Ensayo 7: Tradición comunitaria que la colonialidad desfigura-Por Daniel Tirso Fiorotto*

28-04-15 |

De la chacra a la confederación. Mundo de vidas complementarias, ocultado por el sistema.

Nos anima en estas reflexiones una inquietud muy extendida en pleno siglo XXI sobre los riesgos que enfrentan la biodiversidad y la especie humana en la biodiversidad. Quizá por el desconocimiento de nuestra condición y de nuestro lugar. Nadie que conozca una abejita, pero que la conozca, pondrá en peligro su vuelo.

La lectora o el lector de esta columna puede sufrir problemas de arraigo y de trabajo, u observarlos en la vecindad, y al mismo tiempo ser testigo de daños en el ambiente, por aquí y por allá. Entonces se preguntará por las causas y por los modos de revertir este estado de cosas. Aquí analizaremos algunas vías posibles.

Dignidad herida

El punto que nos lleva a este análisis es la necesaria exhumación del mundo integral que evitaría flagelos de hoy como son: el destierro de nuestras familias, la concentración de las riquezas en pocas manos y a la vez la contaminación del ambiente. Veremos que no es cuestión de inventar un sistema desde un escritorio. Si volvemos a los principios milenarios de este suelo todo se alumbrará.

Hoy la vida está amenazada. Ocurre en el planeta, y no estamos a salvo. No sólo por el consumismo, el gasto extremo de energía, la búsqueda de energía por métodos harto peligrosos, la manipulación de los alimentos, los cambios genéticos introducidos en las semillas, la moda de la fumigación con cocteles químicos, las patentes, sino también por el armamentismo que sostiene a este sistema.

A esos problemas les sumamos la pérdida de conciencia sobre la trama que nos da sentido a los seres humanos, sobre el ser profundo de las cosas que compartimos, del que no estamos separados aunque el individualismo y el antropocentrismo nos engañen.

Podemos vivir muchos años pero tal vez alienados y siervos, y con la dignidad herida. Nuestra supervivencia es directamente proporcional, a veces, al quebranto del ambiente, o al consumo de energía que debemos preservar para nuestros nietos.

Claro que los problemas no se plantean sólo hacia futuro. Cuando hoy vemos jóvenes hurgando en la basura en nuestras ciudades, jóvenes que (en algunos casos) dentro de pocos años llegarán un poco más drogados, un poco más borrachos, nos preguntamos, volvemos a preguntarnos por las prioridades del sistema y comprobamos que no están en el ambiente sano y tampoco en el hombre. Y nos aferramos a las posibilidades infinitas que nos brinda la naturaleza para una vida que no excluya, que no coloque a unos aplastando a otros, una vida comunitaria y necesariamente austera.

Si los pájaros, los peces, se hacen un lugar, se turnan para alimentarse, nosotros podemos respetar el lugar de los pájaros, los peces, los humanos. ¿Quién lo impide?

Armonía o muerte

Advertimos los obstáculos del sistema dominante para abrirnos a uno de nuestros principios y fines prioritarios, el conocimiento, y el ámbito necesario para el conocimiento: el vivir bien (en quichua sumak kawsay, en mapuche kumen mongen), en armonía, en amistad, con otros (no contra otros). Vivir bien en un lugar adecuado (tekohá en guaraní), que aceite el diálogo de la comunidad en la naturaleza, y sea el abono de la meditación serena.

Armonía o muerte, decimos. Un automovilista que insulta a otro por una infracción en el tránsito, y el otro que saca una pistola, esa escena tan argentina que ha sido llevada incluso al cine, es la manifestación de un desasosiego, de una ruptura de lazos.

Ante los desafíos que nos presentan la biodiversidad, el conocimiento, la armonía, vamos por una vida en paz, comprometida con el paisaje, es decir, una vida no individualista, no escindida de las esencias, no apurada, no competitiva, no entregada a las banalidades.

Desde allí apuntamos a experiencias nuevas que echan raíz en antiguos principios. Por ejemplo la agroecología y la permacultura, respuestas a un tema central, la alimentación sana y en cercanía.

Jamás perderá vigencia el ser humano inclinado ante el agua, ante la pachamama, ante los demás seres, y curándose de la soberbia del antropocentrismo.

