevamiento y recuperación no es imposible gracias a los adelantos científicos y técnicos de la arqueología y sus ciencias auxiliares, además de la etnografía, antropología, lingüística, historia, tradición oral y testimonios vivientes a lo largo de todo el continente.

Para captar mejor el alcance de la metodología destructiva-encubridora de los europeos, ―que debería tenerse en cuenta en toda lectura de sus documentos y en los textos y literatura oficial― baste con hacer consciente un ejemplo concreto entre millones que subyacen en nuestra percepción ‘dormida’ o engañada por 5 siglos de domesticación.

Destrucción de los Códices pre-invasión, patrimonio científico de la humanidad.

Cuando en el s.XVI los invasores civiles y clérigos católicos del Valle de México, Yucatán y Guatemala se encontraron con millones de habitantes trabajando en la campaña o viviendo en fabulosos centros urbanos ―más populosos y urbanizados que los europeos de ese entonces― no pudieron disimular su asombro. Cortés, entre otros, quedó estupefacto, y así se lo hizo saber a su rey Carlos V, por “el orden, buen gobierno y belleza de Tenochtitlán”.

Sin embargo, los primeros cronistas y misioneros hicieron saber a la humanidad que los habitantes del ‘nuevo mundo’ eran ignorantes y endemoniados, en una palabra ‘salvajes’. No sólo los habitantes ―a quienes llamaron indios sacralizando el error más supino de la historia― también sus religiones, obras y costumbres. Entre los objetos ‘endemoniados’ prestaron atención especialmente a “unos escritos parecidos a nuestros libros”. Se referían a obras de arte y reservorios de su ciencia, conocidos luego como códices desplegables,  maravillosamente dibujados sobre delicada piel de venado o papel vegetal en impactante policromía. Fray Toribio de Benavente ―uno de los pocos cronistas moralmente rescatables― dejó constancia de que “tenían también libros… todo puesto por figuras y caracteres, y había maestros que los interpretaban”. Por otra parte conocemos varios  pre y pos invasión  que lograron evadir las llamas y están exhibidos en museos europeos y en México.

Políticos, militares y misioneros captaron de inmediato la importancia, belleza y perfección de esos ‘libros’ que registraban el proceso cultural y científico, la historia y el mundo mítico de aquellos pueblos. Se dieron cuenta que sus páginas atesoraban el testimonio inapelable de que ‘Abya yala’ era un continente habitado por millones de personas con un proceso histórico-cultural milenario y un avance científico y tecnológico que no tenía nada que envidiar a los demás continentes, si bien en algunos aspectos era muy diferente.

Bartolomé de Las Casas mientras estuvo en Chiapas también conoció los Códices por eso, entre otras razones, denunció los aberrantes culturicidio, genocidio y usurpación que estaban consumando sus compatriotas contra todos los derechos esenciales de los habitantes de las Indias, llegando a afirmar: “Todas las guerras que llamaron conquista fueron y son injustísimas y propias de tiranos […] Todos los reinos y señoríos de Indias son usurpados […] Las gentes naturales (es decir, los “habitantes”) de todas las partes donde hemos entrado en las Indias tienen derecho adquirido de hacernos la guerra justísima y barrernos de la faz de la tierra y este derecho durará hasta el día del juicio”.

Pero aquellas mentes oscurantistas, etnocéntricas y colonialistas, un funesto día de principios del XVI liderados por el ideólogo fray Diego de Landa, el obispo Juan de Zumárraga y el genocida Pedro de Alvarado, iniciaron abiertamente la censura del pensamiento americano que dura hasta el presente. Por doquier apilaron bibliotecas de códices para ser purificadas por el fuego ardiente de la ‘verdad europea’. Bernardino de Sahagún –cronista moderado y menos tendencioso– reconoció, entre otros, que “de estos libros y escrituras los más de ellos se quemaron al tiempo que se destruyeron las otras idolatrías, pero quedaron muchas escondidas, que las hemos visto y aún se guardan…” (En: Historia general de las cosas de Nueva España”). Casi el cien por ciento de los códices fueron incinerados al buen estilo de la ‘quema de literatura peligrosa’ en nuestros días, con la conciencia tranquila, con profesionalidad macabra.

Según el filósofo argentino Nicolás Marinkev “caracterizar a las culturas autóctonas de América, tan distantes de las actuales, resulta difícil. Aún más por la pérdida de fuentes heurísticas de valor, a veces intencionalmente, en autos de fe, como los de 1531, cuando los códices aztecas fueron incinerados por Juan de Zumárraga, obispo de México, y los códices mayas por Diego de Landa, obispo de Mérida. En el segundo caso se salvaron “milagrosamente” tres códices mayas: uno, proveniente del norte de Guatemala y que se halla en la Biblioteca Nacional de Dresden; otro, en Chiapas, en la Biblioteca Nacional de París; y el tercero, de Yucatán, separado en dos partes: en la Biblioteca Nacional y la Biblioteca Juan Tro de Madrid. El mismo Diego de Landa aportó, por lo menos, una consultada Relación de las cosas de Yucatán escrita en 1566. En este libro Landa cuenta que echó al fuego gran cantidad de libros manuscritos mayas por considerarlos diabólicos. Propio de un fanático como lo caracteriza J. Fernando Juárez”.

Tras la acción purificadora de aquellos ‘santos’ varones, un manto de silencio cubrió la existencia de los códices hasta que a partir del siglo pasado investigadores responsables exhumaron algunos ejemplares de origen pre y post invasión que habían permanecido arrumbados en antiguas bibliotecas o en colecciones particulares.

Un sofisma encubre a la América profunda

La filosofía, historia y literatura europeo-americana ‘clásica’ que se utiliza en todo el sistema educativo, también en las universidades, se basa en un sofisma muy estructurado por teólogos y filósofos de pensamiento occidental-cristiano medieval-renacentista. Según este sofisma ‘descubrieron’ este continente por una especie de ‘designio divino’ (si bien fue de pura casualidad) que eligió a la ‘docta y cristiana’ Europa para inyectarle una civilización ‘superior’ y la ‘verdadera’ religión que, según ellos, era la fuente de toda autoridad en la tierra. Según ellos los móviles de la intervención y el método utilizado para lograrlos fueron ‘espirituales’ y nobles, aunque sus ejecutores acepten, desde intrincadas disquisiciones de ese sofisma, que hubo ¡‘algunos’ excesos y debilidades propias de los hombres!

Más allá de que muchos, por involuntaria ignorancia o para disimular su vocación de mente colonizada, creen todavía en esa ‘aparente verdad’ basada en el absurdo supuesto de que lo occidental y cristiano es superior y primer mundo, lo real es que su ‘conquista’ consistió en enajenar todo en América ‘para Europa’ y que hoy lo siguen haciendo con otros manejos ―ya no solo Europa sino todo el ‘primer mundo’― por medio de condicionamientos prepotentes; préstamos leoninos e intereses absurdos; invasión de pautas culturales foráneas a través de poderosos medios de comunicación difíciles de contrarrestar y dirigidos a estimular el consumismo compulsivo que sutilmente va minando nuestra creatividad y capacidad de producción y autoabastecimiento digno.

La abundante literatura e historiografía clásica oficial u oficiosa (crónicas, documentación testimonial de la invasión, ensayos y textos de historiadores) pinta un ‘Mundo Nuevo’ con bases y parámetros filosóficos falsos y relatos distorsionantes. En efecto, el Nuevo Mundo de Colón y Vespucci –por nombrar a dos de los más conocidos navegantes y a la vez cronistas–, era en realidad un mundo muy antiguo visto ‘como’ nuevo y, además, romantizado por invasores aficionados a la lectura de Marco Polo y novelas de caballería muy difundidas en aquella época. Pero la historia que leyeron y escribieron algunos testigos de aquellos acontecimientos, por ejemplo Bartolomé de Las Casas, Antonio Montesinos, Toribio de Benavente (Motolinía), Bernardino de Sahagún y, un poco más tarde, Guamán Poma, el Inca Garcilaso, las Relaciones de Michoacán y Juan de Santa Cruz Pachacuti, era distinta. En ellos se reconoce, por un lado el genocidio, culturicidio y cinismo  y, por otro, la profundidad, resistencia y supervivencia tenaz de la cultura de origen pre-invasión que, si bien hecha jirones en algunos aspectos, es absolutamente rescatable en lo esencial, más aún, pervive comprimida y latente en todo el continente. Un testimonio claro en la actualidad es Bolivia.

Pienso en los transmisores de ‘nuestra Identidad’, en universidades, científicos, docentes, literatos, políticos y padres de familia, en realidad en todos los adultos y al mismo tiempo pienso que, aunque no nos damos cuenta o lo disimulamos por temor, el estúpido y vulgar apelativo de ‘Nuevo Mundo’ fue un mundo nuevo sólo para los invasores simplemente porque les convino y porque su mentalidad etnocéntrica fue incapaz de activar una mirada respetuosa. Pero no era ni es ‘nuevo mundo’, ni ‘primitivo’ ni tampoco ‘salvaje’. Era, sí, distinto o, quizá, algunos cientos o miles de años habitado con posterioridad a la dispersión del hombre por Eurasia, pero no es ‘nuevo’, ni ‘primitivo’ en el sentido que suelen aplicarle la mayoría de ciegos ‘científicos’ e historiadores occidentales.

“Contra la versión ufanista y hasta imperial de la historiografía americana –afirma el catalán Rodríguez Monegal, 1984– que han propuesto los historiadores oficiales, tanto en la metrópolis como en la colonia (o sea, “allá” y “aquí”), es posible intentar una versión que escuche el diálogo de las culturas: un diálogo que no fue siempre audible en los años que van de 1492 a 1820. Porque las metrópolis se ingeniaron para que solo circulara la versión oficial. Así fomentaron a Gonzalo Fernández de Oviedo y Hernán Cortés, a Alonso de Ercilla y López de Gómara… pero silenciaron la Historia de las Indias de Las Casas, no permitieron que circulase en América el Inca Garcilaso, guardaron a buen recaudo la crónica de Santa Cruz Pachacuti, la carta sobre el ‘descubrimiento”’de Brasil de Pero Vaz de Caminha y ‘extraviaron’ en una biblioteca de Copenhague la impactante denuncia de Guamán Poma de Ayala”.

Estos libros y otros escritos extraviados o ‘celosamente’ silenciados en el Vaticano, Madrid y colecciones privadas que nunca conoceremos, más los testimonios nativos como el Chilán Balán, Popul Vuh, Relaciones de Michoacán, Códices y Cantos sagrados, mitos y cosmovisiones transmitidos en genuina tradición oral ¡no resultaron ser contemporáneos de los lectores de aquellas épocas porque se los ignoró ex profeso!. Sin embargo son nuestros contemporáneos. Para Monegal se trata de “una lectura que tiene en cuenta el proceso diacrónico, pero lo corrige con la visión sincrónica que vamos adquiriendo en la actualidad. Una mirada que sitúa a los lectores en el diálogo de su  tiempo,  pero  no deja  de marcar si  esta  determinada  voz –Sahagún o Guamán Poma, por ejemplo– era o no audible entonces. La comprobación de que la historia no es una entelequia que planea por encima de las culturas, sino un texto que todos escribimos, y (por lo tanto) desescribimos, es la convicción que genera un análisis retrospectivo (crítico) del proceso. A través de la contradicción, del permanente borrarse y reinscribirse el mismo texto de este diálogo, es posible captar en su realidad móvil, ambigua, siempre re-leída, esa cultura colonial que solía ser presentada como armoniosa sucesión de generaciones, de obras, de períodos. No hay, no hubo armonía. La obra magna de Las Casas no fue leída hasta 1875, Guamán Poma solo fue editado en 1936; Gregorio de Matos tuvo su primera edición completa en 1969. ¿A qué seguir? La historia y la crónica, y hasta la literatura de la colonia, están siendo escritas ahora mismo”.

En esta perspectiva, considero que se hace necesaria una revisión profunda del eje de nuestra historia y cultura. Incluso ‘vuelta de campana’ que nos permita leer más objetivamente el pasado en función del presente y futuro.

