Y Europa tiró la cadena

09-05-16 |

Cuando el capitalismo presiona sobre riquezas naturales y poblaciones, los pueblos antiguos abren todo un panorama distinto pero ¿cómo recuperar modos de conocer que fueron malinterpretados, desechados, menospreciados?

Rescatar del pozo negro los saberes milenarios del país.

Una mirada de cuenca, amplia en el espacio y en el tiempo, permite ver caminos que el localismo tapa, cuando el sistema parece enredarnos en el apuro, el consumismo, el egoísmo.

El localismo es mal consejero. Paraná no se explica sola, ni Gualeguay.

Sus artes, sus oficios, sus economías, sus pensamientos, modos, montes, ríos, son compartidos con una región.

Entre Ríos no se explica sola. Sus límites engañan. Interactúa con sus pares en los temas del federalismo, la deuda externa, la independencia, la música, el paisaje. El chamamé en Federal, La Paz, Chajarí o Villaguay teje con tonos propios una red musical amplia que abarca todo el litoral y más allá, con Brasil, Uruguay, Paraguay, y hay fibras que vienen y van con Europa, con África, en fin.

Identidad

Las familias del Paraguay, Uruguay, Brasil o el altiplano presentes desde hace siglos en nuestro territorio le fueron dando una fisonomía junto a los pueblos de mayor estadía en el suelo y otros viajeros, un modo de relacionarse en el paisaje, un modo de conocer. La toponimia es un síntoma de la compleja e intensa vida aquí por milenios. Esa es la masa del panzaverde, la masa del tagüé, la entrerrianía con sus poemas, sus luchas, su temple. Tiene distintas vertientes humanas, como distintas vertientes hay en los peces del río, las aves, los árboles; las arenas y arcillas del suelo, unas del Brasil, las otras de la cordillera, de la Patagonia, todos ingredientes para este plato único cocinado aquí a fuego lento, con ingredientes compartidos con toda una región.

Por abajo igual, el basalto, los acuíferos. Por arriba lo mismo: en estos meses hemos sufrido el violento abrazo del Pacífico y Atlántico sobre nuestras cabezas con la corriente de El Niño. No es difícil verlo, si el nombre de Ente Ríos fue asentado por un nicaragüense, Tomás de Rocamora y antes el territorio se llamó Uruguay, muy por encima de los límites actuales. Si la mayor revolución social y política de la región encabezada por José Artigas nació cruzando el río Uruguay y se expresó al unísono en ambas márgenes. Por eso la banda roja compartida.

Protagonismo

Desde esta mirada regional, Entre Ríos se inserta con derecho propio y comodidad en el continente, en su naturaleza, en su historia.

Sólo algún desvío en la educación formal europeísta, fortalecido con una masiva inmigración cercana (de hace 130 años) que nos pintó como “inmigrantes” y dejó al margen 12 mil años de historia regional, ese engaño nos extirpó del continente, del Abya yala, nos ató a la metrópolis y nos puso de espaldas a la región, mirando a Europa.

Por ahí tenemos que reconocer nomás que el padre de Francisco Ramírez era paraguayo, que los padres de Fray Mocho y Linares Cardozo eran orientales, y que no sabemos a ciencia cierta cuál es el centro de la nación charrúa que comprendía varias familias con matices propios y por eso tenemos que decir: la región. ¿Eran más entrerrianos que orientales? ¿Y qué importancia tiene, si esa división nos fue impuesta?

¿No vivían los alfareros orilleros en ambas márgenes del Paraná en la Argentina, y del Río Negro en Uruguay, hace dos mil años por lo menos?

Con esta mirada integral, de cuenca, nos conocemos. Somos una región en el planeta, el entrerriano tuvo una participación distinguida en la Guerra al Paraguay, ¿en qué consistió? En sublevarse una y otra vez para no combatir con los hermanos. El tagüé alcanzó un protagonismo en la defensa de Paysandú, la comandó con Lucas Píriz a la par de Leandro Gómez.

Sin caminos

Si el poder metropolitano, de raíz oligarca y europeizado, logró aislarnos fue por las intrigas y los engaños, y por el dinero que trajo los Remington. Y pasan las décadas y seguimos pagando caro esas derrotas (derrotas al fin y al cabo). Se nota de muchas maneras, no las vamos a enumerar aquí.

Por dar un ejemplo: estos días de intensas lluvias hemos sabido lo que implica aceptar que Buenos Aires decida qué autopistas hay que hacer (para Buenos Aires) por nuestro territorio, mientras que los entrerrianos esperamos el arreglo de 25.000 kilómetros de caminos para nuestras familias que padecen el aislamiento por semanas. Hasta el canto rodado nos llevaron.