Conscientes de nuestra pertenencia al ambiente, y de la salud que nos debemos, entonces sí podemos pensar en compartir territorios para la alimentación y el diálogo con la naturaleza.

La unidad nos llama

Nuestra inquietud nace además en la conciencia de un racismo geográfico y partidario que se manifiesta en las oportunidades de arraigo, de trabajo; o mejor, un cóctel de racismos que desanima a miles de jóvenes, familias, grupos, en sus emprendimientos y sueños.

Nos reconocemos en la unidad, como pueblos del Abya Yala (América), unidad como especie y con otras especies, y como cultura. Unidad esencial, desde donde podemos discernir los fenómenos con una perspectiva integral que decimos “de cuenca”, es decir, no fenómenos aislados, no compartimentos estancos, sino conjunto. La visión llamada holística permite intuir cuántos cambios provoca un cambio que parecía insignificante, y nos persuade en la necesidad de la mínima invasión.

Unidad en el mundo, ante la dispersión, la especialización, la atomización, el choque.

Esa unidad nos llama, sola, a revisar los sistemas de educación y comunicación, puestos hoy al servicio de un régimen en que predominan el capital, la ganancia, el éxito individual o sectorial. A descolonizar la cultura.

Si decíamos biodiversidad, no es difícil ver allí la unidad, donde cada cosa es en relación con las otras.  Eso en la naturaleza, y lo mismo en nuestras culturas. ¿Podríamos pensar en un camino para los paranaenses que no incluyera a los concordienses? ¿En un camino para los argentinos que no incluyera a los orientales, a los paraguayos?  ¿Un camino para la mujer y el hombre que no incluyera a las mariposas?

El destierro

Nos reconocemos en una pluralidad de vías para el conocimiento, en tiempos en que la modernidad nos constriñe (con la ciencia) a una sola vía sobrevalorada. Un autor acuñó la expresión “ecología de saberes”. Lindo, para escuchar con mayor atención a los que no están “licenciados” por el sistema para hablar.

Añadimos a nuestras inquietudes los obstáculos del régimen a la participación en los intercambios y las decisiones (el menosprecio de la licencia social) sobre asuntos comunes, y la caída del hombre en el consumismo, manifestación, en nuestro continente, de la colonialidad, si consideramos que el Abya yala repulsa al industrialismo.

El consumismo asecha. Traspasa clases sociales, sexos, edades.

En nuestro continente, industrialismo, propaganda, consumismo, son vicios importados y, por arraigados que estén, deben ser considerados como las plagas exóticas en las reservas naturales. Donde prima el industrialismo difícilmente el hombre se salve de medir las cosas por su cantidad.

En ese esquema se desenvuelve nuestro modo insano de vida, producción y alimentación, como también nuestra caída en el uso de energías no renovables (petróleo dependencia) y el extractivismo que provocan el sistema de exportación de bienes primarios y el alto consumo promovido por la propaganda que decíamos.

Y en ese esquema, como si fuera poco, una condición sine qua non: el flagelo del destierro que sufren los pueblos del litoral argentino con una de sus causas, la concentración de riquezas en pocas manos, por la prepotencia del capital financiero y sus socios.

Vivir bien, en unidad, en armonía, para el conocimiento integral, emancipados del capital y del consumismo, sin las zozobras del destierro. He ahí los principios.

Los vuelvistas

Claro que vivir bien equivale a que ningún vecino pase hambre ni sea marginado. Desde estos saberes es imposible un ámbito de armonía cuando hay otro que no tiene qué comer.

La tradición comunitaria que decimos está en las antípodas de un régimen colonial que concentra las riquezas, acumula sin equidad, da prioridad al dinero, expulsa a las personas de su territorio (las echa afuera o las hacina en barrios), a la vez que exprime al planeta, contamina el agua y el suelo, tala los montes, llena los arroyos de basura o pone en riesgo los acuíferos.

Para delimitar las vías de abordaje de estos asuntos, o mejor, de este asunto que se expresa de distintas maneras, nos basamos en antiguas tradiciones de pueblos del Abya Yala y copiamos de la naturaleza el sentido integral, donde cada cosa es en relación con otras, en una complejidad inabarcable para el hombre.

