Ensayo 14:¿Un plan de colonización para la Entre Ríos del siglo 21?-Por Américo Schvartzman*

10-05-15 |

Impedir que las jóvenes generaciones abandonen la ruralidad, y atraer jóvenes de las ciudades para que lo rural se transforme en una opción de vida atractiva y seductora.

El presente texto tiene como objetivo esbozar un borrador de política pública para un plan de arraigo a la tierra entrerriana destinado a la juventud, que contribuya a superar algunas de las principales problemáticas que afectan a nuestra región: la pérdida de la diversidad productiva, el despoblamiento del agro en Entre Ríos y el proceso incesante de expulsión de las nuevas generaciones que realiza la provincia.

Todo ello –sin pretender ser la única, ni siquiera la principal, herramienta para enfrentar la complejidad de ese diagnóstico– puede ser abordado a partir de una propuesta que recupera un episodio singular de la historia social entrerriana: la llegada de los inmigrantes atraídos por el plan de “colonización agraria” implementado por Alejo Peyret en el oriente entrerriano, bajo la protección del general Justo José de Urquiza. ¿Por qué no retomar esa política pública exitosa, dinámica, favorecedora de la diversidad productiva, cultural y humana en la Entre Rios del presente, y así comenzar a conjurar los problemas descriptos?

El diagnóstico

La provincia de Entre Ríos sufre desde hace años una creciente pérdida de su diversidad productiva, un proceso pronunciado de despoblamiento del agro y una incesante dinámica expulsora de las nuevas generaciones.

A partir de la “sojización” que la Argentina registra desde hace ya casi dos décadas, agudizada durante los años del kirchnerismo, el país pasó de 12,6 millones de hectáreas implantadas de soja en 2003, a más de 20,5 millones en 2013. Casi el doble.

En Entre Ríos el proceso no fue diferente: de 810 mil hectáreas en 2002, se llegó a 1,4 millones en 2013. El vuelco de los productores a la oleaginosa fue brutal. Sectores como el trigo, el girasol y la carne producen menos que en 2003; desde el año 2008, según información oficial, desaparecen unas 1.000 empresas agropecuarias por año. Los principales productos tuvieron severas caídas respecto de 2003: 30% en la producción de trigo, 34% en girasol, casi 10% en carne, el cierre de 125 plantas frigoríficas con 15.000 obreros despedidos, la lechería alejada del crecimiento de otros países y las economías regionales que siguen sin superar sus mejores registros.

Desde el censo realizado en 1988 al que se efectuó en 2002 habían dejado de pertenecer al concepto de “productor agropecuario” 87.688 explotaciones, es decir, un 25 por ciento menos, pues de 421.221 se redujo a 333.533. El Censo realizado en 2008, cuyos resultados se conocieron más de un año después, confirmó la desaparición de otras 56.961 explotaciones agropecuarias, una baja superior al 34 por ciento: se contabilizaron 276.581 productores.

A esto puede agregarse que según los relevamientos de la organización Responde, hay más de 600 pueblos de la Argentina en riesgo de desaparecer, paradójicamente ubicados en las zonas más prósperas del agro. Sólo el crecimiento de la concentración de la producción en pocas manos puede explicar un dato semejante. En Entre Ríos, en el mismo período 1998-2008 se han perdido 9.481 explotaciones agropecuarias, todas ellas pequeñas y medianas, y junto con ellas la vida de muchos pueblos del interior. El Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas 2010 corroboró el retroceso de las regiones del interior en términos demográficos: Entre Ríos sigue siendo una de las principales provincias expulsoras, a razón de 50 personas por cada día hábil. Eso ocurre desde hace 60 años, y continúa…

Como consecuencia de este fenómeno, profundizado en la última década, Entre Rios perdió su lugar de principal productora de arroz (ahora es la segunda provincia productora de arroz del país con un área implantada de 68.400 hectáreas, detrás de Corrientes, con 101.589 hectáreas destinadas a ese cultivo).

Estudiosos como Gabriela Martinez Dougnac señalan algunas de las características más negativas del proceso de sojización de la Argentina y de Entre Ríos: creciente fragilidad de la economía al orientarse progresivamente hacia un modelo de monocultivo; desarrollo de una producción altamente dependiente de insumos importados y controlados monopólicamente por empresas transnacionales; retroceso de producciones tradicionales, con impacto negativo tanto en su aprovisionamiento para el mercado interno como en el deterioro de las condiciones agroecológicas que habían permitido el desarrollo de producciones más sustentables y orientadas en algunos casos hacia el autoconsumo; aceleración de procesos de despoblamiento de las áreas rurales como consecuencia del abandono de la chacra mixta, del menor requerimiento de mano de obra asociado a las prácticas culturales de este cultivo –sobre todo a partir de la siembra directa-, y a los procesos de empobrecimiento y crisis social derivados de los constantes aumentos de escala y concentración económica1. Todos estos factores están presentes en la configuración actual de la ruralidad entrerriana.

