LA MIRADA DE LUIS LAFFERRIERE

02-07-15 |

La gente común, todos nosotros, estamos sometidos a un bombardeo publicitario incesante y ubicuo, que tiene el propósito de mantenernos como consumidores pasivos e irreflexivos. La finalidad es sostener el funcionamiento de la sociedad moderna, que tiene una dinámica que la acerca al abismo cada vez más rápido.

Luis Lafferriere

Cuando alguien amaga despertar, gracias justamente a que la alarma ante un posible colapso puede servir también para vender y tiene interés publicitario, es inducido de nuevo al sueño por un ejército de periodistas, opinadores y economistas. Están al servicio de los bancos -el poder dominante en la sociedad moderna- y exponen con  rigor detallista y tecnicismos incomprensibles  mentiras enormes, que solo parecen verdades dentro del micromundo asfixiante donde viven y donde han conseguido “enfrascar”  a sus oyentes. Para citar una frase conocida, dirigida a una estirpe antigua parecida a la suya “filtran el mosquito pero tragan el camello”

Los  miembros de ese ejército, que aparece sobre todo en televisión pero está en todas partes, constituyen los intelectuales de más éxito en toda la historia de la humanidad. Nadie ha tenido más público que ellos y nadie menos valor. Si la gente quisiera escuchar otra opinión, si después de todo  se abre  a su consciencia  alguna duda persistente, la sensación   de que no todo está bien, o que los hechos responden a otras causas  que  las que aparecen en pantalla,  debe consultar otras fuentes.

Pero no las encuentra fácilmente. El juego de pinzas al que el poder somete a la gente común se traduce en una opinión “correcta”, la del poder financiero y sus dependientes políticos, que nunca dan la cara como tales sino que se amparan en la objetividad científica y la seriedad profesional. Ellos ponen junto a sus puntos de vista “correctos” otras opiniones presentadas como irrisorias, irresponsables, adolescentes, “románticas”, en todo caso desechables, nunca atendibles.

Sin embargo, la fuerza de  la crisis que la civilización moderna ha venido gestando desde que se derramó sobre el mundo al inicio del  Renacimiento europeo  es tal que ya no basta la persuasión, y  cuando eso ocurre se apela a la disuasión: Gaza, Estado Islámico, Afganistán, Siria, Libia, Botnia, Haití y  tantos otros conflictos de baja o media intensidad.

Esa es la única razón por la que Luis Lafferriere, docente universitario de economía y director del programa de extensión “Por una nueva economía, humana y sustentable”, no tiene  la repercusión que merece por su calidad y sus méritos; pero ante todo porque sus análisis no se pierden en minucias para no ver el todo, como  hacen los economistas-banqueros, sino que, sin  razones para apartarse de la verdad, interpreta la realidad, muestra adonde lleva el camino y pide correcciones que están fuera del horizonte de la modernidad basada en el lucro  y la codicia.

Una mirada sin compromisos
El profesor Lafferriere (miembro de la Junta Abya yala por los Pueblos Libres) acaba de publicar un trabajo sucinto pero completo, entendible  y directo, titulado “Una mirada sobre los efectos del actual sistema productivo”, es decir, lo que la gente común no debe ver ya que si despierta del sueño consumista sería fatal para el poder financiero (ver http://www.aimdigital.com.ar/2015/06/30/una-mirada-sobre-los-efectos-del-actual-modelo-productivo/ ).

El trabajo de Lafferriere pasa revista a una situación social notoriamente anómala, en que el sistema impulsa condiciones de desequilibrio que no pueden terminar sino estrellándonos.

Y esto por muchas razones, que él deliberadamente circunscribe al ámbito económico: la degradación del  suelo, el agotamiento del petróleo, la contaminación que puede alcanzar un punto sin retorno, la sobreexplotación de los recursos naturales, la concentración de la riqueza en poquísimas manos y por contrapartida la miseria, la muerte y el hambre de millones.

La solución son medidas rápidas, porque muy pronto será tarde:   políticas públicas integrales que apoyen la transición hacia la soberanía alimentaria, basada en la agroecología y la producción de cercanía.