Por eso es ingenuamente tendencioso –valga la ironía– disimular todavía la invasión con el disfraz de loas y festejos calendáricos como el 12 de octubre o con aparatosos recordatorios en importantes plazas de América o en costaneras como el caso de Buenos Aires. Con monumentos a invasores de catadura criminal y dudosa o, en la mayoría de los casos, aventureros y comerciantes propuestos como próceres en textos oficiales y literatura. Con grandes discursos sobre las maravillas de españoles, portugueses, ingleses, holandeses, franceses y demás que, desde Alaska a Tierra del Fuego, no hicieron otra cosa que expoliar y exterminar a la población nativa hasta nuestros días. Todo ello en una intervención fríamente llevada a cabo, no en un ímpetu irracional que podría entenderse como reacción natural ante lo maravilloso, sino durante ¡300 años!

Al conjunto de estrategias ejecutadas metódicamente ―hechas carne en la sociedad― ellos mismos le llamaron ‘pacificación’, ‘civilización’ y ‘evangelización’. En última instancia una estrategia que les permitió quedarse con un continente de más de 40.000 años de historia y de 70 millones o más habitantes en el momento del ‘providencial –para ellos– descubrimiento’.

La revisión crítica del enfoque oficialista que se manifiesta en la conciencia colectiva no es arqueología, aunque también se base en ella, ni romántica añoranza de sistemas socio-políticos y religiosos pre-invasión. Es de genuina actualidad porque a partir de aquella situación incubada en los primeros arribos de los invasores y afirmada en el período colonial, continúa su praxis de predominar a cualquier costo y con otra metodología más ‘civilizada’. Es decir, a costa de nuestra inteligencia ―exactamente igual a la de ellos pero sofocada por condicionamientos del ‘primer mundo’– y mano de obra barata; del consumo obsesivo de sus productos por parte de nuestros habitantes; gracias a nuestras materias primas; a nuestros científicos, artistas, inventores, etcétera.

Hoy no desembarcan en ‘carabelas’ y ‘naos’. Tampoco corsarios y piratas a sueldo se arrebatan entre ellos el botín en alta mar. Les basta su tecnología de punta bélica y satelital, la velocidad, automatización e informática en sus manos, la concentración de dinero y préstamos  o ‘regalos’ que, a pesar nuestro, nos transforman en una frágil canoa en medio del océano. La dependencia económica y la desvalorización cultural de Abya yala continúa vigente a pesar de ciertos reconocimientos. No por una incapacidad congénita que nos sumerja en el subdesarrollo crónico sino porque todavía seguimos atados al carro del vencedor. ¡El pobre Tercer Mundo o ‘latinoamérica’! es sólo un invento de los europeos de entonces y de ahora para mantener el dominio y sometimiento epistémico.

En la vorágine de este contexto ‘occidental-cristiano’ y dado el poder que todavía ejerce el catolicismo sobre muchas conciencias y en la política de Europa y de nuestro continente (no más), sigue siendo genuino preguntarse ¿por qué el papa y los reyes ‘católicos’ inmediatamente se sintieron dueños del continente y de sus habitantes? Dueños al extremo de distribuir las tierras, incluida su gente, entre España y Portugal a voluntad del Vaticano según regula la pedante y desubicada bula Inter caetera rerum del 3 de mayo de 1493, su ampliación del 25 de septiembre del mismo año y el Tratado de Tordesillas del 7 de junio de l494. ¿Por qué? La auto justificación ante sus propios ojos y del mundo aparece irrefutable pero siomplista. En síntesis argumentan: Por voluntad del único dios verdadero que confiere todo el poder al papa y éste a los reyes de turno (al menos en aquel entonces). Las Bulas dicen:

Nos (el Papa en tanto representante de “su” Dios) digna y motivadamente (con sobrados motivos) juzgamos que os debemos conceder (…) aquellas cosas por las cuales podáis proseguir semejante propósito santo y laudable (explorar y apropiase del continente), y acepto al Dios inmortal (…) para honor del mismo Dios y propagación del imperio cristiano.(…) Nos, alabando mucho en el Señor vuestro santo propósito (ese propósito declaradamente era el intercambio comercial a espaldas de Portugal, y no otro) deseando que el nombre de nuestro Salvador sea introducido en aquellas partes… (Esta resultó ser una voluntad advenediza cuyo cumplimiento aportaría la ideología de la invasión) determinándoos a proseguir por completo… semejante expedición… queráis y debéis inducir los pueblos (que allí viven) recibir la profesión católica… que Dios omnipotente secundará felizmente vuestros esfuerzos. (Para lo cual) motu propio…, de nuestra mera liberalidad y de plenitud de potestad (que se atribuyó gratuita y arbitrariamente frente a 70 millones de habitantes y 40 mil años de historia) todas las tierras firmes descubiertas y por descubrir… (fue esta la primera vez que se habló de “descubrimiento”) que por otro rey cristiano no fuesen actualmente poseídas hasta el día del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo… por la autoridad de Dios omnipotente concedida a nosotros en San Pedro y del Vicario de Jesucristo que representamos en la tierra con todos los dominios de la misma, con ciudades, fortalezas, lugares y villas, derechos, todas sus pertenencias… para siempre y con autoridad apostólica, según el tenor de las presentes, donamos, concedemos y asignamos; y a vosotros y a vuestros herederos… investimos de ellas y os hacemos, constituimos y deputamos señores de ellas (las tierras de Abya yala y de todo lo que en ella había, incluidas las personas) con plena y omnímoda potestad, autoridad y jurisdicción (?).

Alejandro VI, Borgia, Roma, 4-5-1493.

El sofisma teológico de marras, bastante vulgar pero tan estructurado que parece lógico, se sostuvo y afirmó gracias al poder bélico, a la estrategia militar avasallante, a la tecnología ―en algún sentido más avanzada que la nuestra de aquella época (barcos, instrumentales, armas, etc.)― y a la legión incontable de ‘teólogos’ y ‘misioneros’ que sublimaron ficticiamente la argumentación. Se hizo viable, aunque irracional, gracias a la perversidad refinada y sin límites del invasor que los nativos no pudieron imaginar dada su naturaleza franca, simple y noble, según lo reconocieron los propios invasores.

Al principio invasores y escribientes estuvieron convencidos de que los habitantes del ‘Nuevo Mundo’ eran hombres como ellos y les llamó poderosamente la atención su generosidad, habilidad para el trabajo, sociabilidad y belleza. Pero en cuanto los nativos se resistieron, al tomar conciencia de quiénes eran y qué buscaban los intrusos, éstos, por arte de magia, los transformaron en ‘primitivos, infieles, salvajes, caníbales, vagos’. Muy bien resumida esta convicción por el Requerimiento (1513) y teóricos de la invasión Tomás Ortiz, obispo de Darién y Juan Ginés de Sepúlveda, teólogo de los reyes, que sostenían: ”Son siervos a natura…que se les hace beneficio en quererlos domar, tomar y tener por esclavos”. No sólo no hay que disimular ese enfoque de la invasión cristiana sobre Abya yala sino que citas como estas deberían constar en textos escolares de todos los niveles. Recién allí podríamos permitirnos mencionar las vapuleadas mágicas palabras ‘reforma educativa’.

Colón en su diario del primer viaje y en su primer carta al rey insiste en que los habitantes de estas tierras “todo tomaban, y daban de aquello que tenían de buena voluntad; muy bien hechos, de muy hermosos cuerpos y muy buenas caras; gente harto mansa…todo lo que tienen lo dan por cualquier cosa que le den…nos dejaron ir por la isla y nos daban lo que les pedíamos…” Como respuesta a esa realidad que captaron de inmediato, los europeos dieron comienzo a la espectacular redada a través del ocultamiento, genocidio, esclavitud y rapiña. Al principio predominó la fiebre del oro y la compulsión por esclavizar mientras se organizaba la gran avanzada mesiánica (filosófica y política) que todavía continúa pero ya con menos éxito por causa de las divisiones y prostitución interna del sector cristiano.

En lo poco que llegó a nosotros del  Diario de Colón se menciona más de cien veces la obsesión  de  “encontrar  oro  para sus  altezas”. Si damos fe a Las Casas, ya el 13 de octubre –prácticamente el primer día de desembarco en la isla– Colón “estaba atento y trabajaba (indagaba) de saber si había oro… con la intención de ir al sudeste a buscar oro y piedras preciosas”. El 15 de octubre el “gran almirante” insiste en su obsesión por el oro: “al poner del sol surgía acerca del dicho cabo por saber si había allí oro”… “lo que traen en brazos y piernas es oro, porque les mostré algunos pedazos del que yo tengo no puedo errar con la ayuda de Nuestro Señor, que yo le halle donde nace”. Y así más de cien veces en pocas páginas.

Ni hablar de los subsiguientes invasores que, además de referirse insistentemente al oro y piedras preciosas, continuaron la impune y desfachatada masacre para conseguirlo: Cortés, Pizarro, Alvarado, Valdivia, etc. bajo el control de la Corte Real a través de la férrea estructura de gobernaciones, repartimientos, encomiendas y virreinatos.

En síntesis, todo el sistema colonial conformó una estrategia en función del principal objetivo con que se motivó Colón a sí mismo, a los reyes, a sus tripulantes, a empresarios que apoyaron el emprendimiento y a todos los aventureros que siguieron sus pasos, es decir, con el objetivo del oro, plata, perlas, piedras preciosas, especias y, por último, las tierras con su gente… Todo para la “gloria de dios y felicidad de los cristianos”.

Cito, sin comentarios, un fragmento de la carta del almirante a su benefactor Luis de santágel escrita mientras regresaba de su primer viaje:

“Porque sé que os complacerá conocer la gran victoria que nuestro señor […] me ha dado en mi viaje os escribo ésta por la cual sabréis como pasé…a las indias donde hallé muchas islas muy pobladas. De todas ellas he tomado posesión en nombre de sus altezas…por lo que nadie me contradijo…envié dos hombres tierra adentro por saber si había rey o grandes ciudades. anduvieron tres jornadas y hallaron infinitas poblaciones pequeñas e infinidad de gentes… son temerosos sin remedio. Sin embargo cuando se sienten seguros y pierden el miedo, la verdad es que se muestran tan sin engaño y liberales de lo que tienen que no lo creería quien lo viese. Si se les pide algo, jamás dicen que no de cosa alguna que tengan; antes bien convidan a la persona y demuestran tanto amor que darían los corazones… No conocen secta ni idolatría algunas, pero creen que las fuerzas y el bien están en el cielo. Creían muy en serio que yo, con mis navíos y mi gente, venía del cielo, y en tal creencia me recibieron cuando hubieron perdido el miedo. y esto no se debe a que son ignorantes, sino de muy sutil ingenio, son hombres que navegan por todos aquellos mares, y es una maravilla ver cómo ellos dan cuenta de todo… Esta isla es de desear y de nunca dejar. De todas he tomado posesión en nombre de sus altezas y en el lugar más conveniente y en la mejor comarca para las minas de oro…he tomado posesión de una villa a la que puse el nombre de Villa Navidad… En conclusión y ciñéndome solamente a lo que se ha hecho en este (primer) viaje, pueden ver sus altezas que les daré todo el oro que hubiere menester…especias y algodón…y resina…y linaza y esclavos idólatras, tanto cuanto mandaren cargar… Así pues, nuestro redentor (muy generoso con los europeos) otorgó esta victoria a nuestros ilustrísimos rey y reina y toda la cristiandad debe alegrarse (¡se alegraron!), hacer grandes fiestas (todavía hoy las hacen para festejar su “redención” económica) y con solemnes plegarias dar gracias por el alto merecimiento de que tantos pueblos se tornen a nuestra santa fe (por decreto) así como por los bienes temporales que no solo España sino todos los cristianos obtendrán de aquí. Esto, en breve, es todo.

(Firma: el almirante, Islas Canarias, 15 de febrero de 1493).

Para el que se propone leer sin prejuicios y entre líneas, mirando más allá del incidente del 12 de octubre de 1492 en el tiempo y espacio de Abya yala, encontrará compendiados en este texto de Colón ―muy meditado en sus largas horas de navegación― tres elementos fundamentales para entender todo ese ‘fenómeno conquista’ que tendió un denso velo sobre la realidad del continente: 1) la mentalidad motor del proyecto ―que hasta ese momento solo era germinal― basada en una teología autoritaria; 2) los objetivos vislumbrados y 3) los mecanismos metodológicos de acción futura, también con apoyo irrestricto de su teología dogmática (es decir, todo poder constituido viene del dios cristiano).