El plan de Urquiza y Peyret

La historia entrerriana provee un interesante ejemplo de una política pública destinada a cubrir una serie de objetivos considerados prioritarios, y que procuraremos mostrar que poseen puntos de contacto con el diagnóstico esbozado en el punto anterior. El caso que mencionamos es el plan de colonización ideado y ejecutado por el general Justo José de Urquiza y el administrador de la Colonia San José, Alejo Peyret.

A mediados del siglo XIX Entre Ríos tenía una población que no alcanzaba los 50.000 habitantes y un flujo de inmigrantes, en su mayoría europeos, que se incrementaba en forma constante. La formación de la Colonia San José hacia 1857 marcaría el inicio de una política de organización territorial orientada hacia la conformación de colonias.

Una colonia es un grupo de personas motivadas a abandonar su lugar de residencia para establecerse en otro, sea dentro o fuera de su país, y explotarlo con los medios de que disponen. Si bien en Entre Rios y en la Argentina hubo diferentes tipos de colonización (al menos tres: oficial, privada y mixta), las colonias impulsadas por Urquiza y Peyret tenían como objetivo fomentar el asentamiento de población en zonas inhabitadas y explotar las tierras, facilitando el acceso a su propiedad por parte de los colonos. Otras alternativas (por ejemplo, en las que el gobierno cedía la tierra a empresarios a bajo precio y éstos las subdividían para vender a los colonos) posibilitaron formas de acaparamiento o de concentración, como lo señala Gastón Gori en “Inmigración y colonización en la Argentina” (Eudeba). En el caso de la colonia San José, el plan colonizador de Urquiza les daba a aquellos inmigrantes que aceptaban el convite una amplia batería de beneficios. Concretamente, en la colonia cuyo organizador a cargo fue el aun no enteramente reconocido Alejo Peyret (cuyo filón de idearios valiosos sigue todavía esperando ser recuperado), la lista de beneficios era significativamente tentadora. Y se les otorgaba, incondicionalmente, con la única exigencia de que debía ser devuelto con el fruto de su trabajo a los cuatro años. Mientras tanto todo quedaba hipotecado a nombre de Urquiza, dueño de las tierras que se entregaban en colonización, en aquellos tiempos en que estaba poco claro (aun menos que ahora) qué propiedades eran del Estado y qué era del gobernante.

Cada familia firmaba un contrato, cuyo texto se presentaba en castellano y en francés, y según el cual recibiría de Urquiza “16 cuadras de terreno (unas diez hectáreas), cien pesos para comprar objetos de primera necesidad, y además semillas, cuatro bueyes de labranza, dos caballos, dos vacas lecheras con su cría, madera y leña y la manutención de la familia durante un año desde su llegada a la colonia, a razón de diez libras de carne y tres libras de fariña por día para cinco personas adultas”. Como contrapartida, se establecían cuatro años para el reembolso del capital y los intereses. Y los colonos tenían la obligación de permanecer en la tierra y trabajarla hasta cancelar la deuda y aun después, sólo se podía vender “si el potencial comprador estaba dispuesto a continuar  las tareas de agricultor en ella”2.

La forma de gestión incluyó la participación de los colonos: elegían entre si una comisión de cinco miembros, para discutir los intereses generales de la colonia y presentar sus observaciones a la administración. Y un individuo varón de más de quince años de edad, de cada familia, debía concurrir a los trabajos que decretara la administración para el interés general de la colonia.

Según los datos que se conocen, entre 1857 y 1895, la provincia de Entre Rios pasó de 79.283 habitantes a 292.019. En unas tres décadas, la población se cuadruplicó y su densidad pasó de 0,6 habitantes por kilómetro cuadrado a 2,7. Un par de testimonios de época atestiguan los resultados obtenidos:

Carta del Concejo Municipal de la Colonia San José, 4 de agosto de 1862, a sus pares de St Martin:  “[…] La verdad es que las tierras son buenas pero es necesario creer que, aquí como allá, si no se trabaja no se produce. (…) todos aquellos que quieran asegurar un porvenir a sus hijos, todos aquellos que tengan un pequeño capital y numerosa familia, todo aquellos que quieran gozar de la independencia, no pueden tomar mejor partido que venir a reunirse con nosotros. En cuanto a nosotros, si recordamos alguna vez a la patria, no nos lamentamos de haber venido a América. En verdad que la Colonia es la más bella tierra del mundo y fértil a pesar de todos aquellos que han venido a América para buscar fortuna y no la han encontrado. Los que quieren trabajar vienen ricos.”

Testimonio de Emilio Daireaux: “[…] el resultado ha sido tal, su trabajo tan productivo que, al cabo de dos años, sus tierras están en producto, sus casas edificadas y, alrededor de los pueblos que habían construido, sorpréndese el viajero al encontrar en los caminos sus carros de la forma de los del Jura, con soberbios tiros perfectamente cuidados que desfilan al trote largo. Todo este movimiento, este cultivo y este laborioso bienestar […] demuestran, por un ejemplo que estimula, lo que podrá producir y cosechar la población cuando sea más densa.”