Hemos llamado vuelvismo a esa vuelta de los ojos a la paz, a las sabidurías imperecederas, a la naturaleza, que protagonizan las personas y las agrupaciones. Se asocia con la actitud de mínima invasión, que decíamos, en la naturaleza o a través de ciertas ideas que pueden parecernos a veces creativas pero nunca deben sostenerse en el menosprecio de conocimientos hondos.

El vuelvismo involucra la libertad de las personas, en oposición a la vigilancia y el control en franco progreso. La actitud de no invasión equivale a caminar juntos, a no mirar todo con hambre para saciarse uno. Y subrayamos esta condición porque facilita la comprensión: los vuelvistas no son un invento, un proyecto, ya existen, nos despiertan a diario con sus estudios, con sus inquietudes, con sus asambleas, son expresiones del mundo verdadero, el mundo orejano, chúcaro y libre.

Esa libertad en la comunidad puede ser entendida como soberanía particular de los pueblos. Este es un concepto heredado de la revolución independentista federal (artiguista), sinónimo de descentralización, federalismo, autogestión, empoderamiento de los vecinos, y es un antídoto contra la verticalidad del imperialismo colonialista.

Con tantas influencias europeas (más reconocidas) como del Abya Yala (siempre ninguneadas), ese federalismo desde el pie implica una recuperación de asambleas y soberanías regionales, para desplegar las potencialidades, curados de los atropellos de la oligarquía metropolitana y sus seguidores, y sostenidos en ese principio que comentábamos al principio: el conocimiento. Este es un tema central. En la medida en que se imponga la metrópolis enferma a la cabeza no habrá unidad continental antiimperialista posible.

El capital, un parásito

El federalismo desde el pie se conecta sin esfuerzos con la resistencia, la lucha, y con el acceso a la tierra (si consideramos que el conocimiento y la participación no hallan hogar en el destierro o el hacinamiento). Basta conocer los principios de las Instrucciones a la Asamblea de 1813, o del Reglamento de Tierras de 1815, y la composición genuina de la lucha artiguista para comprender su profundidad y arraigo. Los que izamos la bandera de la banda roja estamos haciendo flamear un símbolo que resume estos pensamientos, y aquellos sacrificios, un puente directo a la wiphala.

No hay, en esta red, lugar alguno para el capital financiero y las multinacionales y la concentración de las riquezas. No avizoramos aquí ninguna posibilidad de coexistencia, y es un hecho que la biodiversidad y la población humana son la prioridad. La unidad en la humanidad encuentra aquí otra razón: la lucha de la humanidad toda contra el capital financiero, ese parásito. En nuestra región, esa lucha debe apuntar, entre otras cosas, contra el acaparamiento de la propiedad o el uso de la tierra, y contra la concepción de la tierra y los alimentos como meras mercancías.

Los antecedentes

Para el necesario reparto hay antecedentes centrales como el Reglamento Provisorio de José Artigas que entregó suertes de estancias a los desposeídos bajo la consigna “que los más infelices sean los más privilegiados”. También en el viaje de Manuel Belgrano al nordeste, y en proyectos incluso durante la etapa colonial propiamente dicha. Y tenemos como precedentes fundamentales sistemas comunitarios de nuestros pueblos, como el ayllu, de manera que la propiedad absoluta y la ganancia como motor de la economía y la acumulación de superficies deben ser extirpados como se extirpa un tumor maligno, para devolver la conjugación completa del verbo compartir.

En lo que respecta a la lucha, no debemos eludir la cadena de luchas independentistas, federales, obreras, campesinas, ecológicas, anticoloniales, en sus más diversos matices.

El acceso a la tierra, hoy, debe pensarse desde aquella condición antigua de la mínima invasión, del pedir permiso, de la economía sustentable, que ha calado hondo en los movimientos ecologistas, fuentes de estudio y resistencia. Acceso a la tierra como hijos, no como dueños.

En próximas ediciones analizaremos algunos conceptos expuestos aquí, a la luz de las culturas de este continente, nos detendremos en el problema de la colonialidad, y veremos cómo el trabajo en relación con la tierra puede sentar bases para recuperar posibilidades de arraigo, establecer un federalismo desde el pie, preservar la biodiversidad y la diversidad productiva, asegurar la soberanía alimentaria y redescubrir la armonía y la unidad perdidas.