Naturalizar el costo más alto de los servicios o la ausencia de caminos, y naturalizar que el federalismo ganado en el campo de batalla sea letra muerta de la Constitución; naturalizar el destierro de los entrerrianos por la apropiación de las superficies desde capitalistas foráneos, así como la entrega de los fondos de los entrerrianos al capital financiero personal, son muestras de la gran decadencia que no encuentra piso todavía.

Lo decimos como una introducción para recuperar esa red regional que constituye la naturaleza, la cultura, en la que Entre Ríos se explica mejor y en la que no faltan saberes, luchas, oficios, modos, gustos. Lo local para nosotros es lo regional, y en lo regional encontraremos caminos no capitalistas sugeridos y sostenidos por milenios. En lo regional nos plantamos para la resistencia.

Reinsertar a Entre Ríos en el Abya yala nos aclara la condición propia y nos acerca. Si la prepotencia metropolitana nos encaja la dominación mediática a diario, con las noticias policiales de Buenos Aires y la farándula porteña, y nos vende las mercancías del poder concentrado mediante la propaganda, y nos ata al capital financiero que paga toda la programación, nosotros debemos ir a las fuentes para liberarnos.

Claro que esas fuentes tampoco están en ámbitos también copados por el poder vertical metropolitano y europeizado que nos hace ciudadanos de segunda.

Los desperdicios

¿Dónde están entonces esas fibras que decíamos? En el pozo negro. Allí donde el poder instalado echó y echa lo que no le es útil, lo que considera despreciable.

Cierta cerrazón de la razón europea deja en un escalón inferior diversos modos del saber. Les exige el cumplimiento de pasos propios de un tipo de ciencia que no contiene esos saberes, como quien reclamara a un futbolista las reglas del básquet. Es así como en las aulas entrerrianas, argentinas, los saberes de la región resultan menospreciados. Ni los modos del conocer ni los temas del lugar: el europeísmo descalifica lo que no le es propio y lo que no conoce. Lo hace invisible. Tira la cadena y hasta luego.

No hay que ser europeo para ser europeísta. Algunos pensadores europeos han escrito que nosotros (sudamericanos, africanos, negros, aborígenes, mestizos) somos estúpidos y sólo servimos para siervos. Luego nosotros los colocamos en el altar del conocimiento, tras lo cual esos pensadores responden: ¿no les dije?

Algunos sostienen que a su modo los europeístas dialogan, discuten, hasta se pelean, entre defensores de la ciencia, la filosofía, la teología, pero las tres disciplinas figuran en un campo de juego común que deja afuera, en un abismo, otras formas de conocer, otros saberes.

En el desprecio del lugar está el epistemicidio, el aniquilamiento de diversos modos de entender, distintos de los del imperio, para uniformar a la humanidad en línea con lo que necesite el imperio, lo que le sea útil. No es difícil observar que los saberes del Abya yala (América) quedan en general en segundo plano, ninguneados. Y así van sepultando la historia no europea, los otros saberes. Así el europeísmo quema libros a diario, a su manera.

Ni Zumbí, ni Haití

Los entrerrianos somos víctimas de un genocidio, un biocidio y un epistemicidio, y en alguna medida hemos sido cómplices también.

Ese pensar en casilleros ajenos nos ha extirpado del paisaje, de la región, del continente mismo.

Los africanos constituyeron repúblicas independientes en Sudamérica en plena esclavización, pero Zumbí, uno de los líderes del quilombo de Los Palmares, por caso, está vedado en la educación. Con excepciones, pero vedado.

La mayor revolución mundial antiesclavista e independentista es tratada tangencialmente, o ignorada. Haití es la fuente de nuestros mayores orgullos y sin embargo permanece ausente.

Más cerca, ¿qué estudiamos de los 300 años de resistencia charrúa?

El europeísmo tiene sus modos y sus temas, y a eso le llama “universal”. Así en el conocimiento como en los derechos humanos, por caso.

Ocultar el racismo del europeo contra nuestros pueblos, el racismo incluso de los llamados “pensadores”, ha sido un verdadero logro de la colonialidad. Así es que los atropellos siguen ocultos porque hablar de ellos no paga, no da prestigio.

En un abismo

Dice el pensador Boaventura de Sousa Santos: “el conocimiento moderno y el derecho moderno representan las más consumadas manifestaciones del pensamiento abismal”. (El que traza una raya y deja del otro lado lo distinto, en un abismo. El pozo negro, decimos nosotros).

Habla del conocimiento y el derecho. En el campo del conocimiento, dice, “el pensamiento abismal consiste en conceder a la ciencia moderna el monopolio de la distinción universal entre lo verdadero y lo falso, en detrimento de dos cuerpos alternativos de conocimiento: la filosofía y la teología”. Apunta que la ciencia, la filosofía y la teología forman parte de un mundo visible que discute, muestra conflictos y disputas, pero existe otro mundo oculto que el occidente mantiene en el abismo, donde pueden hallarse otros modos de conocer, hoy ocultados bajo el manto del desprecio.