Como lo señalan diferentes estudios, el aporte que los colonos hicieron fue vital: contribuyeron fuertemente al poblamiento de la región; a mejorar la producción y explotación del suelo, con sistemas y técnicas novedosas; a promover la diversidad cultural en el seno de la sociedad entrerriana, lo cual con una base de bienestar económico tuvo como consecuencia una mayor tolerancia entre todos los habitantes, que redundó en un ambiente de cooperación y aprendizaje mutuos, en el que no se registran conflictos vinculados con los diferentes orígenes étnicos.

Un plan de arraigo

“Ojalá el Plan Arraigo pase rápidamente del tratamiento parlamentario a convertirse en ley, para revertir el difícil presente que tenemos los jóvenes de las localidades rurales. El modelo de concentración económica y poblacional que lleva ya varias décadas no nos deja más alternativa que terminar amontonándonos en las grandes ciudades, lejos del destino que quisieron para nosotros nuestros padres y abuelos, que fueron los que colonizaron y le dieron vida al interior. Por eso es vital el tratamiento de este proyecto de ley”, explicó en julio de 2011 el secretario de Juventud de la Federación Agraria, Esteban Motta.

Se refería a un proyecto de ley presentado en la Cámara de Diputados de la Nacion a fines de 2010, vuelto a presentar en 2011 y luego en 2012. Al dia de la fecha sigue sin concluir su trámite parlamentario. Fue derivado a las comisiones de trabajo legislativo de “Economías y Desarrollo Regional”, “Familia, Mujer, Niñez y Adolescencia” y “Presupuesto y Hacienda”. La Federación Agraria Argentina fue el principal soporte organizacional de la iniciativa. Si bien la iniciativa logró dictamen en una de las comisiones (la de economías regionales), no pudo avanzar más. La lógica binaria, amigo-enemigo, instalada con fuerza desde el oficialismo y la oposición, impidió que se avance en una iniciativa en la que, en los discursos, hay amplísimo consenso.

El proyecto propone crear un Fondo anual de 500 millones de pesos destinado a financiar tanto en el medio rural como en poblaciones de hasta 100.000 habitantes, emprendimientos y proyectos relacionados con el sector agroalimentario, la biotecnología, la transformación de materias primas locales, el impulso de la informática y el turismo, la producción de maquinaria y todo aquello que apunte a la diversidad  productiva, la generación de valor agregado, la creación de empleo, la modernización tecnológica y al aumento de la sustentabilidad económica de las regiones. El financiamiento sería parcial o total, en forma de crédito o aporte no reintegrable. Las previsiones indican 2500 proyectos anuales a razón de 200 mil pesos cada uno, lo cual permitiría una movilización y potenciación de recursos sustantiva. Además, contempla la capacitación y formación técnica, tecnológica, comercial, administrativa y financiera, orientada a las distintas necesidades territoriales y realidades sociales locales; y becas de estudio para sus beneficiarios, que serían jóvenes de entre 18 y 30 años, de manera individual o asociada. La autoridad de aplicación será el Ministerio del Interior, con una Comisión Técnica Evaluadora donde se sumen los sectores agropecuarios con representación nacional (FAA, CRA,  SRA y Coninagro), industriales y de servicios, miembros del ministerio de Industria y de Agricultura. Para seleccionar los proyectos, se establecían como criterios, entre otros, la distribución equitativa de los recursos entre las distintas regiones del país; la viabilidad ambiental, económica y social de los proyectos; la creación de puestos de trabajo; la incorporación de tecnología e innovación; el impacto productivo provincial y regional; la diversificación productiva; etc3.

La propuesta tiene aspectos muy positivos, pero a la vez, no parece un plan que permita un arraigo masivo de jóvenes hacia la ruralidad; a lo sumo, puede ser un paliativo leve para incidir en amortiguar el actual despoblamiento.

El proyecto en Entre Rios

Sostengo que una política pública que se proponga contribuir a combatir los tres aspectos centrales del diagnóstico esbozado en el primer punto, debe adquirir una mayor radicalidad, a saber, proponerse de manera clara y operativa no solo el impedir que las jóvenes generaciones abandonen la ruralidad, sino además atraer jóvenes oriundos de las ciudades para que lo rural se transforme en una opción de vida atractiva y seductora.

En esa dirección, desarrollaré a continuación algunas de las líneas (inspiradas en el plan de Urquiza y Peyret) que podrían contener una política pública actual, realista pero audaz, en orden a dichas intenciones.

*El autor aclara que es un trabajo en desarrollo.


*Aporte al llamado de la Junta Abya yala por los Pueblos Libres a la presentación de estudios sobre producción sustentable de alimentos, arraigo, biodiversidad, y uso y tenencia de la tierra.