Tanto Colón ―a quien se ha idealizado desproporcionadamente ya que lo único que se propuso fue encontrar para sí y para Europa ‘rutas marítimas’ hacia el oro y las especias de Asia― como sus patrocinadores y el Vaticano, y la inmensa lista posterior de invasores hasta los 1800, no negaron sus objetivos puntuales, “riquezas y ánimas”, pero los disfrazaron con una intrincada maraña histórica y teológica convenciéndose a sí mismos de la bondad de la cruzada que iniciaban. Los disimularon, sobre todo, con argumentos montados sobre infinitas disquisiciones teológicas y filosóficas supuestamente inspiradas en Platón, Aristóteles, Aquino y otros pensadores que muy poco los acercaban al Jesús y a su pensamiento existencial concreto.

La invasión al continente fue posible porque se consumó ‘en nombre de Dios’ y de una ‘filosofía’ enunciada como exclusiva. De otro modo hubiera carecido de motor, ideología y motivación suficiente. Lo paradójico es que ese papel nefasto lo haya jugado especialmente el cristianismo.

Pero dicha ‘conquista’ no constituyó la concreción de un plan preconcebido por Colón, los reyes y la iglesia sino que fue consecuencia de una mentalidad teocrático-mesiánica involucrada en la sociedad europea como tal. No era la primera vez que los europeos enarbolaban la espada, la cruz y la autoridad divina dentro y fuera de su continente (recuérdense las cruzadas y las guerras de religiones inclusive hasta hace muy poco en Irlanda y ahora en Irak y tantas otras naciones) como símbolo mancomunado de poder y justificación ante la resistencia de “los enemigos”. Nunca, antes del siglo XVI, una cruzada les había reportado tantos beneficios materiales y ‘espirituales’. Es lo que en síntesis intenta decirle Colón a los reyes y a su amigo Luis de Santángel al finalizar el primer viaje.

Sin embargo, al ‘descubrir’ por casualidad lo que caprichosamente se llamó América y no ‘Isabela’, ‘Fernanda’, ‘Colombia’ o ‘Pizarra’…, creían a pie juntillas ―bajo amenaza de ser condenados a muerte por la inquisición o al infierno― que había un solo dios, el de ellos. Una sola religión, la de ellos (!), una sola ‘cultura y filosofía  superior’ ¡la europea!

Los intrusos ocasionales, basados en su teología, no respetaron la compleja realidad que encontraron. No podían hacerlo por su obsesión, urgencias y codicia desenfrenadas. Su dogmatismo y convicción mesiánica no les permitió colocarse en pie de igualdad frente a un mundo exquisito ―aunque limitado en su desarrollo tecnológico y con relativas carencias― que se brindaba generoso al intercambio y el diálogo. De sobra los invasores pudieron comprobar esa realidad en los primeros contactos a lo largo y ancho del continente, cuando todavía los nativos desconocían las intenciones de los ‘blancos’. Recuérdense, a modo de ejemplos, al mismo Colón en el encuentro con los taínos, a Cortés con Moctezuma, a Pizarro con Atahuallpa y a Mendoza con querandíes en el río de la Plata.

La acción devastadora ―no heroica como se la muestra todavía en libros y monumentos― ejecutada en el término de apenas 100 años (1492-1580) desarticuló y borró de la ‘superficie’ gran parte de las estructuras filosófica, socio-culturales y científicas nativas. Quebró las redes que las consolidaban y unían entre sí. El resultado final, sorprendente para ellos mismos, fue logrado a pesar de la irracionalidad de los protagonistas y de sus objetivos. A pesar de ‘ciertas ocasionales’ intervenciones del Vaticano a través de tímidos documentos, de algunos misioneros contestatarios como Las Casas y Montesinos desde aquí o teólogos y filósofos como Suárez y Vitoria desde Europa, que intentaban salvaguardar los derechos de ‘los indios’, como mal decían ellos.

Distorsión sistemática

Como consecuencia del primer siglo de metódica intervención, las generaciones de ‘nativos’ (nacidos aquí) ―es decir, biológica y culturalmente producto del cruzamiento de  varias vertientes locales y foráneas― heredaron la mentalidad y algunas mañas de los invasores que ‘sólo en ocasiones’ fueron sus ‘padres biológicos’.

Estos nativos fueron influenciados por una férrea educación a cargo de las europeísimas iglesias católica y protestante que los separaba meticulosamente de la cultura local como si ésta fuera una peste. Los integraba en el círculo de los invasores, comerciantes, clero y burócratas europeos y a su visión del mundo, asumiendo desde la cuna las estrategias de explotar, marginar y despreciar a los pueblos de neta ascendencia pre-invasión. Como argumento básico, consciente o no, esgrimían derechos y falsa supremacía por tener ‘sangre’ europea y heredar la línea cultural-cristiana (aún cuando eran una minoría absoluta) que supuestamente los transformaba en superiores a ‘indios’, ‘negros’, ‘zambos’ y de otras clasificaciones absurdas. El desprecio ―conscientemente cultivado y puesto en práctica para mantener el sometimiento― fortaleció las diferencias. No obstante los nativos criollos o mal llamados ‘mestizos’ fueron adquiriendo conciencia de su Identidad distinta a la europea que finalmente terminaría por provocar las emancipaciones políticas del siglo XIX, aunque no todavía la cultural y económica.

El sector de la población conocido como ‘criollo’ producto del paulatino cruzamiento de hembras y machos, entre nativo-aborigen con europeo de distinto origen o con oriental, asiático y africano, o de estos últimos entre sí, no captó, o no quiso captar por prejuicios, su pertenencia a esta tierra por el hecho mismo de haber nacido ‘aquí’ (en Abya yala). Menos aún su igualdad substancial con el nativo de origen y cultura pre-invasión.

En los tiempos de la emancipación ‘criolla’ (calificativo erróneo e inadecuado, como mínimo arbitrario) muchos de esos gestores además de tener sus auténticas motivaciones independentistas, respondieron a intereses de uno u otro de los estados europeos que no cesaban de presionar para no perder sus privilegios amenazados. Por otra parte, distraídos ante la urgencia de sacudirse el absurdo y pesado yugo político colonial, ni siquiera prestaron atención (con excepciones) a las dimensiones humanas y a las vertientes culturales pre-invasión subyacentes y en gran medida vigentes en nuestros territorios.

El denso y extenso velo que extendió el invasor desde 1492 está consustanciado con la realidad del continente. Ya no se lo percibe como velo que oculta dimensiones profundas sino como la realidad misma. El trasplante compulsivo de la estructura social europea y de su estilo de vida ocultó el proceso en sí y borró las dimensiones de tiempo y espacio remotos. Disimuló miles de años de realizaciones materiales, redes de intercambio, estilos de vida y pensamiento de los pueblos. Logros que, si bien eran distintos y menos desarrollados tecnológicamente que los del continente invasor, merecían respeto y admiración de quienes se ufanaban de ser ‘cultos’ y ‘cristianos’. Aquello fue, sin duda, grave; pero lo es aún más que nosotros, en la actualidad, continuemos ocultándolo en el sistema educativo  ―de alguna manera modelador de las conciencias― y en el discurso oficial, que teóricamente nos representa.

Este ocultamiento responde a dos lamentables premisas incorporadas todavía en todos los estratos sociales y culturales, es decir, que ‘nuestra’ verdadera historia se iniciaría recién en el 1492 (como si hubiéramos nacido en Europa) y que en el territorio hoy argentino (también en los demás países de Abya yala) habría dos jerarquías de habitantes, por un lado ‘los indios’ y, por otro, ‘nosotros’. En la práctica quedamos encerrados en ambas premisas que no nos permiten ni siquiera asomarnos al milenario y fecundo proceso histórico cultural que se inició cuando el hombre, Homo sapiens, ingresó al continente hace alrededor de 40.000 años y a la Argentina unos 20.000. No ingresó ‘el indio’, sino ‘el hombre’. El mismo que migró desde África a Eurasia y posteriormente a nuestra tierra.

Antecedentes y presencia de la genuina cultura abyayalense

A riesgo de ser irritante debe afirmarse que todo el despliegue intelectual, científico y tecnológico actual no sería una realidad ―por cierto muy desigual según a qué región o país del mundo nos refiramos― si el hombre desde que ‘empezó a caminar’ no hubiera avanzado paso a paso acumulando conocimientos experimentales y deductivos. No hay genios exclusivos que aparecen por generación espontánea. Sí, todos los hombres ―unos más, otros menos según el esfuerzo que realicemos y las condiciones de vida que nos toque en suerte― heredamos, gracias a la experiencia milenaria del Homo sapiens gran capacidad de relación y acrecentamiento de los conocimientos adquiridos progresivamente. Es tan absurdo sentirse ‘superiores’ a nuestros antepasados remotos cuanto ‘inferiores’ en la escala humana a algunos de nuestros contemporáneos o a las generaciones futuras. Más aún, es posible, y así lo creo, que las culturas pasadas hayan sido más coherentes y satisfactorias que las actuales. Tema éste instalado en el corazón de la ‘post modernidad’ porque día a día nos estamos percatando que frente a la tecnología subyugante y la corrupción creciente en desmedro de la mayoría, corremos serios riesgos de perder lo más característico del hombre: la libertad de elegir el propio destino y la creatividad para ser feliz aquí y ahora.

1. Hasta la invasión. A partir de la entrada del Homo sapiens al continente los grupos que iniciaron la dispersión tras la búsqueda de recursos y enclaves favorables demostraron gran capacidad de adaptación a climas y lugares desde Alaska hasta los canales fueguinos, dando lugar a embrionarias y diferentes culturas. Como en los demás continentes, en el nuestro se  produjeron etapas y progresos significativos que configuraron el  complejísimo espectro socio-cultural que los europeos encontraron e intentaron destruir o ignorar con fines ideológicos y pragmáticos. En síntesis:

• Aquellos hombres cristalizaron paso a paso varios ‘estilos de vida’, originados en función de necesidades concretas y con distinto grado de desarrollo en cuanto a logros idiomáticos, tecnológicos, filosóficos y artísticos.

• A medida que sus idiomas se enriquecían, crearon cosmovisiones y mitologías para explicar el cosmos, algunas con base y estructura científica.

• Los grupos se organizaron ‘socialmente’ en función de la defensa y caza, celebraciones rituales o religiosas, vivienda, juegos, etcétera.

• Tras difícil y progresiva experimentación inventaron y descubrieron una serie de utensilios y herramientas que favorecieron su existencia y que se constituyeron en el germen de los adelantos actuales: mortero, hacha, cuchillo, cuchara, formón, percutor, raspador, puntas de proyectil, boleadoras, honda, telar, embarcaciones, domesticación de semillas, aleaciones, construcciones, etcétera.

• Importantísimos sitios arqueológicos, a lo largo de todo el territorio americano y argentino (muchos de ellos lamentablemente saqueados), permiten inferir que en los primeros milenios de nuestra historia los hombres alcanzaron logros similares en distintas regiones del continente pero con características que diferenciaron a los grupos entre sí. Entre esos progresos ‘materiales’ se pueden mencionar: tallado y confección de instrumentos en hueso y madera; tallado, martillado y pulido de la piedra; encendido del fuego con distintos métodos según lugar y época; búsqueda, preparación y consumo selectivo de alimentos animal y vegetal, terrestre y marino; refugios-dormitorios; confección de prendas para abrigo; faena de animales y utilización de todos sus componentes (piel, hueso, carne, tendones); estrategias colectivas de caza, pesca y recolección; construcción de embarcaciones; fabricación de pinturas minerales y vegetales; impresión de su incipiente simbología y códigos sobre piedra, madera, hueso y tejidos; sitios ceremoniales y ritos diversos; cerámica funcional, simbólica, decorativa, funeraria, etcétera.

• Hasta la irrupción europea habían cristalizado más de 150 familias lingüísticas y más de mil idiomas dialectales.

