Populismo (el nombre es lo de menos)

16-07-15 |

La crisis de Grecia y el kirchnerismo argentino en tiempos electorales han puesto entre nosotros de nuevo en la vidriera, de la que no salió nunca del todo, al “populismo” como novedad política relativamente reciente al menos con ese nombre, a veces propuesta como superación de la democracia, otras como su negación o deterioro.

No se debe honrar a un hombre más que a la verdad. Platón

El populismo aparece como una formación elusiva, resbaladiza, ambigua, confusa, que no se deja explicar en conceptos claros y que es capaz de volver con otra forma cuando creíamos tenerlo atrapado, así como un pulpo es capaz de escurrir su gran cuerpo por un agujero pequeño y rehacerse del otro  lado.

En estas condiciones mejor sería desentenderse de los aspectos tácticos de los gobiernos caracterizados como populistas y aplicarse a su estrategia: ante nada determinar  si la tienen  y en ese caso, en qué consiste.

Un  problema de arranque es  la ambigüedad del término, que el diccionario de la Academia no recoge sino como sinónimo de “popular”,  lo que no ayuda mucho.

En la Argentina no hay partido populista; el que ha sido considerado así por sus adversarios es el peronismo, cuya muerte ha sido decretada muchas veces desde la secta o la academia, desde el virtuosismo democrático o la radicalidad izquierdista o derechista, pero el muerto se niega a ser enterrado.

Ya en el  concepto de “pueblo”, del que deriva “populismo” arraiga cierta ambigüedad. En  las sociedades “primitivas” no se conocía pueblo porque no había nada que oponerle para afirmar un sentido: en cierto modo, todos eran “pueblo”. Hoy todo el mundo -al menos en política- ama  o dice amar al pueblo y cada uno pretende saber perfectamente qué es  y atribuye ignorancia e insensibilidad a los demás, que a veces identifica con el “antipueblo”. Pero parece invencible la mirada “desde afuera”, como si cada favorecedor perteneciera a algún estamento ajeno al pueblo.

En cierto modo, se trata de la prolongación de la actitud romántica del siglo XIX, que puso en la palabra “pueblo” contenidos por lo general ilusorios o fantasiosos. Por ejemplo, supuso en él una capacidad creadora inagotable, dando en  una forma de fe en que los racionalistas no ven misticismo.  Una consecuencia lejana de esta fe, que los creyentes se avergonzarían de confesar en otras circunstancias, es  la idea indemostrable de que el pueblo nunca se equivoca.

Vox populi
La expresión vox populi, vox Dei (“la voz del pueblo es la voz de Dios”) viene de lejos, del Imperio Romano,  y es   reveladora de esta creencia.

Alude a que  la opinión de la gente ordinaria revela la voluntad de Dios y por lo tanto debe respetarse religiosamente. O también, ya con cierto tacto político, que las creencias vulgares tienen una fuerza irresistible aunque sean desacertadas a la luz de la razón,  y sería imprudente oponerse a ellas. Y también  sugiere  que  las decisiones tomadas por consenso, tan valiosas para los demócratas, tienen un valor equiparable a las del mismo dios.

No obstante mentar a dios y su voz, la expresión no tiene  fundamentos bíblicos, para citar sólo  la tradición escrita de Occidente.  Isaías opone claramente la “voz de estruendo” que proviene del mercado, a la voz del Señor que viene del templo, sin posibilidad de dudar entre ambas.

Cuando Carlomagno vio necesaria una reforma educativa trajo a Aquisgrán al monje de más amplia erudición del momento: el inglés Alcuino de York. Alcuino reflotó la frase vox populi, vox dei  en una carta al emperador, pero para extraer consecuencias muy diferentes de las actuales: “No debería escucharse a los que acostumbran a decir que la voz del pueblo es la voz de Dios, pues el desenfreno del vulgo está siempre cercano a la locura”.

Sin dudas, Alcuino no era ni podía ser  demócrata ni populista,  pero a él se debe que se haya retomado aquella sentencia, que tuvo parte en la independencia americana:

Los teólogos en la independencia americana
Cuando Fernando VII cayó prisionero de Napoleón, en las ciudades españolas que quedaron momentáneamente libres del dominio francés  se constituyeron Juntas, que de acuerdo con las doctrinas teológicas del momento, en particular la de “la reversión” del jesuita neotomista español Francisco Suárez, debían ejercer la soberanía en nombre del pueblo, al que había revertido por la situación del monarca, porque toda soberanía provenía de dios. Era una doctrina útil para oponer algo al absolutismo de los reyes.