Colonialidad

Colonialidad, llaman los estudiosos a un patrón de dominación, que involucra un conjunto de estructuras sociales, económicas, educativas, mentales, que preservan y naturalizan las líneas invasivas del colonialismo europeo y, por extensión, cualquier colonialismo.

La colonialidad, el racismo, continúan y pueden acentuarse aún cuando el colonialismo haya sido vencido. Pudimos derrotar al europeo en el gobierno, derrotar la dependencia soberana de otro estado, colocar gobernantes criollos, y eso no equivale a derrotar las secuelas del colonialismo en las relaciones sociales, en la educación, la economía, el trabajo, las vías del conocimiento, el prestigio.

Una corriente de sociólogos vincula la modernidad con la colonialidad, y ayuda a comprender la situación actual de nuestras comunidades. Sostiene que la modernidad no es sólo sinónimo de ciencia, tecnología, o apertura al conocimiento y democracia, sino sinónimo de invasión y genocidio y esclavización en el Abya yala.

Tomar conciencia

La colonialidad y sus productos y subproductos: ahí está nuestra inquietud. Aquí veremos por qué urge la de-colonialidad, desde la raíz misma, es decir, desde nuestra conciencia.

No hay manera de recuperar la unidad frente a la balcanización (ese divisionismo que nos miente y debilita); no hay manera de facilitar las condiciones para el vivir bien (sumak kawsay), si no tomamos nota de la perversidad de las estructuras de la colonialidad patriarcal uniformadora y a su vez atomizadora (nos divide para colocarnos el uniforme que conviene al imperio de turno), sea en el estado, las organizaciones, la escuela, la salud, las comunicaciones, las tecnologías, las iglesias, las corporaciones, como en nuestras familias y en nosotros mismos.

Nosotros, caídos en los tan modernos vicios del europeísmo, el individualismo, el divisionismo, el apuro, la competitividad, el consumismo, los títulos de propiedad, la adoración de la ciencia y el rebajamiento de diversos estados del conocimiento; el maltrato a la naturaleza y la subestimación de la armonía que de ella emana, la naturalización de los destierros y amontonamientos, y el apego a un régimen sostenido en la propaganda.

Nosotros, que heredamos el poder concentrado de la oligarquía y que padecemos la continuidad de ese poder en los medios masivos, el régimen tributario, la disposición de riquezas, las obras, la producción con modificaciones genéticas propias de un estado monstruoso. Y en la tendencia muy argentina a sobrevalorar lo que llega de la zona portuaria, con la fama que dan sus privilegios, en relación directamente proporcional al menosprecio por nuestros principios y talentos, en la línea de la dicotomía civilización versus barbarie que nos inocularon a sangre y fuego y que aún reina, con los padres del aula.

Aquí proponemos mirar los fundamentos de un mundo ocultado por el régimen, y mostrar que ese mundo está en nosotros pero menospreciado, marginado, disminuido, desacreditado. La colonialidad se manifiesta de distintas maneras en el mundo. En la Argentina, la colonialidad tiene en el unitarismo un cordón central, y una vía rápida (hay que decirlo) para conocer su dimensión. La oligarquía porteña (con sus tentáculos y socios de la burguesía) es una puerta a la colonia, y también una puerta para que nosotros espiemos un resumen de los modos de la dependencia.

Como las termitas

Sumamos aquí una mirada sobre relaciones que pueden colaborar en el redescubrimiento de nuestra condición. Relaciones para bien o para mal, pero que muestran no hechos aislados sino procesos, o impactos por acumulación. Por ejemplo, la sinergia (cada cosa cobrando nuevas energías y sentidos en relación con otras); la resiliencia (elasticidad para incorporar variantes, no como algunos pretenden en el sentido de soportarlo todo); o la estigmergia (capacidad conocida en el mundo de las termitas, para detectar y aprovechar lo hecho en positivo, y de paso, para detectar dónde debemos retroceder).

Como antecedentes que repulsan al capitalismo y la modernidad, apuntamos la vida y el trabajo comunitarios, con raíz en pueblos antiguos y (en alguna medida) en experiencias modernas cooperativistas. Comunitarismo que nos simplifica la comprensión de la unidad (antiquísima) del litoral del Paraná – Uruguay en el Abya yala, es decir, en el continente de la sangre.