• Conformaron un variado mosaico de características, germen de lo que serían ‘estilos de vida’ o ‘culturas madre’: nómades recolectores, cazadores y/o pescadores; pastores, semi sedentarios o sedentarios; horticultores, agricultores y urbanos.

•La tecnología e industria emergente de las necesidades del entorno fue aplicada a todo tipo de utensilios en madera, hueso, piedra, metales, cerámica, tejeduría y cestería. Muy distintas llegaron a ser las creaciones de un esquimal en Alaska a las de un diaguita en los valles Calchaquíes.

• Construyeron ‘centros ceremoniales’ simples, al estilo Selk’nam y Yámana, o monumentales y de observación astronómica como el Tiawanakota, Maya, Inca o Azteca.

• Arribaron a conocimientos ‘científicos’ en relación a medicina, geología, herbolaria, astronomía, matemáticas, hidráulica, arquitectura, urbanística, momificación, mejoramiento de especies vegetales y animales, cultivo de altura, domesticación de animales, etcétera.

• En agricultura y horticultura: quínoa, maíz y otros cereales; mandioca, papa, tomate, zapallo, poroto, tabaco, yerba mate, chocolate, vainilla, chicle y otras especies.

• Hace más de dos mil años tenían el cero en matemáticas, acueductos de riego y elevadores de agua. Transformaban sustancias venenosas en alimento (por ejemplo la mandioca). Deshidrataban la papa (chuño); destilaban la esencia de vainilla; usaban el tabaco como insecticida; conocían aleaciones metálicas, baños térmicos, el mocasín y la ojota, botas de piel animal, arpones desmontables, la hamaca, el caucho, la mochila para el bebé, los curare, etcétera.

• Se expresaban por el arte y simbología en pinturas y grabados, papiro, cuero, lienzo, el cuerpo; en la cerámica, escultura, tejeduría, plumaria, tallas, orfebrería, arquitectura. Todo ello con diferencias remarcables según la región o cosmovisiones de los creadores.

• De un extremo a otro del continente, en todos los tiempos, sus habitantes pre-invasión consciente o inconscientemente procuraban el equilibrio del entorno generando mitos y dioses custodios o ‘dueños’ de vegetales, minerales y animales, a quienes  ‘pedían permiso’ para utilizarlos dentro de determinados códigos y límites que, de hecho –aunque no siempre–, evitaban la depredación y desequilibrio de la naturaleza.

• Desarrollaron un pensamiento original y contundente, íntimamente ligado a la ética o maneras de comportarse frente al entorno y en la comunidad. En tal sentido, solo mencionaré dos líneas de fuerza de alguna manera compartidas en todo el continente, expresadas de una manera didáctica y accesible en la cosmovisión, mitos y ceremonias o fiestas:

La Tierra no es del hombre, sino el hombre de la tierra formando una unidad con el resto del universo. Filosofía ésta prácticamente opuesta a la proveniente del mundo occidental-judeo-cristiano que sostiene una supuesta superioridad del hombre sobre el cosmos en tanto ‘rey de la creación’. En consecuencia con una supuesta facultad de hacer lo que se quiera con ella, aún provocando su destrucción y desequilibrio.

  El cosmos configura una unidad en la que se distinguen tres niveles: el supra mundo, el de la superficie y el infra mundo. Los tres simbolizados por héroes míticos o deidades representativas: el cóndor o águila, el jaguar y el hombre, los reptiles, respectivamente. Los tres mundos conforman una perfecta unidad, imbricados y como saliendo unos de otros. Unidad en la que el hombre es una parte y no su dueño o rey.

Todos los pueblos, contra lo que tendenciosamente relataron los europeos, tuvieron su ética y moral transmitida sabiamente de generación en generación a través de símbolos, mitos, cantares, ritos, fiestas, monumentos y, en los últimos milenios, escritura simbólica, jeroglífica e ideográfica, caso contrario no hubieran podido subsistir como pueblos organizados y pujantes.

A modo de muestrario he mencionado una serie de manifestaciones culturales resultantes del esfuerzo humano desde tiempos remotos. Los arribados en aquel siglo, negro para nuestro continente, si no hubieran sido invasores podrían haber captado su entidad autosuficiente y autónoma. No lo hicieron y justificaron sus acciones ‘en nombre de su dios’ haciéndose trampa ellos mismos y a la historia hasta el presente puesto que, aunque aceptáramos que ‘su’ dios es verdadero –en realidad lo es tanto como Quetzacoatl, Wiracocha o Kenós–, jamás el ente que su Biblia identifica con el ‘amor’ podría haber inducido o justificado la masacre humana y cultural perpetrada en nuestro continente por los cristianos. Se dirá que no fueron ‘los cristianos’ sino ‘algunos’ cristianos. Ni una ni otra cosa. Fue la mentalidad eurocéntrica, mesiánica y escatológica, que el catolicismo heredó de los imperios europeos  e inoculó durante siglos en todos sus habitantes, cristianos o no.

Intentaré sintetizar a grandes rasgos un solo ejemplo concreto de la solidez a que habían llegado los habitantes de la ‘pre-américa’ en el altiplano mexicano (cada uno puede hacerlo con antepasados más o menos remotos de la región en que habita) a cuya vista los estupefactos ibéricos se escandalizaron y resolvieron descargar ‘la ira divina’ destruyendo todo para instalarse ellos y comenzar la apropiación indebida, el robo sistemático y el genocidio total. Al mismo tiempo que Cortés desembarcaba en México, otros ‘cruzados’ en el resto del continente intentaban sorprender a pueblos y culturas para su provecho material y ‘espiritual’: a esquimales, algonquinos, shoshones, quiché, taínos, chibchas, incas, diaguitas, huarpes, araucanos, charrúa, guaraní, tehuelche, querandí, etcétera.

Cuando llegó el ambicioso Hernando Cortés a México ―28 años después de que Colón mancillara las islas del Caribe― el esplendor de la cultura azteca señoreaba y progresaba con un sistema socio-político, de características teocráticas, eficaz y dominante en la región. Eran herederos de tradiciones olmecas, zapotecas, tehotihuacanas, mayas, toltecas y otros. Un verdadero ‘imperio’ al mejor estilo europeo, pero no tan virulento y destructivo, aún cuando practicaran por entonces el canibalismo ritual, si es que lo practicaban. Así se expresó Cortés:

“Me hizo sentar en un estrado muy rico; me dijo que le esperase allí, y se fue. A poco rato volvió con muchas y diversas joyas de oro y plata y plumajes y con hasta cinco o seis mil piezas de ropa de algodón, muy ricas. Luego se sentó en otro estrado junto a mí”. De esa manera describió Cortés su encuentro con Moctezuma en carta a su rey de España en octubre de 1520. El impacto fue enorme y lo manifiesta abiertamente: “Para dar cuenta, muy poderoso señor, a vuestra real excelencia de la grandeza, extrañas y maravillosas cosas desta gran ciudad de Temixtitlán, y del señorío y servicio deste Moctezuma, y de los ritos y costumbres que esta gente tiene, y de la orden que en la gobernación hay…, sería menester mucho tiempo y ser muchos relatores y muy expertos: no podré yo decir…mas como pudiere, diré algunas cosas de las que ví, que aunque mal dichas, bien sé que serán de tanta admiración, que no se podrá creer, porque los que acá con nuestros propios ojos las vemos, no las podemos con el entendimiento comprender”.

Cortés reconoce que no puede entender lo que está más allá de lo que sus ojos ven, de por sí maravilloso. Es una sagaz observación que luego contradijo sin escrúpulo al destruir todo, sin averiguar ni respetar la profundidad y amplitud de la cultura azteca.

Tenochtitlán era en verdad una gran ciudad con no menos de 240.000 habitantes, construida en medio de una laguna en una superficie de 1000 hectáreas. Sin embargo, al finalizar la invasión en 1521 había sido arrasada completamente. Cortés y sus cronistas no pudieron entender las profundas redes sociales internas, la cosmovisión, la estructura política, religiosa y educativa de ese pueblo que se les aparecía monumental. En el centro de la ciudad se encontraba el grupo de edificios más importante con varios templos dominando la actividad del pueblo. Entre ellos el Mayor (al estilo del san Pedro romano) con una pirámide de cuatro cuerpos y dos escaleras paralelas que conducían a la plataforma de la cúspide que remataba con dos templetes, uno dedicado al dios tribal y de la guerra, Huitzilopochtli, y el otro al dios de la lluvia, Tláloc. Por su significación estratégica, estos dos dioses, preexistentes a la cultura azteca propiamente dicha, gozaban de un culto especial.

El hecho de que ambas deidades compartieran por separado la cúspide del edificio principal no indicaba mero politeísmo, tal como pensaron los europeos dándose a sí mismos un argumento que les sirviera para condenarlos como ‘herejes’. Era una creencia arraigada en la más pura tradición del altiplano mexicano que resumía, además, la coyuntura religioso-política de los 1500 del calendario europeo. Como mínimo desde los olmecas, teotihuacanos y mayas (contemporáneos de griegos y romanos), el control sobre la población lo ejercía la casta sacerdotal gobernante, con la colaboración de un ejército coercitivo. Habiéndose dado una lucha entre los dos poderes, terminó finalmente en la unión de ambos sistemas (ideología/experiencia y ciencia del clero con organización/disciplina militar), situación, si no igual, al menos semejante a la de Europa de los 1500 cuando la ‘bendición’ e influencia del catolicismo era crucial para elegir y condicionar a las autoridades políticas y el devenir de la sociedad en su conjunto.

En el caso de los aztecas que dominaban la situación política del Altiplano mexicano en la década que arribaron los españoles, esa realidad dual estaba encarnada en el Tlatoani, Supremo Gobernante. Era al mismo tiempo Sumo Sacerdote, a cargo de la dirección política de la nación junto a una importante organización de consejeros, y Jefe del Ejército cuyo rol principal consistía en hacer la guerra para obtener víctimas propiciatorias a los dioses. La alianza de ambos poderes –que podía no estar representados en una sola persona– quedó simbolizada en Tenochtitlán en el doble santuario de Tláloc y Huitzilopotli ubicados sobre la cúspide principal del Gran Templo. En esa realidad palpable y significante los aztecas lograban transmitir el núcleo de su concepción acerca de la vida y organización social manteniendo de esa manera la cohesión interna y la supremacía sobre los pueblos vecinos.

Cortés y sus secuaces, sólo ávidos del oro, plata y piedras preciosas que relucían por doquier –además de las ‘almas’– no quisieron captar el fondo de lo que sus ojos veían: un fabuloso templo mayor que simbolizaba el agua y la guerra, la vida y la muerte aparente. Dualidad muy común en las cosmovisiones milenarias de América representada en este caso por las dos divinidades mencionadas y también, en otra dimensión, por Coatlicue diosa de lo positivo/negativo, de lo que germina/muere, siendo al mismo tiempo señor/señora.

No sólo ‘no’ vieron, sino que ex profeso elaboraron en sus cartas y crónicas una semblanza cruel y sádica de los aztecas para justificar ante sí mismos su acción demoledora. Se alborotaron ante la visión de lo que tanto anhelaban desde su propia jerarquía de valores y se precipitaron enceguecidos –o sea, no mirando ni viendo la realidad y su contexto– para obtenerlo. Como queda claro en el testimonio de Cortés no pudieron disimular lo más aparente, pero para tranquilizar sus conciencias buscaron y encontraron elementos externos de la cultura azteca que la condenarían irremediablemente. Entre ellos la antropofagia que, en el caso de haber existido tal cual la transmitieron los cronistas –lo cual hoy se duda con fundamentos–, era exclusivamente ritual. Los aventureros cristianos que consumaron la invasión a México no se preocuparon un ápice por captar que estaban en presencia de un pueblo eminentemente religioso enmarcado dentro de cánones muy rígidos –aunque no tanto como los del catolicismo de aquellos tiempos en el que todavía actuaba física y moralmente el dogmatismo y la cruel inquisición– con los que, fiel a tradiciones antiquísimas, intentaban a su manera controlar la naturaleza y dirigir su propia organización social.