Otra vez dios y el pueblo vinculados estrechamente, como antaño. Se crearon juntas en Valencia, Toledo, Cádiz y otras ciudades españolas, y también en Buenos Aires, por ejemplo. Esta habría  sido toda la actitud “revolucionaria” de Mayo, que vino a derivar en la independencia seis años más tarde por el curso de los hechos, en que el interés británico tuvo buena parte.

Actualmente, el respeto casi supersticioso que merecen los resultados electorales y el voto como fuente suprema de legitimidad es otra consecuencia del valor asignado a la voluntad popular, infalible e indiscutible según personas que en otros ámbitos son capaces de dudar de todo y  discutir todo.

De aquellos polvos vienen estos lodos
La democracia primero  y el populismo después son tributarios de la misma fuente de ideas, como también el socialismo y el fascismo, que no obstante se han apartado tanto del manantial que  ya no reconocen  parentesco.

Sin embargo, en  la voz audible del pueblo, el folklore, se  vuelven a encontrar viniendo de campos muy distantes. Así aconteció con la fuerte propaganda al folklore que hicieron tanto los nazis como Stalin con fines políticos.

Las sociedades donde la idea de pueblo no circula como en la nuestra  tienen de los fundamentos del folklore una idea muy diferente.

Los antagonistas del populismo
Populismo y populista son palabras que han penetrado en el uso político como peyorativas. No es difícil conjeturar que el origen de esta valoración, que es parte de una guerra semántica, es producto de algunos adversarios  del populismo, en particular los neoliberales, que no ven o fingen no ver que el populismo es capaz de prestarles buenos servicios, como pantalla “popular” de políticas que responden a la nueva oligarquía  financiera mundial.

Así, los adversarios del chavismo, además de identificarlo con una dictadura fascista, que es la idea que tienen más a la mano pero implica cierta pereza para analizar la realidad, acusaron a Chávez y ahora a Maduro de hacer buenos negocios con los Estados Unidos mientras los denostaban en sus discursos, dirigidos justamente al “pueblo”. De la misma manera, los gobiernos americanos considerados populares, populistas, izquierdistas, nacionales o antiimperialistas, han abierto las puertas a empresas extranjeras destructivas, como el Uruguay, o admitido a otras de pésima fama,  también destructivas a nivel planetario como Monsanto o Chevron en la Argentina, tratando de esconder las contradicciones, si no bajo el “estruendo del mercado”, sí bajo el estruendo de la propaganda.

Definiciones
En un trabajo reciente, el periodista y  profesor de filosofía uruguayense  Américo Schvartzman resume las características fundamentales del populismo: Schvartzman cita una famosa anécdota de Perón. Le preguntaron acerca de los porcentajes en que se dividía el electorado argentino: “Un 35 por ciento son radicales, un 20 por ciento conservadores un 25 por ciento socialistas, un 10 por ciento comunistas y otro 10 por ciento demócratas progresistas”. Pero general ¿y los peronistas?, pregunta asombrado el periodista. “Ah no, peronistas son todos”.

Que todos podamos ser peronistas es una constatación más bien triste, que tuvo su peor expresión en Ezeiza cuando Perón volvió al país tras 18 años de exilio, con decenas de muertos y heridos, donde Osinde y los Montoneros eran igualmente “peronistas”, tanto como López Rega y el cura Mujica.

Pero muestra lo que es en los hechos un “significante vacío”, según la expresión que Ernesto Laclau tomó de Lacan un “significante sin significado”: hasta que comience a recibir cualquiera –una tarea que veremos es interminable- y todos se acomoden dentro de ese recipiente apto para cualquier contenido que se convierte pronto en bolsa de gatos políticos, con peligro de que se llene de sangre.

Desde Madrid, Perón pudo arbitrar sobre los  peronistas, pero ya en la Argentina, el “significante vacío” debió tomar algún contenido, Perón  eligió contra los “imberbes” y corrió sangre.

Las cualidades que de todos modos  pueden ayudar a perfilar el populismo, en la medida de lo posible,  que Schvartman sintetiza de varios autores, son:

Liderazgo. La existencia de un liderazgo carismático, en supuesta comunicación directa con una entidad denominada “pueblo”, de límites y componentes sociales diferentes para distintos casos. Al líder lo acosan poderes (concretos o difusos) y ese acoso es contra la nación toda, pues lo “nacional” se subsume en el líder.

Soluciones a corto plazo. El líder promete la resolución inmediata de las reivindicaciones de los sectores que sufren carencias, materiales o sociales, y que sería posible sin estrategias de largo plazo.