Lafferriere explica que la agricultura en pequeña escala  produce el 70 por ciento de los alimentos en el mundo, no   contamina y utiliza cantidades menores de hidrocarburos, además de generar alimentos sanos y mucho más trabajo.

“Para avanzar en modos de producción menos contaminantes y amigables con el ambiente, debemos abandonar el modelo vigente de producción-destrucción, que igualmente tarde o temprano terminará. Sólo que se requiere de tiempo, grandes esfuerzos y una fuerte voluntad política, que se traduzca en medidas integrales de apoyo y promoción en todos los niveles y áreas del Estado a las formas alternativas”.

Propone medidas que acoten y encarezcan las actividades destructivas; y por otro lado faciliten el desarrollo de la producción agroecológica para los mercados locales y regionales.

“Todavía estamos a tiempo, pero no tenemos mucho margen para actuar. Las demoras en tomar las necesarias decisiones de cambio harán más difícil la situación en el futuro. No es fácil cambiar nuestra forma de vida. Pero no tenemos alternativas, ya que hacer más de lo mismo nos conducirá al suicidio colectivo. Todos estamos involucrados y debemos comprometernos. De lo que hagamos hoy dependerá lo que vayamos a vivir mañana”.

El trabajo de Lafferriere enumera los efectos catastróficos que tiene el sistema vigente  de producción- destrucción, entre ellos los efectos de los agrovenenos sobre la salud humana y sobre la biodiversidad.

La enfermedad es una consecuencia
Ponemos un ejemplo entrerriano, aunque casos similares o peores se extienden por el mundo entero: Fiorella y Abigail, dos niñas de Gualeguaychú padecen de graves desórdenes hormonales, posiblemente irreversibles.

La madre confió a la prensa: en el hospital de Niños Garrahan, de Buenos Aires, los profesionales del laboratorio le expresaron la preocupación por la gran cantidad de niños de Gualeguaychú que presentan cáncer, leucemia y malformaciones. “Puedo decir que son varias las familias de nuestra ciudad que tienen a sus niños en esta triste situación”. San Salvador, en el centro de la provincia, fue puesta por médicos de organizaciones internacionales que la visitaron como ejemplo de alta prevalencia de cáncer por razones vinculadas a la forma “moderna” de cultivar y procesar el arroz.

El último de 29 puntos de un documento firmado por más de 800 científicos de diversos países insta a todos los gobiernos a rechazar los cultivos transgénicos en la base de que son peligrosos y contrarios a un uso ecológicamente sostenible de los recursos. “En su lugar, deberían apoyar la investigación y el desarrollo de métodos de agricultura sostenible que realmente pueden beneficiar a las familias de agricultores de todo el mundo”.

Sin trabajo ni destino
Lafferiere hace notar que la agricultura industrial basada en la monoproducción de transgénicos es altamente mecanizada y expulsora de mano de obra. La consecuencia es el abandono del campo por la familia rural, el hacinamiento en las ciudades, donde quizá vivan un tiempo con el producto de los campos  y máquinas que vendieron, hasta que se acabe. Pero se perderán saberes y habilidades y cuando sean necesarios, una vez que la aventura industrial termine necesariamente, ya no estarán disponibles.

Otro problema que hace notar el trabajo es la degradación del suelo. Cuando se vende una cosecha de soja al extranjero,  se paga según la cotización en el mercado de granos de Chicago. Pero el precio no incluye los nutrientes de la tierra que contiene el grano, que se pierden sobre todo en cultivos sin  rotación.

Hace  poco, Arabia Saudita estimó que tiene reservas de petróleo para un siglo. La pregunta que brota sola es ¿y después? ¿Cuál es el después de los campos de soja, por ejemplo la plantada en los que fueron bosques desmontados en el Chaco, suelos frágiles que no soportan paralelo con los de la Pampa húmeda?

Un testimonio presente de ese después es el desierto santiagueño, que se extiende en los que fueron quebrachales talados para tender a Buenos Aires las vías férreas que desangraron el interior.

Las malezas responden
Lafferiere nota también que el sistema se basa en matar las malezas con un herbicida que no afecta  a las plantas modificadas genéticamente. Pero la naturaleza se defiende, la vida es polimorfa: en los Estados Unidos hay agricultores que después de comprar la semilla  y el herbicida y cumplir las instrucciones, cosecharon amarantos monstruosos.