Los ‘temibles’ aztecas creían en un supremo señor del universo a quien reconocían como “el ser por quien vivimos, el omnipotente que conoce todos nuestros pensamientos y que es dispensador de toda la vida; aquel sin quien nada es el hombre; invisible, incorpóreo, de absoluta perfección y pureza, en quien se encuentra descanso y abrigo”. Cantares y Códices pre y post-invasión atestiguan esta convicción.

Sólo en Tenochtitlán, más de 5000 sacerdotes se ocupaban de la educación de niños y jóvenes, de la conservación de tradiciones y promoción del arte y las ciencias. Vigilaban el estricto cumplimiento de las festividades calendáricas y a ellos les correspondía organizar los sacrificios humanos y ejecutarlos según los rituales preestablecidos. En estos sacrificios cruentos no siempre se ingería la carne del enemigo a modo de comunión, pero siempre su sangre y corazón eran ofrecidos a los dioses como una de las formas de homenajearlos y apaciguarlos. Sin embargo, hoy sabemos que los aztecas no fueron los prototipos de los sacrificadores como se pretende, por cuanto las fuentes escritas por europeos en las primeras décadas de la invasión no transmiten relatos de casos directos, vistos por los mismos escritores. El antropólogo norteamericano W. Arens no duda en afirmar que “es sorprendente la escasez de las referencias al canibalismo en sí que se encuentran, por ejemplo, en fray Bernardino de Sahagún y en los demás cronistas de esa región. Los pocos que cargaron las tintas sobre el tema tuvieron sin duda motivos particulares para distorsionar la realidad en función de lo que ellos querían que se leyera en Europa donde las consecuencias de la invasión estaban suscitando algunas preocupaciones morales y el destino de los ‘indios’ era objeto de debates en las capitales. Para entonces los españoles habían ganado la guerra a los nativos, pero la racionalidad de la invasión y el carácter del gobierno colonial eran problemas candentes”. Por tal motivo debían elaborar argumentos ‘convincentes’ para poder destruir la cultura local, expoliar los bienes, esclavizar y asesinar sin mayores obstáculos.

A quienes no conozcan en profundidad la cultura azteca, les puede parecer extraño que al momento de llegar los europeos a Tenochtitlán aquel pueblo practicara ‘la comunión’ del cuerpo de su enemigo y también, simbólicamente, la ingestión de representaciones hechas en masa de pan de sus deidades que eran distribuidas por los sacerdotes a los jefes de familia. Fray Diego de Durán refiriéndose a estas imágenes relata que “llevábanla para sus casas y hacían convite con ella a sus parientes y a todos los de su barrio”. La constatación provocó estupor e ira en los españoles habituados a considerar ‘su comunión’ como la única posible y verdadera por ser parte, según ellos, del paquete ‘revelado’ proveniente de su exclusivo y discriminador ser mítico sobre-natural’. Pero la línea entre una comunión ‘natural’ y otra supuestamente sobre-natural no es tan evidente como se quisiera creer. Esencialmente porque ‘lo sobre-natural es una proyección estratégica del mismo hombre para darse a sí mismo, con autoridad indiscutible, una explicación de los fenómenos internos y externos de su existencia (Alfonso Caso). Explicación a través de mitos y símbolos que, con el tiempo, no admiten discusión y resultan efectivos en orden a la cohesión de un grupo, como es el caso de los aztecas o los católicos. Con mucha frecuencia en la literatura etnocéntrica esta clase de simbolismo es, a priori, mal interpretado o despreciado con relación a la producción mítica y simbólica de otras culturas pretendidamente inferiores. En el caso de los misioneros llegados al ‘nuevo mundo’ esa confrontación ineludible fue una afrenta a su ‘dignidad cristiana’, porque quedaba al descubierto el hecho de que no eran superiores en nada, ni siquiera en la creación de símbolos culturales, es decir, estratégicos.

Desde el punto de vista científico no hay cabida para el resentimiento sino para la investigación, reflexión y toma de conciencia que puedan prevenir y enriquecer nuestro propio futuro: Los famosos caníbales de entonces ―hoy somos los subdesarrollados, incultos, perezosos e incapaces personas y países del tercer mundo― que presuntamente hacían desaparecer a los demás en grandes ollas ―o bajo la ritual herida de un puñal de obsidiana― han desaparecido ellos mismos en cambio. “Como resultado de su contacto con los europeos y del tratamiento recibido de ellos, que con tanta rapidez los declararon caníbales, la mayoría de los nativos no lograron sobrevivir al siglo XVI. Aun cuando existen legítimas reservas sobre quién se comía a quién, no cabe duda alguna sobre quién exterminó a quién”.

Los roles políticos y religiosos del ‘conquistador’ exitoso extendieron una máscara sobre el continente en una profunda y significativa acción solidaria de espada y cruz que hizo viable el ocultamiento hasta el presente. En relación al Altiplano mexicano, se desprende de las crónicas y cartas del propio Cortés que él mismo con sus capellanes quería revisar los templos aztecas ―como lo hicieron los demás invasores con los quiché, incas, etc. ― para decidir sobre cuál de ellos edificarían el suyo. Construían sus monumentos utilizando las bases de los nativos para simbolizar ante sí mismos y los futuros invasores su superioridad humano-divina. El Tlatoani Moctezuma y sus consejeros dudaban de permitirles el acceso al Templo mayor. Finalmente accedieron a que entraran a los recintos sagrados de sus milenarios dioses y ritos. Todo sucedió muy rápidamente –los occidentales-cristianos siempre son “muy rápidos” y eficientes– al buen estilo del César romano (veni, vide, vinci) y Cortés le “echó el ojo” astutamente. Su escribiente Bernal Díaz del Castillo eternizó en su “sagrada” crónica la ironía del intruso: “después de haber visto Cortés el templo, como riendo, dijo: no sé cómo un señor tan grande como vos no haya colegido que no son dioses estos ídolos…”. A semejante soberbia y falta de respeto respondió molesto Moctezuma: “Si tal deshonor como has dicho creyera que habrías de decir no te mostrara mis dioses. Aquestos tenemos por muy buenos y ellos nos dan salud y aguas y buenas sementeras y temporales y victorias cuantas queremos, y tenémoslos de adorar y sacrificar; lo que os ruego es que no se diga otra palabra en su deshonor”. Impactante humildad y educación en el señor de los aztecas que no hizo mella en los “mesiánicos“ europeos.

Eso sucedió en el Centro Norte de Abya yala. Con relación a la porción del continente que habitamos en el cono sur, sabemos que está ocupado por el hombre desde hace alrededor de 20.000 años antes del presente. Sin duda un hombre menos ‘avanzado’ (término muy relativo) en ciertos aspectos de la actividad específicamente humana, como podría ser la tecnología, pero tan Homo sapiens como el invasor y como nosotros. Ciertos prejuicios de ‘científicos’ y escribientes, generados en la ideología absolutamente etnocéntrica del Mundo Viejo ―casi no hay excepciones dignas de tenerse en cuenta, al menos con relación a Abya yala―, suelen calificar a nuestros remotos antecesores de primitivos, en el sentido de menos hombres que los actuales a partir de la era cristiana. Es decir, según ellos, más parientes del mundo animal ―con perdón del reino animal― que del nuestro. La distorsión es obvia cuando se toma distancia en el tiempo y asumimos la valentía de prescindir por algún instante de las categorías del estrecho concepto occidental-cristiano de humanidad, religión, arte, sociedad y política. Quizá ciertas categorías y divisiones arbitrarias de los ‘científicos’ sirvan para esquematizar didácticamente la historia del desarrollo lineal de la humanidad, pero lo cierto es que cuando nos referimos al Homo sapiens de todos los tiempos y de cualquier lugar, lo hacemos de un ser inteligente en desarrollo tal como sucede en la actualidad: abiertos a una transformación infinita e impredecible que escapa cálculos.

El territorio en que nacemos y vivimos, sea Alaska, Guatemala, Cuba o la Argentina, fue y es testigo de esfuerzos, inventos y progresos en distintas áreas, seguramente más lentos que en la actualidad pero no por ello menos aventura humana que la nuestra ya que fueron el cimiento y configuraron los primeros peldaños de la cultura. Progreso ¿quién podría negarlo? muy lento –ahora es demasiado rápido lo que no garantiza que sea mejor– como sucedió en todas las regiones del mundo, pero ininterrumpido y causal, basado en la observación paciente que los llevó a conocimientos y conclusiones concretas ―ciencia– en la experiencia y en el deseo de exploración y superación que sentimos todos los hombres. Quizá ingenuamente algunos puedan suponer que nuestros ancestros eran menos hombres que nosotros porque vivimos en la era de la energía nuclear e informática. Craso error que puede costarnos caro, como le sucedió a España que casi desaparece por engolosinarse con la mina de oro que ‘encontró’ de casualidad en Abya yala ¡y le robaron sistemáticamente sus países ‘hermanos’!

La mentada tecnología de ‘punta’ es consecuencia del conocimiento acumulativo del hombre que descubrió y perfeccionó durante miles de años lo esencial de la tecnología actual: palanca, rueda, mortero, proyectil, análisis y aplicación de la materia, reflexión sobre sí mismo y sus potencialidades, etcétera. Con el agravante de que en los tiempos modernos de la era occidental-cristiano-liberal es tecnología de unos pocos que se utiliza en el turbio manejo de las patentes millonarias para dominar cruelmente a la mayoría de la humanidad. Lejos de menospreciar la “tecnología de punta”, que es también logro del hombre, en la práctica ella apenas significa que sus dueños dan la opción de comprar uno u otro artefacto, utilizar medicina de avanzada si se dispone de mucho dinero, viajar por el mundo mientras la mayoría ‘mira’ surcar aviones sobre sus cabezas sometidas, degustar lo más sofisticado mientras muchos millones de personas mueren de hambre o en las guerras que generan los dueños de esa tecnología de punta. Nadie duda que es ‘de avanzada’, y también altamente sofisticada, pero no es más humana que aquella que inventó las técnicas de hacer fuego, el hacha o el mortero, las puntas y los arpones. Si los actuales técnicos y científicos llegan a conclusiones novedosas e impactantes para el hombre contemporáneo es gracias al conocimiento acumulado de la humanidad y no a la pura cosecha de un individuo o país brillante o momentáneamente poderoso.

Nos cuesta asimilar que aquellos incansables caminantes y exploradores que nos precedieron en el mismo territorio ―que hoy llamamos Argentina, Chile o Uruguay, y que bien pudieron bautizarse de otro modo sin que por eso cambiara su realidad― se fueron aclimatando en diferentes enclaves, creando muy lentamente diversas regiones culturales en las que se conformaron distintos pueblos y naciones. Es fácil, muy fácil, llegar, ver y vencer… pero ¿qué había detrás en el tiempo y espacio de esos hombres y mujeres, niños y ancianos,  altos y bajos, políticos y sacerdotes, trabajadores o zánganos…? Porque, como dijo el maestro oriental de los occidentales cristianos, “de todo hay en la viña del Señor”.

¿Por qué en el saber local y continental se ignora, se niega o apenas se acepta como apéndice de nuestra historia al proceso anterior a la invasión? Hay centenares de respuestas, ninguna válida, todas rebuscadas y ‘para mayor gloria de la civilización y dios europeo’. Respuestas que llenan millones de páginas que todo lo explican para que todo siga igual, porque el eje de nuestra historia continúa siendo curvo: viene de Europa a nuestro continente y va de aquí hacia allá en un movimiento burdo y atípico que nos conduce a ninguna parte. Lo cierto es que cuando iniciaron su desembarco invasores de distinta índole y luego inmigrantes del siglo XIX y XX disfrutaban de este territorio millones de personas –lo mismo hubieran sido 100.000 que 10.000.000–, centenares de grupos lingüísticos y de naciones con características distintivas que intercambiaban bienes entre ellos o se hacían la guerra en caso de agresión. ¿Acaso no es lo que hacen ahora  el mundo “civilizado”? A partir de aquel arribo occidental que no ha cesado, la desvalorización y destrucción ―obviamente no es destrucción para quienes se sienten occidentales―  de todo lo que encontraron creó la leyenda de que aquí sólo había salvajismo e inmoralidad o simplemente ‘buen salvaje’. Con relación a la Argentina, que se auto considera la más europea de las europoides ―así nos sienten en Europa―, vale la pena recordar “algunos” hitos, un tanto difusos y resumidos por razón de espacio, de aquel proceso más o menos remoto:

• Entre 20.000 y l5.000 años antes del presente ya vivíamos en el NOA donde primero fuimos recolectores-cazadores en los alrededores de Ampajango (Catamarca) y Atuel (Mendoza), etcétera.

