La era de los acuerdos económicos globales

10-05-16 |

Los riesgos de la probable adhesión argentina a un acuerdo que pondría a competir a una economía emergente y a productores locales con empresas amparadas en el PBI más grande del planeta. El camino a la consagración de un nuevo soberano.

Conquistar territorios mediante las armas está pasando de moda. Supone un gran esfuerzo económico, logístico y conlleva un alto costo político a las potencias el hecho de ocupar militarmente un país y someterlo a la fuerza a sus intereses. No en vano, de un tiempo hacia aquí las nuevas formas de imperialismo han tomado las vías financieras y comerciales, que no sólo gozan de mejor reputación, sino que son mucho más rentables para sus impulsores.

Los tratados y áreas de librecomercio proliferan como hongos en la humedad en el mundo globalizado del siglo XXI. En general, suponen rebajas o eliminación de aranceles cobrados para la exportación e importación de bienes y servicios de un país a otro y garantizan una libre circulación de capitales –aunque no necesariamente de los seres humanos- a través de fronteras nacionales. No obstante esto, hace ya un par de décadas el capital mundial ha decidido que no puede conformarse con estas pequeñas facilidades y, en función de expandir sus negocios –y consecuentemente, sus beneficios- es necesario plantear esquemas de “integración de mercados” superadores.

El acuerdo firmado en febrero de este año, conocido como TPP o Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica -al que adhieren hasta el momento doce países de tres continentes, liderados por EEUU y en el que también se encuentran Chile, Perú y México-, su hermano TTIP o Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión -que se negocia actualmente y propone un mercado único entre EEUU y los 28 países de la Unión Europea- y el oscuro TiSA, Acuerdo de Comercio en Servicios -que busca (des)regular la oferta de servicios en más de medio centenar de estados nacionales a lo largo del planeta-, conforman una trinidad de nuevos grandes tratados liderados por Estados Unidos que dejan muy atrás a la simple liberación de obligaciones aduaneras. La idea, que más allá de los rechazos que genera en diferentes sectores sociales avanza a paso firme, es derribar definitivamente las “trabas” al comercio mundial irrestricto, sean estas de tipo fiduciario o legal, y construir mercados de una extensión inédita (entre el TPP y TTIP se crean áreas de comercio de dos mil millones de personas) en los que las actividades económicas no sean ya reguladas por los Estados nacionales, las sociedades y su legalidad, sino que cuyas normas –o falta de ellas- se decidan en mesas supranacionales de banqueros y comerciantes.

¿De qué mercados hablamos? De todos: producción agrícola, ganadera, minera, industrial, servicios de salud, educación, transporte, infraestructura, energía, telecomunicaciones, finanzas, químicos, farmacéutica metalúrgica, ingeniería, cosmética, servicios audiovisuales, etc, etc, etc. Como si fuera poco, los tratados ponen a las multinacionales en un estatus legal superior, al crear un sistema de solución de controversias que tiene centro en tribunales privados, ad-hoc, que no se rigen por leyes de ningún estado parte y en el que sólo las empresas pueden demandar (no así los estados ni los ciudadanos). Estos tribunales están hechos a la medida de los intereses capitalistas y sus decisiones son inapelables. Una empresa que invierta en uno de los estados firmantes tendrá la posibilidad de demandar a un Estado si éste aprueba una ley que otorgue, por ejemplo, beneficios laborales a los trabajadores que redunden en incremento de los costos para los capitalistas y, por tanto, obstaculicen sus inversiones. De lo que hablamos en definitiva es de la consagración de un nuevo soberano, único e irresistible: el mercado.

Pero claro, la clave de las negociaciones de estos acuerdos está en su escasa divulgación: nadie en su sano juicio esperaría que semejante atropello a los derechos políticos, sociales y económicos de las poblaciones sea convalidado de manera democrática. Lo poco que se sabe de los acuerdos es lo que se obtuvo mediante filtraciones (el TiSA, por ejemplo, se conoció en 2014 gracias a WikiLeaks) o por discretos datos que los voceros políticos de los mismos han decidido hacer públicos. El ciudadano de a pie es ajeno a estas intrincadas siglas sajonas y hasta los propios políticos de los países que firmaron o firmarán los acuerdos no tienen demasiada información. El aliado más fuerte de la inmoralidad, como siempre, es la oscuridad.

En nuestro país, el flamante Secretario de Comercio, Miguel Braun, suelto de prendas, salió rápidamente a decir que el país piensa adherir al TPP, porque aunque no tenemos costa en el Océano Pacífico, tenemos ganas de rozarnos con Estados Unidos y el mundo desarrollado. Valdría preguntarse a quién busca beneficiar el Secretario con la adhesión a un acuerdo que pondría a competir a una economía emergente y a productores locales con empresas amparadas en el PBI más grande del planeta. Mientras tanto, en el norte, Barack Obama, que ya no puede alargar su era presidencial, se dispone a pagar a los capitalistas los favores recibidos durante todos estos años y, con una energía admirable, promociona las bondades del librecomercio a los cuatro vientos. De paso, con un poco de suerte, se contendrá el avance en mercados mundiales de las empresas rusas y chinas que tanto recelo causan en Washington.

Por Philipp EdlingANALISIS DIGITAL-