Mejor: no los cosecharon  porque son malezas tan duras que rompían las  herramientas. La solución de las empresas fue tratar de obtener otro herbicida mucho más peligroso, que prepara malezas mucho más resistentes. Es una guerra perdida de antemano, pero no importa lo que vendrá si lo que viene es ganancia.

Nos están envenenando con permiso
“Por  el deficiente y criminal proceso de clasificación, donde sólo se considera la dosis letal 50 pero no los efectos subletales y crónicos (si un producto no mata inmediatamente puede considerarse inocuo), y los repudiables procesos de aprobación de los agroquímicos, con una cadena de complicidades donde los miembros del organismo que decide son mayoritariamente personas vinculadas a las propias corporaciones y los estudios los realizan laboratorios de las mismas firmas, se liberan productos tóxicos bajo la apariencia de inofensivos, con las consecuencias horrorosa que eso implica”.

Una información reciente resume el problema en el Paraguay de  manera extensible a todo el tercer mundo: “En el Paraguay, hay un millón 300 mil familias sin tierra, más de un millón de desplazados forzosos en el exterior, centenares de asesinatos impunes de referentes campesinos, miles de procesados por el  aparato fiscal – policial – militar, 44 presos políticos y tres refugiados políticos en Brasil.

Como se ve, en el Paraguay los agentes del planeta sin seres humanos imponen un régimen de agricultura sin agricultores. Los “tres” poderes de la república: la embajada yanqui, el latifundio y los agronegocios con transgénicos, garantizan al capital que el pueblo no va a ser una “interferencia molesta…”.

Universalidad y globalización
La  descripción que hace el profesor Lafferriere del sistema de “producción-destrucción” se puede ampliar enfocándolo desde otro punto de vista: el que contrapone la universalidad con  la globalización, conceptos que  pudieran confundirse para una mirada inadvertida, pero que son profundamente diferentes.

La universalidad es  la compenetración entre las civilizaciones, la fertilización entre las culturas, la comparación entre las distintas ideologías, la cooperación y la complementación, el apoyo entre las naciones y los pueblos; manteniendo  la identidad cultural.

La globalización, que quiso confundirse con ella en un primer momento,  es  la dominación total sobre cada punto del mundo, la imposición de   una visión única del  mundo y la vida. Para imponerla se apela a medios económicos, como los de la agricultura industrial,  y a planes tendientes a  conseguir seguidores y cómplices, como los economistas-banqueros que mencionamos antes. Mediante la sugestión, la fascinación o el miedo todos son sometidos o anestesiados.

La ciencia financiera
No obstante, aunque la mona se vista de seda, mona se queda. El capital financiero no puede ocultar la única fuerza que lo mueve: la codicia de Shylock.  El capital financiero, siempre tan calculador, no ignora el peligro y ha hecho llegar sabias recomendaciones a los inversionistas: “invertir en oro o en semillas de maíz (trangénico) ante posibles alteraciones severas  que puedan derivar en una recesión económica por la ruptura de la cadena alimenticia”.

También hay recomendaciones, un poco alucinadas,  de aprovechar “oportunidades de negocios” invirtiendo en semillas transgénicas capaces de resistir la hecatombe climática.

Estas ideas, que no tratan de evitar la hecatombe sino de aprovecharla con intención crematística, prosperan en las grandes ciudades, donde residen los financistas y  todo se ha vuelto artificial, hasta el pensamiento.

Lo que oculta la “revolución verde”
Los neonicotinoides son los insecticidas más usados en el mundo. La nicotina es un veneno potente que usa como defensa la planta del tabaco.

Pero en la naturaleza es preciso que los pájaros y los insectos lleguen hasta la planta para sentir los efectos del veneno. Con la producción en gran escala de productos de efectos similares o más potentes, se ha multiplicado enormemente el riesgo, roto el equilibrio que la naturaleza alcanza por sí sola cuando no es perturbada por acciones humanas calculadas con el solo fin del lucro, presentadas como la cima de la racionalidad.