• Entre l5.000 y 5.000, cazadores-recolectores-pescadores en el Extremo Sur (por ej. en Piedra Museo, Sta. Cruz, y Puerto Mont, Chile) cazadores especializados con punta cola de pescado (Cuyo) o lanceoladas en Ayampitín (Córdoba) e Intihuasi (San Luis) mientras en las altas montañas y mesetas hasta el sur éramos cazadores y pescadores según la región; pintábamos maravillas en las piedras y las grabábamos con absoluta creatividad y libertad.

• Entre 5.000 y 2.000 teníamos aldeas, fabricábamos líticos perfectos, cerámica funcional y simbólica, perfeccionábamos utensilios de hueso, madera, cestería y textil.

• Hace 2.000 años esculpimos en Tafí del Valle menhires de piedra de hasta tres metros de altura. En Catamarca y Tucumán hicimos “los suplicantes” de El Alamito, fabulosas obras de arte que se adelantaron dos milenios a los escultores modernos.

• Entre 1.800 y 1.500 nuestra expresión Ciénaga (La Rioja y Catamarca) modelaba en cerámica y textil felinos, serpientes, batracios y símbolos lineales en tanto manifestación de una cosmovisión. Para esa misma época en la Puna trabajábamos cobre y en los valles cultivábamos con control de aguas por acequias, que luego usarían los conquistadores.

Este proceso, apenas esbozado, de algún modo se interrumpió sustancialmente y fue calificado arbitrariamente por los europeos como ‘pre-historia’ para significar con esa palabra compuesta que la historia empezó con ellos a partir de 1492, cuando en realidad fue éste el hito más nefasto y traumático de la historia de nuestro continente. Proceso que durante el período post-hispánico que llega a nuestros días, por causa de profundos prejuicios y sofismas que inocularon pacientemente los invasores para concretar sus objetivos por largo tiempo, resulta aún más difícil de captar a pesar de la presencia de naciones aborígenes entre nosotros. Como motivación de una investigación más amplia y metódica mencionaré ciertos rasgos y acontecimientos de este último tramo de nuestra historia que deberíamos entroncar y no contraponer al proceso milenario pre-hispánico.

2. Desde la invasión en adelante. Si los navegantes y caza fortunas del siglo XV al pisar las islas del Caribe en aquel luctuoso 12 de octubre hubieran podido abarcar de un golpe de vista el complejo mundo continental que escondían aquellas maravillosas selvas tropicales se hubieran encontrado con 70.000.000 de habitantes palpitando sentimientos, proyectos, inventos, cacerías, juegos, ritos y expresiones artísticas e industriales en el contexto de diferentes culturas. Desde Alaska a Tierra del Fuego centenares de naciones ostentaban idiomas y características propias. Solo en el territorio hoy argentino, inimaginable para aquellos torpes buscadores de oro, deberían haber parlamentado con Atacamas, Aimaras, Quechuas, Humahuacos, Tilcaras, Diaguitas, Quilmes, Lule, Vilela, Chané, Chiriguano, Wichí, Yapitilagá, Kom’lek, Mok’oit, Payaguá, Tonocoté, Abipón, Sanavirón, Comechingón, Huarpe, Ranculche, Pehuenche, Mapuche, Tehuelche, Selk’nam, Yámana, Alakaluf, Guaraní, Kaingang, Charrúa, chaná, Querandí, y otros. Un espectro de naciones, algunas milenarias, que finalmente desaparecieron por el contacto con los europeos. Unas pocas se salvaron gracias a su tenaz resistencia, a su admirable estrategia de vida y, algunas, a su hábitat inaccesible. Al finalizar el siglo XVI el eje político, religioso y económico del llamado ‘período colonial’ atravesaba todo el continente chanfleándolo hacia Europa. Ya en ese entonces el denso velo extendido metódicamente por el invasor no permitía apreciar el proceso en sí, la savia y el tronco del añoso árbol americano que, sin embargo, seguía latente.

• En la década del 1490 ―tiempo computado todavía según el sistema europeo impuesto por Julio César en el 2046 antes del.presente, y reformado con autoridad de emperador recién en 1582 por el papa Gregorio XIII, ambos calendarios más imperfectos que el maya― se inicia abruptamente, más allá de la conciencia histórica de sus habitantes, una nueva etapa en nuestro continente. Etapa en la que los criterios de verdad, paradigmas, estrategias de vida, política y filosofía serían impuestos coercitivamente por el poderoso y hábil invasor que intentó, y logró en gran medida, destruir las ideologías y estructuras existentes. Se inició, sin imaginarlo el nativo ni el intruso, un forcejeo desigual que finalizaría con el sometimiento casi absoluto de la cultura milenaria local. Por cierto no era la primera vez, ni sería la última,  que los europeos saldrían de su pequeño continente con esa intención. Llevaban y llevan en su sangre y en su memoria la soberbia de los césares y la experiencia de una institución religiosa monolítica y mesiánica heredada del Imperio romano que, a su paso, impedía que otras manifestaciones culturales tuvieran sentido y entidad en y por sí mismas. A pesar de todo, tanto la savia y vertientes culturales subyacentes como las pocas naciones que lograron resistir el impacto, continuaron vivas y pujantes aunque no siempre se las pueda identificar a simple vista, sobre todo si se las observa con mirada europea. En 1492 se inició un proceso que lleva ‘apenas’ cinco siglos, todavía gestándose y durante el cual se produjeron hechos cruciales, no definitivos ni cerrados, porque mientras la arbitrariedad y poder incuestionables del invasor logró extender el velo desplegado desde Europa, la savia y el estilo que genera esta tierra desde que la habita el hombre, puja por germinar en sus habitantes. Se inició entonces un período continental de tensiones latentes y manifiestas que buscan salidas solidarias dentro de la diversidad.

• Hecho el ‘descubrimiento’ casual, de inmediato el invasor del siglo XV reacomodó sus objetivos e implementó la destrucción sistemática de las estructuras culturales nativas argumentando que todo lo europeo es mejor, rol que le corresponderá fundamentalmente a las parcialidades católica y protestante según el país invasor (por ej. España o Inglaterra) y la región que invadieran. Paralelamente en golpe comando ―en términos legales diríamos en ‘asociación ilícita’– se articula el genocidio, esclavitud, explotación de mano de obra y expoliación implacables de materias primas, riquezas manufacturadas en metales y piedras preciosas, tejidos, etc., con la convincente premisa teológica de poseer ellos un mandato divino de salvarnos y, sobre todo, estrategia y poderío bélico aplastante.

• Superado el estupor del primer impacto invasor en las distintas regiones del continente, comenzó en forma persistente la resistencia que iría desde el enfrentamiento armado al suicidio individual y colectivo, pasando por un estratégico re-acomodamiento de subsistencia dentro de las estructuras impuestas por el enemigo europeo. Todos los intentos armados de los nativos fracasaron por el desconcierto y debilidad de sus armas. La última reacción importante antes de la emancipación mestiza del siglo XIX fue la de José Gabriel Condorcanqui, Tupac Amaru II, en el Perú junto a su esposa Micaela Bastidas Puyacahua, sus hermanos Diego Cristóbal, Andrés y Juan Bautista Tupac Amaru, los hermanos Catari, Pedro Vilca Apaza, el aguerrido Julián Tupac Catari y su esposa Bartolina Sisa con el apoyo de distinguidos criollos. Aquella rebelión de los 1780 fracasó solo en apariencia ya que los centros de poder europeos, sobre todo España, debieron ceder posiciones ante los justos reclamos de los nativos. Por otra parte, la sangre de los mártires del incario sometido abonó aún más la semilla que ya había sido plantada en el Fuerte Navidad, fundado por Colón en 1493 y destruido ese mismo año por ‘indios rebeldes’ al mando del cacique Caonabo. Mucho se dice y se pregona sobre los desmanes ‘heroicos’ de españoles, portugueses, ingleses y demás, nada sobre la sangre que derramaron defendiendo sus territorios y cultura jefes como Guaroniex, Mayabanex, Coyacoa, Mancatex, la bella Anacaona hermana de Caonabo, Cotubamá, Hatuey o Hathucci… todos héroes del siglo XV cuyo sacrificio no alcanzó para saciar la inmunda avaricia y ‘espiritualidad’ de los europeos. Los levantamientos que se siguieron ininterrumpidamente desde Alaska a Tierra del Fuego mantuvieron latente el temple de América a pesar de que fueron derrotados militarmente bajo el ostentoso argumento de que los nativos eran gente primitiva que solo hacían la guerra a los salvadores europeos. Así cayeron Agueybana II en 1511 (Puerto Rico), Cemaco en 1513 (Panamá), Urraca en 1520 (Panamá), Tecum Umán en 1525 (Guatemala), Cuathemoc en 1525 (México), Lempira en 1531 (Honduras), Rumiñahui en 1535 (Perú), Tisquesuza en 1536 (Colombia), Aracaré en 1542 (Paraguay), Sebastián Lemba en 1550 (Santo Domingo), Lautaro en 1558 (Chile), Guaicaipuro en 1560 (Venezuela), Yaracuy en 1569 (Venezuela), Jumandí en 1578 (Ecuador), Bagual en 1604 (Argentina), Nicaroguan en 1666 (Nicaragua), Zumbí en 1695 (Brasil), Sempé Tiarajú en 1756 (Brasil), Jacinto Canek en 1761 (Yucatán), Telomic Condic en 1573 (Argentina), Makandal en 1779 (Haití), Tupac Amaru y Tupac Catari en 1781 (Perú, Bolivia, Argentina), Cordúa en 1831 (Uruguay), Yanquetrúz, Inacayal, Foyel y Sayhueque hacia 1870-80 (Argentina). En realidad después del sádico sacrificio de la familia Amaru, el levantamiento continuó en forma sangrienta en territorios de los virreynatos del Perú, Río de la Plata y Nueva Granada, hasta que la reacción realista consiguió derrotar, pero no vencer, a las multitudes de americanos que luchaban sin armas, solo inspirados por objetivos de libertad, justicia e igualdad de derechos. Finalmente, en algún sentido, triunfaron. Más exactamente, seguimos luchando porque, de una manera más sutil pero efectiva, el rostro de América, a pesar nuestro, continúa enmascarado.

• El movimiento Tupac Amaru II, aunque militarmente fue derrotado, consiguió que el sistema colonial se debilitara. En la práctica obtuvo reivindicaciones que motivaron aún más la conciencia en los nativos (aborígenes y criollos) de que era posible reconquistar tanto la manera de pensar como la autonomía continental y regional perdida tres siglos antes. Entre los logros de aquella rebelión se destacaron la supresión de los corregimientos, la creación de la real audiencia de Buenos Aires, la anexión de la Intendencia de Puno al Perú y la creación de la real audiencia de Cusco en 1787.