Análisis de baja complejidad. Se impone un modo de análisis que reduce la realidad a dos polos opuestos (amigo-enemigo, bueno-malo, pueblo-antipueblo). Toda voz disonante no es otro modo de ver las cosas, sino conspiración. La adhesión al líder define la identidad: quien se opone es antipatria, aun si pertenece a los sectores populares.

Las formas no importan. Las “formas” republicanas pueden ser obstáculos para la acción del líder en beneficio del pueblo. El líder no necesita “demostrar” honestidad. Todo le está permitido. Esa ambigua relación, además, prohija fenómenos de corrupción económica asociados a estos procesos.

El líder elige al pueblo. Y no al revés. Quién es “pueblo” se determina a partir de definir el enemigo contra el cual se lucha, que puede variar: empresas (nacionales o extranjeras), categorías creadas al efecto (“piqueteros de la abundancia”, “la Corpo”), un sector hasta ayer aliado (un grupo mediático, los jueces, la dirigencia gremial, los bancos), incluso uno que integraba la categoría “pueblo” (inmigrantes extranjeros o determinados piqueteros).

No rendición de cuentas. La distinción entre los intereses públicos y privados de quienes ocupan cargos públicos es parte de las “formalidades” irrelevantes. Además, como las instituciones que deben controlar son trabas a la “misión del líder”, parte importante de su misión es precisamente anularlas u obstaculizarlas.

Schvartman agrega luego: “parece claro que el pseudoprogresismo gobernante entra en la categoría como por un tubo. Pero muchos de los que se proponen como alternativa (Macri, Massa o Scioli, pasando por numerosos mandatarios provinciales ya sea de la UCR o del peronismo “disidente”), exhiben algunos o todos estos rasgos en sus gestiones”.

El ciclo económico populista
“Los gobernantes ven cumplidos sus pronósticos: suba de la producción, salario real y empleo; aparecen cuellos de botella en la economía debido a la fuerte expansión de la demanda, la inflación aumenta de manera significativa y el déficit presupuestario empeora debido a los subsidios generalizados. La aceleración de la inflación y las malas políticas conducen a la fuga de capitales, el déficit presupuestario se deteriora, el gobierno intenta estabilizar reduciendo los subsidios y la política se torna inestable. Por fin, la estabilización ortodoxa llega con un nuevo gobierno que aplica las recomendaciones del FMI y el salario real baja hasta un nivel inferior al que prevalecía cuando se inició el ciclo”.

Los economistas   Rudiger Dornbusch y Sebastián Edwards, autores de este esquema, no son argentinos (uno es alemán, el otro chileno nacionalizado estadounidense) ni están interesados en  estabilizar ni desestabilizar la política nacional. Infirieron el ciclo de la observación de muchos casos concretos, anteriores al argentino actual.  Cualquier coincidencia con la evolución de nuestro “modelo”  es mera casualidad. El “nuevo gobierno” llegará en pocos meses y no tiene mucho que elegir.

 

Como el universo: comienzo y fin en el vacío
Ernesto Laclau, en “La Razón Populista”, libro donde lanzó la palabra rejuvenecida y provista de desarrollos nuevos, dice que es un “significante vacío”, idea que tomó del psicoanalista francés Jacques Lacan pero que proviene de Ferdinand de Saussure. Y para despejar dudas, al menos en este punto, puntualiza que un significante vacío es aquel que no tiene significado.

Significante y significado juntos constituyen el signo. Hay muchas palabras que por lo  menos se acercan a la condición de “significantes vacíos”, entre ellas algunas de mucho prestigio político: democracia, libertad, igualdad.

Cuando escuchamos “populismo” estamos frente a un significante a la espera del significado que no tiene. Y como existe el horror al vacío, cada uno casi instantáneamente le pone  o supone un significado. Armado así, cada cual se lanza a la lucha, en el caso de la política, apoyado en otros que quizá han puesto en el significante similar significado, y enfrentando a los que han supuesto otra cosa.

Es el ambiente moderno casi perfecto: una  Babel donde todos hablan y nadie se entiende, donde la palabra no solo está desvalorizada sino que sirve ante todo para engañar,  y donde cada uno exige respeto para su opinión, que suele confundir con la verdad,  ya que todo se confunde. Como decían las abuelas,  aquí “el diablo metió la cola”. Es lo que se podía esperar de un mundo que ha perdido sus referencias anteriores, y donde cada uno puede construir su realidad a gusto.