Un reciente informe de la American Bird Conservancy (ABC), de los Estados Unidos, advierte el peligro mundial con claridad:

“Como parte de un estudio sobre los efectos del tipo de insecticidas más utilizado en el mundo, los neonicotinoides, la American Bird Conservancy (ABC) ha hecho un llamamiento a su prohibición para para tratar semillas, así como para la suspensión de todas las solicitudes a la espera de una revisión independiente de los efectos de dichos productos en las aves, invertebrados terrestres o acuáticos y el resto de animales salvajes”.

“Está claro que estos químicos tienen potencial para afectar a toda la cadena alimentaria. La persistencia en el ambiente de los neonicotinoides, su propensión a los vertidos e infiltraciones en las aguas subterráneas, así como su modo acumulativo y en gran medida irreversible de actuar en los invertebrados, plantea problemas ambientales significativos”.

Un informe de 100 páginas encargado por la ABC al toxicólogo  ambiental  Pierre Mineau,  revisa 200 estudios sobre los neonicotinoides.

El informe evalúa el riesgo toxicológico para las aves y los sistemas acuáticos e incluye comparaciones extensas con otros pesticidas anteriores que han sido sustituidos por los neonicotinoides. La evaluación concluye que los neonicotinoides son letales para las aves y para los sistemas acuáticos de los que dependen.

El resultado es que un solo grano de  maíz recubierto de neonicotinoides puede matar un pájaro. Un grano de trigo o colza tratado con el más antiguo de los neonicotinoides –llamado imidacloprid– puede envenenar fatalmente a un ave.

“Tan sólo una décima parte de una semilla de maíz recubierta de neonicotinoides al día durante la época de incubación puede afectar a la reproducción”.

Este informe permitió a apicultores y ambientalistas demandar al régimen de Obama, que no escucha más opiniones que las de Monsanto. El régimen, que afronta ahora serias denuncias de espionaje, ha colocado a agentes de las multinacionales de la biotecnología en los organismos de control.

Casi de la misma manera, la financiera Goldman Sachs  puso hombres suyos en los gobiernos de Grecia e Italia para cobrarles una deuda que nadie verificó; pero que Goldman ayudó a crear.

La raíz del problema está en el sistema agrícola mundial fundado en “monstruos”, que son las semillas genéticamente modificadas. Monsanto, mediante leyes similares a las que se están por aprobar en Chile y en la Argentina, pretende obligar a  los agricultores a comprar sus semillas, y  encarcelarlos sólo por conservar para la siembra  semillas de la cosecha anterior, como se viene haciendo desde el Neolítico.

La situación es grave por donde se la mire: se trata de instaurar una nueva esclavitud, esta vez de empresas todopoderosas que cuentan con un respaldo  de los gobiernos que hasta hace poco hubiera parecido imposible.

Monsanto no  puede ser llevada a los tribunales, dispone en algunos países  de una policía de semillas que le permite allanar los graneros para descubrir el “crimen” de conservar semillas y no comprárselas a ellos y ha conseguido que el gobierno de los Estados Unidos ponga sus gerentes en las instituciones de control, para garantizar ya sea el informe favorable o la impunidad.

Ante la evidencia de los problemas que había suscitado, Monsanto obtuvo del poder político un acta que le garantiza que los estadounidenses no podrán  recurrir contra ella cuando caigan enfermos y muchos mueran  como consecuencia del mayor desastre agrícola de la humanidad, que anuncia en silencio otro, provocado por la muerte de las abejas.

En la Argentina, la angurria inagotable de los sojeros, sumada a su ceguera a corto plazo, ha obtenido que puedan sembrar la oleaginosa incluso en las banquinas de las rutas, que antes debían permanecer despejadas.

Además, riegan con pesticidas las casas y las escuelas rurales, sin cumplir ninguna norma, antes bien burlándose de ellas como quienes conocen su impunidad, amparados por la vista gorda de las instituciones públicas que debieran controlarlos.

La siembra en las banquinas, que enorgullecía a las autoridades viales que pensaban favorecer la producción, dejó a las abejas sin una franja de plantas y flores naturales y las arrinconó en los montes, que están siendo arrasados para sembrar soja de modo de completar el cerco. Todo a favor de la usura, que es muerte rápida, y nada para las abejas, que son vida.