Imaginamos las chacras herederas del ayllu con una bella forma (hexágono) que entendemos expresa el contenido aunque no de manera excluyente, para cultivar el conocimiento, la vecindad, el diálogo, la participación, al tiempo que preservamos la biodiversidad, la armonía de la especie en la naturaleza, la diversidad productiva y la soberanía alimentaria, además de curarnos del hacinamiento y ofrecer un lugar y oportunidades de trabajo digno a todos.

Hay reformas necesarias a los fines de romper las rejas europeas, entre ellas la imprescindible recuperación de la soberanía en las regiones, lo que exige una conciencia acerca del predominio del capital financiero (con cabecera en el puerto) en la modernidad como sostén del estado de servidumbre. El régimen unitario es socio del capital financiero imperialista, que nos precisa divididos. Jamás recuperaremos la unidad del Abya yala en confederación si se conserva la uniformidad impuesta por la metrópolis colonial.

Recuperación de la soberanía para ser coherentes con esa unidad primigenia, y con la instauración de un federalismo desde el pie y ascendente (la soberanía particular que decía José Artigas), con las chacras mixtas como células y con aquella unidad superior como fuente.

Arraigo y emancipación

Debemos estudiar los alcances de estos cambios de mirada, para afrontar los atropellos de la oligarquía neocolonialista balcanizadora extractivista (y la alta burguesía que le sirve), y resistir la arremetida capitalista que en las últimas décadas se expresa en forma descarnada en la presencia abusiva del capital financiero y las multinacionales en todos los ámbitos de la economía regional (veamos Monsanto, Chevrón, Walmart, Barrick, etc), sin contar los brazos directos de distintos imperialismos.

Otro capítulo: la confederación comunitaria del mate en la que ya vivimos sin apreciarla, tal vez porque se expresa mejor en las rendijas, en las grietas.

Reconocemos en tradiciones como la gauchada, el ayllu y el mate unas líneas imperecederas de unidad y comunidad para nuestra reincorporación en la naturaleza y en el Abya yala, y tomamos conciencia de que este modelo de convivencia en libertad ofrece ámbitos de relación y conocimiento para que todos desplieguen sus aptitudes y gustos sin estropear la biodiversidad. Por eso la cosa es de vida o muerte: ni biocidio ni paisajicicio ni destierro: arraigo, armonía y emancipación.

Mundo zurdeño

La libertad, la comunidad, la armonía del hombre en la  naturaleza que se expresan en las chacras es lo que en otras ocasiones hemos llamado “mundo zurdeño”, por el símbolo que constituye la vida austera, musical, en la naturaleza, consciente de los atropellos del imperialismo, auténtica, que llevó adelante y transmitió, siempre con un amargo de por medio, el argentino Miguel Ángel Martínez, el Zurdo.

No sabemos cuántos o quiénes pueden interesarse en estas reflexiones. Sí sabemos que un cambio de paradigmas generará expectativas y abrirá caminos a miles y millones, abrirá las puertas de un mundo que fue clausurado por el capitalismo pero que no murió. ¿Cuánta violencia estéril nos ahorraremos hacia futuro, si nos sentamos en una rueda de mate y evitamos los hacinamientos? En quinientos años de engaños hubo resistencia. Veremos si estamos a la altura de esa necesaria rebelión.

Federalismo y chacras

Voces antiguas de este suelo definen la vida en armonía, la generosidad recíproca y otras tradiciones.

En estas reflexiones confluyen el amor por el Abya yala y por la unidad de los pueblos, la fidelidad a la naturaleza, la resistencia al extractivismo que hoy es ley, y una determinación a no ocupar todo el territorio porque sencillamente no tenemos derecho a la invasión.

También la admiración por la vida comunitaria que se ha recreado por milenios; el estado de alerta por el agotamiento de las fuentes de energía que sostienen el sistema (petróleo dependencia) y que el sistema busca reemplazar con búsquedas desesperadas de altísimo riesgo como la fractura hidráulica, los represamientos, la fisión nuclear.