Sin entrar en honduras teológicas, en otros tiempos se atribuía al diablo la intención deliberada de confundir, el trabajo  exitoso que hizo con Eva, según Goethe por una apuesta con dios.  Esa era la misión específica del “adversario”, y si nos atenemos a lo que  vemos podemos decir que aquél propósito está logrado. Hoy, para el populismo, se trata de construir poder enfrentando al adversario, al antagonista, convenientemente demonizado.

El relato es el mapa
Para Laclau, en la sociedad  todo es discursivo, de la naturaleza del discurso o del “relato”. Esta afirmación recuerda el mapa que aparece en   un cuento breve  de Borges, del tamaño del imperio y superpuesto exactamente a él punto por punto. (“Museo, del rigor en la ciencia”, en el libro de poemas “El hacedor”) Ese mapa se deshizo y en el   terreno solo quedaron algunos restos  que lo recuerdan vagamente.

La destrucción de ese mapa realista es una figuración del triunfo progresivo del nominalismo, matriz de la modernidad, del que podemos considerar al populismo el último capítulo hasta ahora. Pero solo hasta ahora, porque para llegar al final de la disolución faltan pasos todavía.

Borges, que nos cuenta  del mapa y su destrucción, dice en otra parte que hoy todos son nominalistas. Los antiguos establecían  una relación inmediata y necesaria entre el logos  y el mundo, en la que nada era arbitrario. Desde allí hemos llegado a la definición de Saussure de la lengua como un sistema de signos arbitrario, después de renunciar a definir el lenguaje. De la necesidad intrínseca llegamos a la arbitrariedad y por el camino de la arbitrariedad al significante vacío, al populismo teórico de Laclau.

En el caso del mapa, es como si una vez tendido sobre el terreno hubiera declarado que no era el mundo sino él la única y verdadera realidad y que todo acontecimiento le era interior y ajeno al mundo. Un mapa independizado del terreno es un mapa inútil y sin sustento, al que rápidamente ganará la arbitrariedad y la destrucción.

 

La hegemonía
Pero se trata de hegemonía, de una práctica que anule las prácticas antagonistas hasta convertirse en la única articulación posible de las relaciones sociales.

Cuando se construye  hegemonía, se tiende a un relato unificado hasta donde es posible, que domine toda la sociedad, que no obstante sigue conteniendo fuerzas antagónicas que deben ser rechazadas.

Estas fuerzas son necesarias para construir hegemonía porque permiten identificarlas como el adversario, el responsable de todo mal, que no puede ser desalojado nunca del todo del universo del “relato”.

Las estructuras hegemónicas se construyen dentro del relato gracias a los significantes vacíos, que justamente por carecer de significado permiten la construcción política que se propone el populismo. Llenar el vacío de los significantes es la misión propia de la política, según Laclau.

El sistema hegemónico, de manera que recuerda cualquier totalitarismo, debe expandirse indefinidamente. Pero siempre habrá un límite para la expansión, constituido justamente por la presencia del antagonista, que subsiste en los bordes por lejos que se lleven. El antagonista debe ser  expulsado fuera del sistema, tarea necesaria pero interminable.

La hegemonía de Laclau excluye toda diferencia interior (es hegemónica) y niega todo lo que subsiste como exterior, que sin embargo es necesario para que siga existiendo. Se ve otra condición imposible: el pueblo en que se apoya no puede ser concreto, porque lo concreto implica diferencias resistentes y acá se trata de anularlas. Por eso, ese pueblo deberá mantenerse abstracto. Solo así es  un significante  “vacío” de significado.

Todo termina entonces, como empieza,  en una idea vacía, ya que no será posible poner contenido en un significante vacío, como no sea contradictoriamente terminando una tarea sin fin. Esa idea no tiene relación con las ideas platónicas, que son arquetipos  y constituyen la realidad en su sentido pleno.

 

Lo que se hereda no se roba
Como fue el socialismo inicial de Sismondi o el protofascismo de Sorel o Maurras, el populismo desciende de las contradicciones internas a la democracia capitalista, llegado el punto en que entre democracia y liberalismo aparecen diferencias inconciliables.

Ambos son hijos del individualismo que viene del Renacimiento. Pero el liberalismo pretendía limitar al Estado ante todo  al papel de garante de la libre competencia. La democracia, en cambio, quiso ampliarlo de manera que asegure derechos y garantías iguales para todos y la satisfacción de las necesidades. Está dispuesta a sacrificar la libertad, de la que el liberalismo tuvo una idea solo negativa, a cambio de  seguridad, tranquilidad y bienestar.