El sistema asesino mundial
En su obra “El Islam antes del Islam”, el español Abdennur Prado hace algunas consideraciones que no queremos ahorrar: “El  actual sistema económico mundial representa una aberración en la historia, causante directa de la ruina de continentes enteros. Millones de personas han muerto en los últimos dos siglos a causa de las actuales condiciones económicas y la supremacía del préstamo con interés, que no es sino el mecanismo mediante el cual la destrucción se da a sí misma una apariencia civilizadora. Esto es una paradoja: una destrucción que viste y uniforma, que se da como búsqueda de la seguridad y que juega con el miedo del hombre ante lo precario de su naturaleza.

Queremos invitar al ejercicio de las facultades mentales más que a una toma de posición dogmática, cerril e inoperante. Una vez establecida la naturaleza de la usura, y lo que nos dicen algunas tradiciones sobre ella, será necesario reconocer su presencia a lo largo de la historia, a pesar de las ilustres prohibiciones. ¿Hasta qué punto el préstamo no es una necesidad social? ¿No es ingenuo pensar que alguien vaya a prestar nada desinteresadamente? ¿No relega eso la economía a las relaciones familiares o comunitaristas, imposibilitando el desarrollo de múltiples iniciativas? ¿No pertenece la prohibición de la usura a un mundo tribal periclitado? ¿Qué soluciones han propuesto los juristas musulmanes del periodo clásico y hasta qué punto pueden funcionar hoy en día? ¿Es la llamada “banca islámica” respetuosa con la prohibición coránica de la usura? Una serie de preguntas que debemos formular si no queremos que nuestro discurso se limite a las consabidas maldiciones sin futuro”.

Políticos títeres de empresas nacionales
Germán Parula, de la Asociación Pachamama del Uruguay, hace una caracterización de Monsanto como  empresa no tanto transnacional como “anacional”  Para él son empresas que  sobrevuelan por encima de los estados y tienen más poder que ellos. “Nosotros estamos convencidos de que los gobernantes de nuestra región son tan títeres de monstruos como Monsanto como el mismo (presidente estadounidense Barack) Obama. Ellos son los que marcan las políticas de los gobiernos en todo el mundo, no solo en países tercermundistas como los nuestros”.

Parula afirma que las semillas transgénicas  poco tienen que ver con la alimentación de nuestra gente.   La soja que se planta en Uruguay y en la Argentina o en el Paraguay tiene mayoritariamente como destino  el ganado en el norte del planeta, cerdos en  China, ganado vacuno en Europa, y la fabricación de agrocombustible. “Lo que hace la soja transgénica es tolerar los más potentes venenos, los más potentes pesticidas, herbicidas. Entonces plantan esta ‘supersemilla’ y después le arrojan cantidades inverosímiles de veneno, matando todo lo que alrededor de ella se encuentra: los polinizadores, la flora y la fauna en general, todas las especies autóctonas, y sobre todo con un efecto visible en las poblaciones periféricas, las que son marginales a los cultivos de soja. Hay muchísimos casos de niños afectados por fumigaciones, niños que concurren a escuelas rurales. Estamos hablando de decenas de escuelas rurales, no son casos aislados. O familias que viven en barrios periféricos de las ciudades linderos con las plantaciones de soja. Nosotros insistimos que el problema mayor son los agrotóxicos. Está probado. La Organización Mundial de la Salud estuvo de acuerdo y sacó un comunicado formalmente ahora sobre investigaciones, que algunos científicos no comprometidos con la industria ya habían elevado, sobre el efecto cancerígeno por ejemplo del glifosato, que es el principal herbicida que se utiliza en los cultivos de soja”.

“Otra  discusión es cómo las transformaciones genéticas que se hacen de la semilla también llegan a los alimentos. Por ejemplo, la polenta que se consume en el Uruguay cien por ciento transgénica. Se fabrica toda con maíz modificado genéticamente. Pero además hay un punto que es muy relevante, y es el hecho de la desertificación que se provoca porque estos venenos  matan la tierra, y  para seguir plantando, es necesario recurrir a miles de toneladas de fertilizantes, y los componentes de los fertilizantes son los que a la larga provocan las famosas algas que hoy tiñen de verde la mayor parte de nuestros cursos de agua”.
De la Redacción de AIM