“El carácter exclusivista de este monopolio se encuentra en el centro de las disputas epistemológicas modernas entre formas de verdad científicas y no científicas”, dice Sousa. “Puesto que la validez universal de una verdad científica es obviamente siempre muy relativa, dado que puede ser comprobada solamente en lo referente a ciertas clases de objetos bajo determinadas circunstancias y establecida por ciertos métodos, ¿cómo se relaciona esto con otra posibles verdades que puedan demandar un estatus mayor pero que no se puedan establecer según métodos científicos, tales como la razón y la verdad filosófica, o como la fe y la verdad religiosa?”

De inmediato explica el punto: “estas tensiones entre ciencia, filosofía y teología han llegado a ser altamente visibles pero, como afirmo, todas ellas tienen lugar en este lado de la línea. Su visibilidad se erige sobre la invisibilidad de formas de conocimiento que no pueden ser adaptadas a ninguna de esas formas de conocimiento”.

Lo que dice Sousa es muy importante para la humanidad, para despertarla del engaño hegemónico, y en especial para nosotros ya que, desde esta perspectiva, nuestras culturas milenarias quedan todas en el abismo. ¿Y quién está dispuesta a explorar en el pozo negro para recuperar aquellas fibras ocultadas y ensuciadas?

Pozo negro por pozo y por negro. Vamos a lo negro y a lo hondo para aclararnos.

Los descartados

Ese mundo en tensión entre fe y razón monopoliza el pensamiento e ignora y hace ignorar los conocimientos populares, laicos, plebeyos, campesinos o indígenas –afirma Sousa-, a lo cual agregaremos que invisibiliza también los saberes tradicionales adquiridos por la vía del advertimiento o cuyo origen desconocemos, pero no responden a un silogismo ni a un acto de fe ni a una comprobación empírica.

Conocimientos que permanecen con el paso de los siglos, y que son compartidos a veces por culturas distintas, distanciadas. No son muertos, no son rígidos, pero tampoco quedan expuestos a los caprichos de las modas. Esos conocimientos no son “pasado” sino vivo presente, siempre reverdeciendo. Saberes que echan hojitas nuevas cuando las “doctrinas” escritas en un escritorio envejecen irremediablemente al cabo de algunas décadas o pocos siglos.

Por eso en nuestro sistema no hay ámbitos para conversar de la gauchada, del mate y todo su mundo, o de saberes expresados desde antiguo como sumak kawsay o suma qamaña, tekó porá, kume mongen, newen, tekohá, yanantin, ayllu, ayni, chakana, whipala, qhapac ñan, allin munay, llancay, yachay, sonkoy, minka, nguillatun, yvy mara ey, inti raymi, Pachamama.

Como tampoco hay lugar para la soberanía particular de los pueblos, los esfuerzos campesinos, las luchas obreras, la potencia de los sometidos a los que la “ciencia” europea llamó, literalmente, “estúpidos, inferiores, frívolos, sin sentimientos, deformes, horribles y malvados”.

Esos deformes malvados eran, claro, Guacurarí, Ansina, Zumbí, Arbolito, Remedios del Valle, Micaela, Bartolina, Tupac Amaru, Catari, Abiarú, Ñeenguirú, Guyunusa, Vaimaca, Leftraru, Mañuá, Yapicán, Abayubá, Añahualpo, Yandianoca, Tabobá, los Yasú, Aponte, Dessalines, Toussaint, todos selectivamente extirpados (con nuestros pueblos) de la educación. Extirpados con sus saberes, luchas, paisajes.

Derechos clandestinos

Los saberes de los habitantes del Abya yala (América) quedan en el abismo, y sus derechos también. Para revertir este engaño, Sousa llama a diseñar “los derechos fundadores, clandestinos, que fueron suprimidos por los colonialistas occidentales y la modernidad capitalista a fin de construir, sobre sus ruinas, las monumental catedral de los derechos humanos fundamentales”.

Entonces habla, por caso, del derecho al conocimiento. “La supresión de este derecho original fue responsable del epistemicidio masivo sobre el que la modernidad occidental construyó su monumental conocimiento imperial”.

Esta reivindicación implica “la necesidad de un derecho a conocimientos alternativos. Semejantes conocimientos alternativos deben fundamentarse en una nueva epistemología desde el Sur, desde el sur no imperial”.

Después se refiere a otros derechos que el derecho occidental oculta. El caso del derecho a juzgar el capitalismo en un tribunal, o a reconocer derechos a entidades incapaces de ser titulares de deberes. ¿Ejemplo? Los derechos de la naturaleza, que ya están presentes en la legislación de países como Bolivia y Ecuador, y que se comprenden bien desde la red de saberes, tradiciones que el europeísmo ha tirado al pozo negro.

Daniel Tirso Fiorotto – Diario UNO – lunes 9 de mayo de 2016.