Lo mismo, la conciencia de que una porción mínima de la humanidad ha dictado o hecho dictar leyes que le permiten adueñarse del planeta, o sostiene esa aberración con el poder de las armas, lo que obliga al resto a trazar estrategias de supervivencia y revertir este estado de cosas, empezando por el conocimiento.

Y confluyen los desvelos por la alimentación sana, sencilla y accesible, y por la naturalidad de los alimentos; la conciencia de que el imperialismo y sus expresiones internas nos tienen fuera del futuro porque han trazado lugares de sacrificio; la conciencia de que la concentración de las riquezas y en especial del uso del espacio traen aparejada la desocupación o el empleo precario y distanciado de la naturaleza, y que esa ley antinatural se puede revertir en regiones como la nuestra que se caracterizan por desterrar a sus hijos.

Además, la seguridad de que a los problemas del sistema capitalista se añaden aquí los del centralismo, de una metrópolis parasitada por la oligarquía, lo que se presenta como un obstáculo de magnitud para la emancipación y la unidad; la lectura de pensamientos de distintos continentes y experiencias que advierten el desequilibrio del sistema actual y sus límites; la tradición del vivir bien (sumak kawsay) propia de este suelo; el apego al sistema federal que costó sangre a nuestros hermanos, y que debe ser revisado y cultivado, asociando el federalismo a las chacras mixtas, y siempre en conciencia de que el capital financiero es un obstáculo y que nuestra meta es devolvernos un estado de cosas en armonía y con lugar para todos, donde vivir y conocernos.

Consideramos además la existencia de raíces vivas de organizaciones que sintetizaron momentos clave de historias de este suelo como la Liga de los Pueblos Libres; nuestra identidad expresada en la rueda de mate como tradición y símbolo de arraigo por sobre fronteras y épocas, y de comunión con la naturaleza; la misma identidad expresada en modos, voces, oficios, ritmos, instrumentos, historias, luchas, que muestran a la comunidad integral, abierta al mundo; y el espíritu de rebeldía que heredamos de pueblos antiguos de esta región y que izamos hoy con nuestra banda roja y nuestra wiphala.

Tekohá y jopói

Nos acercamos así al nudo de nuestro análisis y nuestra propuesta, que no es muy original porque traduce líneas antiguas de unidad y comunitarismo.

Decimos confederación comunitaria en Abya yala (América). Confederación habla de unidad más allá de estilos, idiomas, vestimentas; y recupera la unidad que está por debajo de cualquier diferencia, cualquier límite caprichoso impuesto por el invasor o el imperio de turno para dominarnos.

Comunitaria, por la relación entre pares y con el suelo, el tipo de relación de trabajo y de vida más extendido en los milenios en este continente (hoy desplazado por el capitalismo). Aquí nos interesa muy puntualmente la cosmovisión del tekohá (un término guaraní para definir el lugar donde se despliega el vivir bien en comunidad, en una relación estrecha de la especie humana con el monte, en el monte), y el jopói, que expresa en ese idioma la actitud de dar mutuamente, de las manos abiertas sin esperar nada a cambio, de la complementariedad como principio (principio familiarizado con la dualidad cósmica, chachawarmi en aymara), lo que nos lleva a hacer las cosas como se deben hacer, sin especulaciones, sin temores, sin recompensas (ni siquiera con la esperanza de la salvación o del cielo).

El mate, arriba

Nos interesan las experiencias de vida solidaria en los más diversos ámbitos, la gauchada por caso, como eje de nuestras raíces sin contrato.

Y decimos confederación comunitaria del mate, no como un invento sino como la observación de lo que ya es, en el fondo, y permanece ocultado y atacado por los cuatro flancos, desde un sistema que tiene los días contados porque en su propia esencia lleva la semilla de la autodestrucción: el capitalismo.

Confederación comunitaria del mate y no como nombre (que puede ser) sino como esencia. Ningún nombre, por atinado que sea, acabará de explicar la complejidad, sencillez y hondura de esta verdad.

Ahora, ¿por qué el mate? Porque estamos ante un símbolo en el centro de nuestros saberes milenarios, por encima de límites espaciales, temporales, psíquicos, sociales, humanos.

*Aporte al llamado de la Junta Abya yala por los Pueblos Libres a la presentación de estudios sobre producción sustentable de alimentos, arraigo, biodiversidad, y uso y tenencia de la tierra.