• La historia de los últimos 500 años del continente es una historia de sangre derramada por el intruso o entre los descendientes de estos y los nativos propiamente dichos que solo luchaban para defender sus derechos y su cultura pre-invasión. A partir de 1492 comenzó el implacable y más grande genocidio de la humanidad. En forma directa y a sangre fría por medio de armas de fuego, venenos, ejecuciones sumarias de distinta índole (horca, descuartizamiento, hoguera, empalamiento, etc.) generalmente con torturas previas inimaginables. Indirectamente por la introducción de enfermedades infectocontagiosas, la corrupción, esclavitud y desprecio por todo lo nativo, incluidas sus religiones milenarias. El genocidio, consumado por europeos primero y criollos europeizados después, fue ininterrumpido hasta el siglo XX en la medida en que las naciones aborígenes se resistieron a ser echadas de sus tierras, a renunciar a su cultura y a ser explotados en beneficio de occidente tal como sucedió en Potosí. Mientras duró este accionar premeditado, aberrante y tolerado o provocado por las autoridades de turno, los intelectuales europeos, desde parámetros culturales acomodaticios y eurocéntricos, tejieron intrincados argumentos teológico-filosóficos que en síntesis no van más allá de la afirmación arbitraria de que los nativos ―incluidos los criollos que se oponían al despojo y genocidio vil― eran solo salvajes o quasi hombres por no tener ‘la gracia’ del bautismo cristiano ni la civilización y estilo europeo. Por esta razón los clérigos Tomás Ortiz o el Sepúlveda, entre otros muchos, dogmatizaron muy sueltos de piernas que “eran siervos a natura, que se les hace beneficio en quererlos domar, tomar y tener por esclavos” o “morir por la espada” si no se avenían al requerimiento. Esto no lo decía cualquier acólito, sino obispos, teólogos y este Sepúlveda que era consejero de los ‘santos’ reyes. No es ironía. Es una realidad tan cruda y espeluznante que inconscientemente se intenta justificar haciéndola aparecer como ironía. Tampoco es irónica la forma de hacerlo presente. Quizás sí trasunte cierta impaciencia porque todavía América es explotada y trasculturada a mansalva, ahora con guantes blancos y ocasional respeto por las ideologías y filosofía nativa. No solo los europeos insisten en sus métodos, también los hay nativos y algunos intelectuales de esta tierra que hacen el juego a los poderosos dejándose seducir con falsas promesas. Como aquellas del ‘cielo eterno’, ‘los bienes de esta tierra no tienen valor’, ‘lo que importa es salvar el alma’, portarse bien para recibir ‘préstamos generosos’, hacer buena letra para llegar al primer mundo, lo cual nunca sucederá. Mientras tanto los intrusos (no me refiero a los inmigrantes que, en su mayoría, vinieron simplemente a vivir y trabajar para ganar dinero o salvarse de penurias europeas), también las iglesias, usufructuaron y disfrutan toda la riqueza de nuestra tierra.

Todas las piezas del tablero colonial fueron bien armadas ideológica y legalmente ―con leyes estratégicas creadas por el invasor― para actuar sin remordimiento. No se puede negar que existen documentos y pensadores cristianos contrarios a semejante proceder (diametralmente opuesto al mensaje bíblico por más que lo quieran justificar con el eterno verso de “la mentalidad de la época”), pero… (¡siempre surge algún pero con la religión judeo-cristiana!) los misioneros fueron y son capellanes de la vanguardia y retaguardia invasora. Sus confesores que absolvían cuantas veces era necesario asesinatos y robos de riquezas ajenas, muchas de las cuales lucen hoy en las paredes, techos, pisos y altares de los templos y museos católicos. No es agresión. Es constatación de un hecho tan aberrante que, al formularlo, automáticamente se transforma en agresión, no del que lo dice sino del que lo recibe, porque seguramente preferiría que nadie se lo haga notar. Ante esta confrontación la jerarquía eclesiástica internacional se hace a sí misma ‘santa’ y distraída para obviar el golpe que únicamente se puede remediar devolviendo ellos lo que no les pertenece y volviendo ellos a asumir el mensaje de Jesús que, por otra parte, es muy claro.

Sería saludable para todos ―por ahora mera utopía― que estas instituciones transnacionales no se sintieran agredidas y reflexionaran. En el ámbito continental podría significar el comienzo de alguna verdadera autonomía ideológica y filosófica. Bastante para empezar. Por otra parte, con la devolución de los bienes ‘robados’, stricto sensu, América pagaría centenares de veces su obscena deuda externa.

• Desde 1492 se inicia en el continente un paulatino cruzamiento biológico-cultural entre nativos y europeos (estos últimos, a su vez, frecuentemente mestizados en su lugar de origen con diversas vertientes afroasiáticas). Este mestizaje se produjo básicamente entre el varón intruso (“supermacho” español mezcla de europeo y orientales con no pocos complejos frente a la hembra) y la mujer nativa (considerada por ellos de nivel inferior en la escala humana) por cierto más complaciente sexualmente que la europea llena de prejuicios y tabúes canónicos, paradójicamente elaborados por ‘célibes’ sacerdotes (célibes en apariencia, solo el papa Alejandro VI en aquellos años tenía 6 hijos ‘reconocidos’, algunos de los cuales fueron delincuentes de alto nivel).

Con relación al tan mentado ‘mestizaje’ del hombre americano es curioso que cuando los autores, salvo excepciones, se refieren a él analizan la realidad desde el ‘macho’ como si fuera el componente esencial determinante de la pirámide poblacional. Inclusive se atribuye peso mágico a los apellidos, cuando sabemos que tras ellos se escondieron y esconden mayúsculas hipocresías que ocultan transmisiones biológicas inimaginables. Más aún, nadie ignora que a los nacidos de machos europeos automáticamente se les puso el apellido paterno y, en general, a los aborígenes se los obligó a identificarse con nombres cristianos. No sólo se debe tener en cuenta que en el primer siglo y siguientes ‘la matriz’ fue nativa aborigen sino que algunas mujeres europeas contrajeron matrimonio con aborígenes y mestizos, además de que la reproducción genética endógena de las naciones nativas continuó siendo la base indiscutible de Abya yala, aun cuando se haya perpetrado el genocidio al que hicimos referencia. De este traumático cruzamiento, en el que también aportarían biológica y culturalmente varias vertientes africanas y asiáticas ―piénsese en Brasil, Haití, Jamaica y gran  parte  de la  columna andina sudamericana―, surgimos nosotros, los nuevos nativos ―criollos, gauchos, ‘cabecitas negras’, provincianos, porteños o como se los quiera sindicar― entre quienes nos contamos la mayoría de los contemporáneos aunque muchos lleven apellidos y algunas costumbres de ‘supuesto’ origen dentro del perímetro geográfico del actual subcontinente europeo. Aquellos ―también las instituciones― que por diversas razones se sienten o consideran ‘europeos’ omiten que el mestizaje en toda América, tanto cultural como biológico, lleva una dosis medular de componentes orientales, asiáticos y africanos que contribuyeron, a modo de injertos, a configurar la realidad actual totalmente distinta al resto del mundo. Inclusive la tan mentada ascendencia española o de la ‘madre patria’ lo es de un profundo mestizaje de los ibéricos con el resto de Europa y, sobre todo, con los moros durante siete siglos antes de la invasión a nuestro continente.

• En las postrimerías del siglo XVIII y principios del XIX empiezan a cristalizar gestas trascendentales de independencia política, llevadas a cabo por nativos ―en el sentido amplio del término―. Con una diferencia: mientras estos últimos (junto con negros y gauchos) eran reclutados para los ejércitos de vanguardia contra los realistas (con San Martín, Miranda, Bolivar, Belgrano, Güemes, Artigas, etc.), los criollos de ‘barniz’ europeo asumieron el poder político e ideológico. Estos, imbuidos de la filosofía y ética occidental-cristiano-etnocéntrica que menospreciaba todo lo nativo, al poco tiempo continuaron eliminando a las naciones ‘indias’. Más aún, muchos de los gestores de la emancipación americana, específicamente por ejemplo de la Argentina, habían sido formados en el otro continente, o aquí, pero en centros educativos de origen y orientación europea que descartaban el mundo cultural autóctono. Inclusive, consciente o inconscientemente, no pocos de los ideólogos y ejecutores de las independencias respondieron a intereses de diferentes países europeos.

Como resultado de esa herencia hábilmente transmitida, no es extraño que en el período que va de 1810 a la actualidad, en nuestro territorio se llevaran a cabo dos crueles campañas: en el Sur durante el siglo XIX y en el Gran Chaco a fines del XIX y principios del XX, arrasando prácticamente a las pocas naciones que habían resistido el embate colonial. Paradójicamente se apoyaron en postulados como libertad, igualdad y civilización, transformándose esa arrolladora acción en ‘gesta heroica de ilustres argentinos’ tal como aparece en la historia oficial. Por fortuna desde el principio mismo del siglo XIX tal perspectiva fue discutida por importantes políticos e intelectuales criollos que , aunque sin éxito, se sumaron a los reclamos de los aborígenes sobrevivientes.

• Durante los siglos XIX y XX socialmente los criollos ―con excepciones― se instalaron en un término medio que podríamos denominar de ‘transición’. Por un lado rechazaron el yugo de Europa hasta dar la vida y, por otro, en leyes y Constitución retuvieron filosofía y pautas europeas y se separaron en forma tajante de la vertiente biológico-cultural ‘aborigen’ llegando también ellos al genocidio, no sólo por inspiración filosófica sino por poder político en función de un determinado ‘orden’ e intereses económicos relacionados con la tierra. En el territorio argentino –también en el resto del continente con variantes de tiempo y métodos– este proyecto de Estado y las estrategias político-militares que lo viabilizaron sobre la base de una población mestiza de diferentes vertientes, venía cristalizando confusamente desde antes y durante los albores de la República si bien, como expresé más arriba, existió un pensamiento y actitudes destacables y opiniones disonantes durante el proceso de varias décadas (1800-1880) encarnadas, entre muchos otros, por Belgrano, Moreno, San Martín, Bolivar, Miranda, Hidalgo, Morelos, Artigas, Martí, etc. Sin embargo, aquel oportuno rechazo del absurdo sistema colonial desde la primera década del XIX, de hecho sólo favoreció al sector auto considerado ‘no-aborigen’ continuándose en la legislación y praxis de intelectuales, militares y políticos la discriminación e implacable persecución al nativo-aborigen y al nativo-gaucho hasta su fractura en tanto sociedades libres y estructuradas desde cientos a miles de años, según el caso.

3. Nuestro continente tiene su propio pensamiento (filosofía) en acción

Nos referimos a una mirada propia de la humanidad continental, original y genuina. Mirada e interpretación de nosotros mismos y del cosmos, tan sólida como la de los demás continentes, lograda en su lenta dispersión de 40.000 años. El análisis de esta mirada histórica y actual, surgida, de la praxis existencial (podríamos decir que la ecuación para nuestro continente no es “pienso, luego existo”, como afirmaba Descartes, sino “existo ―en un sentido dinámico y colectivo― luego pienso”) nos permite reconocer la episteme o pensamiento continental propio.

Ahora bien, un rápido enunciado y confrontación con el sistema de pensamiento occidental, en el que vivimos y nos movemos como si fuera el único, nos puede permitir captar mejor y comprometernos con la originalidad del nuestro. Captar y asumir su capacidad de encarar  los problemas y expectativas del hombre actual, con serias dificultades para encontrar salidas solidarias, que superen “el sálvese quien pueda”, la dependencia vil, la inequidad cada vez más obvia y menos incluida en nuestros proyectos políticos y nuestras ideologías.

La confrontación de dos epistemes ‘no es comparación’, puesto que en cuanto emergentes de su propia realidad una y otra son genuinas y originales. Constituyen respuestas concretas a problemas e interrogantes concretos surgidos de un patrimonio propio y de un  modo dinámico de ver y analizar el cosmos. Ambas surgen de una realidad muy profunda en el tiempo y de una praxis en función de responder a interrogantes y necesidades (materiales y psicológicas o simbólicas) de una única especie “situada” en lugares y circunstancias muy diferentes.

En ambos casos son opciones diferentes en un devenir milenario. Pero ‘una’ no es superior o inferior a la ‘otra’.

Algunos aspectos de ambas filosofías, o manera de pensar la realidad.

Ante todo podemos preguntarnos dónde y cómo detectar elementos vertebrales  de una u otra manera de pensar, especialmente de la humanidad de Abya yala.  En tal sentido es posible detectarla en distintas realidades que, unidas, manifiestan un todo genuino que, en nuestro caso permanece oculto o disimulado por el pensamiento invasor que, no por ser invasor deja de ser genuino “para ellos”. Obviamente, no se trata de fórmulas y/o recursos explícitos sino de conclusiones emergentes del análisis del accionar y de vivencias de la humanidad en cuestión, sea en Abya yala o en cualquier otro continente o región del planeta. Sugeriré ‘algunas’ pistas para investigar y reencontrarnos con la filosofía de vida propia de nuestro continente.

En las estrategias de vida individuales y colectivas. Estas estrategias y praxis del devenir en un determinado espacio, reflejan ―a veces confusamente y con matices simbólicos difícilmente comprensibles analizadas desde afuera― UNA MANERA DE CONCEBIR Y EXLICAR EL UNIVERSO, EL MUNDO, EL HOMBRE, LA SOCIEDAD. LA VIDA Y LA MUERTE, es decir, en su propia cosmovisión.