Por este camino, vino a desembocar en lo contrario del  liberalismo, porque el Estado democrático debía anular la libre competencia si quería cumplir los fines democráticos. La instauración del neoliberalismo en un mundo donde la libre competencia quedó atrás hace mucho quebró el problema sin resolverlo: consolidó  el punto de vista antidemocrático, respetando solo de palabra una libertad ficticia.

El liberalismo, según Antonio Machado, tiene la pretensión usuraria de identificarse con la libertad. La palabra “usuraria” viene bien porque ha terminado identificándose con la usura, sobre todo desde que es “neo”, palabra que en la jerga médica significa “cáncer”.

Y ha establecido sobre el mundo una dictadura blanda y  fría, que parece sin salida y amenaza acabar con todo y primero que todo con la democracia.

Un mundo que ha perdido su sentido anterior, que parecía firme, nada parece tener ya significado seguro, es  una mina por explotar, y los explotadores son capaces de fingirse llenos de sentidos tan vacíos como el vacío que pretendían llenar.

Sobre el telón de fondo del “vacío” es posible dibujar cualquier  espectro, a los que es menester castigar creando contra ellos una unidad que  no  les reconozca nada. “A los enemigos, ni justicia”,  fue una síntesis de cómo remover  obstáculos y tratar a los antagonistas.

Para Laclau las demandas colectivas derivan en una identidad que se sostiene frente a  un adversario y contra él construye hegemonía en una tarea interminable. La confusión  reaparece porque el adversario puede ser una oligarquía o un grupo étnico o racial. En un caso, habrá populismo de izquierda, en el otro de derecha.

Como Laclau identifica el adversario en Nuestra América en las oligarquías nativas, gerentes de todos imperios que se han turnado por acá, resulta que su populismo es de izquierda. Pero si el adversario fuera  un grupo extranjero,  como fueron los peruanos  y colombianos para Berni, tendríamos populismo de derecha al que Laclau prestaría la misma base teórica.

Siempre debe haber, según Laclau, un gobernante carismático, un líder que satisfaga las demandas colectivas y que no esté estorbado por instituciones. Es un ataque directo a las formas democráticas tradicionales, que no necesita ni quiere intermediarios entre el líder y las masas. No son las instituciones la que articulan sino el adversario, el antagonista, según la idea que Laclau y Chandal Mouffle tomaron del teórico católico del nacionalsocialismo, Carl Schmidt.

El pueblo de Laclau
Para Laclau el concepto de pueblo es claro  y no ofrece dudas. Y por cierto, tampoco puede el pueblo equivocarse. Como presupuesto necesario de un modo de pensar dirigido a convertirse en un modo de gobernar, el único modo de gobernar, es demasiado. El pueblo es un concepto colectivo, es decir, por naturaleza contiene solo lo individual y no puede superarlo, ya que en el fondo resulta de una suma indefinida de individualidades que comienza a mistificarse cuando se le acuerda una personalidad colectiva.

En otras palabras, el pueblo es una idea vacía y una supervivencia del romanticismo, está lejos de ser un  concepto universal, del que sí podrían deducirse consecuencias particulares.

De la infalibilidad del pueblo deriva la infalibilidad del líder, que no debe tener ningún obstáculo válido hacia la construcción de hegemonía  Porque al final, pueblo y gobierno son lo mismo y la voz del pueblo, que otrora fue la voz de dios,  termina siendo la voz del gobierno, una sola voz, como si el pueblo tuviera un solo pensamiento y no pudiera tener más que un representante que resumiera en sí todos sus anhelos y no mereciera ninguna duda ni ningún reproche.

De la ambigüedad esencial, que encubre entre otras cosas una distancia que puede ser abismal entre lo que se dice y lo que se hace, entre lo que se revela  y lo que se esconde, entre lo que se sabe y lo que se ignora, el populismo pasa a certezas absolutas, que son el objeto del “relato” y con frecuencia suelen ser la cobertura de vacilaciones y traiciones, que parecen justificables mientras dura la identidad forzada de pueblo y líder.

 

Idólatras y giles
Como es  un sustituto idolátrico de la identidad suprema de que hablan las doctrinas tradicionales, que son unitendentes pero no hacia fetiches económicos, políticos ni sociales, esa identidad “construida” se desarma y  queda una frustración de la que nadie se hará cargo. Finalmente, cada uno, no ya como miembro de una colectividad destruida sino como individuo que creyó en un relato ahora despedazado, podrá repetir con el tango que   se llama “Chorra”: “lo que más bronca me da es haber sido tan gil”.
De la Redacción de AIM