En los mitos expresivos y explicativos de esa cosmovisión. Los mitos reflejan el origen y el desarrollo de un determinado estilo de vida, atribuido a determinados héroes mitológicos para que sean asumidos colectivamente por la sociedad. Es el caso de Yahvé, Zeus, Júpiter, Mónadas. Seres ‘trascendentes’ con diferentes nombres. En nuestro caso: Quetzalcóatl, Inti, Taremkelas o Kenós, Tokwáj, Kuanyip y muchos más. Todos ellos se constituyen, por diferentes mecanismos de quienes proyectan estas realidades míticas, en causantes, inspiradores, modelos o espejos de la existencia humana bastante incomprensible para los que tenemos la capacidad de pensar el afuera y pensarse a sí mismo. En el caso de occidente, por influencia de un fenómeno institucional-imperial-dogmático ―transferido compulsivamente a nuestro continente recién a partir del siglo XVI de su era― no se acepta esta interpretación sino que afirman tratarse de una “revelación” de un ser a-temporal, trascendente y absoluto, que habría hecho todo como está, bajo la responsabilidad del hombre.

En la escritura –cuando la hay– en tanto expresión directa o indirecta de esa manera de pensar (cada región tuvo y tiene su propia escritura)

En la tradición oral, pictórica, artística en general, industrial y otras estrategias.

En la configuración dinámica y progresiva de los sistemas político-sociales

2. Algunos elementos específicos representativos  de ambos sistemas

Occidente  

      Dualismo y dicotomías clásicas, por ej.: trascendencia e inmanencia; espíritu y materia; bueno y malo; creador y creado; culto e inculto; amo-esclavo; superior e inferior.

      Alguna forma de creacionismo de la nada por parte de seres superiores que cuentan con mediadores no humanos: ángeles, demonios….

      Supervivencia “trascendente” del hombre, en “otro mundo”. Se vive para ganar algún “cielo”.

      Hombre: “señor”, dueño y centro de todo.

      El concepto de “dios” condicionante del pensamiento y proyecto del hombre.

      Altas y bajas culturas.

      Individualismo y asistencialismo.

      Propiedad privada de la tierra y del hombre ‘inferior’ por parte de algunos.

      Desde los imperios, toda autoridad “proviene” de su dios (cualquiera sea, según la época)

   Consumismo compulsivo

   individualismo

   Vivir ‘lo mejor posible’ a costa de los demás sin tener en cuenta el principio de solidaridad.

Nuestro continente  

      Una sola realidad ‘inmanente’, en la que el hombre es emergente de esa realidad como todo lo demás. No hay dos mundos. Todo sucede en este, aún lo mítico, aunque en distintos tiempos.

      Pensamiento no creacionista ni teísta.

      Explicación de la única realidad inmanente por la paulatina creación de “héroes” o fenómenos mitológicos que vivieron aquí y siguen presente como creadores de su estilo y modelos de supervivencia.

      No propiedad privada del espacio vital, incluida la tierra. Su praxis y sus mitos los lleva a considerar que “la tierra no es del hombre sino éste de la tierra”.

      Rigurosa propiedad individual de los bienes de uso.

      Solidaridad y respeto traducidos en sistemas sociales horizontales o verticales, ambos en función colectiva.

      Sumaj kamaña

      Sumaj kawsay

      ‘Vivir bien’ en el contexto de igualdad, respeto y solidaridad

 

Reflexión final

Apenas he sugerido un sucinto repaso de algunos hechos y tendencias que, si bien no son tenidos en cuenta con mirada objetiva por la historia oficial pro europea, configuraron nuestra compleja realidad actual. Muestreo susceptible de ser abordado con más amplitud y profundidad, como de hecho lo han realizado y realizan multitud de investigadores americanos y argentinos, aunque todavía casi no son tenidos en cuenta en el sistema educativo vigente. Ni siquiera en las bibliografías de las ciencias sociales y de la eternamente proyectada reforma que, en todos los casos, es importada y superficial porque las modificaciones no pasan de ser metodológicas y estructurales. El contenido sigue siendo el mismo y de esa manera la  obsecuencia y la dependencia también siguen siendo las mismas. Esta dependencia histórica es, sin duda, una relación perniciosa de difícil captación, pero que lentamente tiende a penetrar en la conciencia de las universidades y la población.

Hoy, después de cinco siglos de invasión del poderío y soberbia político-ideológica y de la prepotencia cultural del circunstancial primer mundo, es admirable que muchas de aquellas culturas nativas subsistan y mantengan vivas las raíces de nuestra historia más remota que nos pertenecen y nos identifican ante el mundo y ante nosotros mismos, aunque apenas seamos conscientes de ello.

Quizás muchos no somos, o ‘creemos’ no ser, descendientes directos o biológicos de aquellos pueblos y devenir remoto, pero sí somos nativos de esta tierra y como tales la historia y cultura de esos 40.000 años que nos precedieron nos pertenecen. No para mirarlas como piezas obsoletas de museo, sino para conocerlas e incorporarlas a la conciencia individual y colectiva, como parte de nuestro Patrimonio Cultural que enriquece nuestra Identidad.

En esta instancia vale la pena tener en cuenta dos conceptos tristemente clásicos que inspiraron la literatura histórica barroco-cristiana y político-económica de aquellos tiempos: el de presuponer desde sus parámetros  filosóficos que los habitantes de este continente –que no se llamaba “américa”– eran casi bestias o casi hombres y el de que “se humanizaban” convirtiéndose a la única verdadera civilización y religión. Dos disparates, tan burdos para filósofos como para sencillos labriegos o marineros que, sin embargo, se impusieron metódicamente en tanto punto de partida de la historiografía que ellos escribieron amordazando la humanidad, antigüedad y auténtica riqueza de la historia continental. Precisamente por eso todavía para los contenidos y textos del sistema, aunque no ya para muchos de los docentes sensatos, ‘nuestra historia’ empieza en 1492 siendo lo anterior confusa ‘pre-historia’ o anecdotario. Arbitrariedad que agrava la distorsión inicial en la medida de su vigencia actual. Vigencia nada sutil si se tiene en cuenta que, aunque la inclusión de la cultura prehispánica tanto en literatura escolar como en ensayos universitarios y producción histórica contemporánea es cuantitativamente algo mayor y con lenguaje aggiornado, no pasa de ser un apéndice en el contexto general y, lo que es más grave y asumido, se acepta sin discusión y con naturalidad que el eje de nuestra historia es Eurasia-América a partir del 1492 y no América en sí misma desde siempre, en la que el ingreso europeo solo constituyó un impacto traumático sobre un instante de sus por lo menos 40.000 años de historia. Impacto que aún debe y puede reabsorber desde su realidad milenaria.

La desproporción en la investigación y el tratamiento de temas históricos vertebrales es palmaria. En efecto, muchísimas páginas y discusión sobre los últimos milenios de Asia Menor, Medio Oriente y Europa occidental; abundantes referencias sobre filosofía y mitologías griegas (que lamentablemente en ningún caso se confrontan con las nuestras asumidas, hasta ahora, como ‘fábulas, leyendas o cuentos’); pesada presencia de los distintos imperios de aquellas regiones, en especial el romano; análisis exhaustivo de la edad media, renacimiento y modernidad europeos… y casi nada del territorio argentino, nada del fecundo proceso histórico-cultural de este continente. Apenas una mención superficial, basada en las crónicas del invasor, de los sistemas que más les impactaron por razón de su desarrollo político y social que pudo hacer peligrar sus pretensiones de dominio, como el caso de aztecas, incas, chibchas, diaguitas, mapuches o guaraníes.

La vigencia de la distorsión se trasunta también en la sensación generalizada de ciertas capas sociales, supuestamente ‘más civilizadas’, de que Europa es la ‘culta’ del primer mundo ―hoy superada ampliamente en tecnología seriada por EE.UU., Japón y China― mientras América ‘latina’ –¡tercer mundo, ni siquiera segundo!– tendría todo por aprender y someterse sin remedio.

Me estoy refiriendo a un eje curvado que nos resta  identidad, conciencia y fuerza para investigar y asumir la verdadera historia regional en el contexto planetario que nos motive a sacudirnos la dependencia económica y cultural endémica. Frente a la globalización compulsiva que provocan el poder y la tecnología de avanzada, esta última sumamente atractiva y buena o neutral en sí misma, resulta un objetivo nada fácil de lograr, pero posible y desafiante.

Se nos enseña que la historia está en los libros, monumentos y símbolos que presiden templos cristianos, plazas, casas de gobierno, edificios públicos y escritorios de funcionarios. Solo en mínima proporción es así, aunque se nos machaque lo contrario y se nos asegure que el presidente Roca, por ejemplo, es ‘nuestra historia’ y los indios del desierto ‘nuestros enemigos’ o, en otra dimensión, la tabla de la ley judía y/o Jesús de Galilea en la cruz ‘nuestra historia’ y los mitos y dioses de América sólo historia de los indios. Hoy ambas realidades constituyen nuestra historia en la medida en que fueron producidas o subjetivadas por habitantes de esta tierra, además de los hechos de la ‘gente común’ que, si bien no suelen reflejarse en los intocables libros de historia, es hora de evaluarlos –siempre es hora– a través de sus objetivos (es decir, del por qué actuaron como actuaron), actitudes, derechos y estrategias de líderes, funcionarios y población de ambos sectores que sistemáticamente se parcializan u ocultan en función de conveniencias del vencedor inescrupuloso.

Es obvio, aunque se suponga lo contrario, que la historia de un determinado pueblo en cualquier región del planeta –por ejemplo del Gran Chaco sudamericano o de Tanzania en África– no puede ser reflejada y escrita por un autor extranjero en idioma foráneo con la misma objetividad, amplitud y pasión que los herederos del proceso en sí y de los acontecimientos, entre los cuales debe destacarse, precisamente, la particular forma de transmisión que activa cada pueblo (función a la que nosotros llamamos ‘educación’). Pero los intelectuales, teóricos y gobernantes europeos del siglo XV y siguientes, avalados por una profunda complacencia política y religiosa, se erigieron en dueños de nuestra historia. Más exactamente la ignoraron dando por sentado que en nuestro continente no había historia porque no pudieron leer su pasado en libros similares a los escritos en castellano, inglés o francés… En realidad no quisieron reconocer la existencia de ‘nuestros libros’ (códices, quipus, estelas líticas, placas grabadas, pinturas, dibujos en piedra, cuero, lienzos, cerámica) y diversas manifestaciones de la memoria colectiva que encerraban gran parte de la historia del hombre de este continente simplemente porque no les convenía. Existían, pero nada hicieron para entenderlas. Y si en el correr del tiempo colonial algunos representantes de aquel etnocentrismo y chauvinismo recalcitrante lograron penetrar su significado histórico-cultural hicieron lo posible por destruirlos para que no se los pudiera ‘leer’.

Los invasores europeos de América –también de África y otras regiones del planeta con distintos resultados– y sus cronistas se hicieron dueños de nuestra historia y filosofía e impusieron la suya ignorando el acervo nativo. Negaron, salvo raras excepciones, que aquí hubiera cultura e historia progresivas y coherentes con coherencia propia como en Asia y Europa, tanto de naciones tecnológicamente más avanzadas (azteca, maya, inca) como de grupos cazadores y recolectores (selk’nam, tehuelche o wichí).

Con relación al proceso pre-invasión y su continuidad en el tiempo que juntamente con los acontecimientos de estos últimos siglos constituye el eje correcto de la historia, hay todavía mucho por investigar, digerir y estructurar en función de la educación sistemática y de la mentada Identidad Nacional. Es, sin duda, tarea primordial de arqueólogos e historiadores, pero lo es especialmente de las universidades y, por supuesto, de cada persona y docente que se precie de ser abyayalense y, en nuestro caso, argentino.

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*Aporte al llamado de la Junta Abya yala por los Pueblos Libres a la presentación de estudios sobre producción sustentable de alimentos, arraigo, biodiversidad, y uso y tenencia de la tierra.