A 40 años de la muerte de Rodolfo Walsh: la otra Carta

31-05-17 |

El periodista y docente uruguayense, analiza con espíritu crítico el aporte del autor de Operación Masacre desde perspectivas menos exploradas y apunta a una “propuesta de paz” del dirigente, inaceptable para militares y montoneros.Por Américo Schvartzman *

A cuarenta años del secuestro y asesinato de Rodolfo Walsh, es interesante recordar otro de sus “testimonios en tiempos difíciles”, tan relevante como la “Carta Abierta a la Junta Militar” enviada a un año del golpe: esa otra Carta son sus escritos críticos a la conducción montonera, producidos entre noviembre de 1976 y enero de 1977, que en conjunto se pueden leer como una de las acusaciones más contundentes contra esa organización.

La “Carta Abierta…”  de Rodolfo  Walsh a la Junta Militar no solamente es un formidable testimonio de época: además está increíblemente bien escrita. Walsh puso en ella todo lo que tenía para dar, y en ella se definió para siempre: no firma la carta como militante, como oficial de Montoneros, ni siquiera la firma como “periodista”. Es la “Carta de un escritor”. Walsh fue eso ante todo: un escritor-testimonio.

Fiel a sí mismo antes que a ninguna otra cosa, aunque ello lo obligara a cambiar muchas veces (del nacionalismo a la izquierda, del antiperonismo a las FAP, de “soldado montonero” a cuestionador implacable de esa organización). Todos sus previos aciertos o errores, ese 24 de marzo de 1977 se desdibujan ante la potencia de una obra maestra de la argumentación racional escrita, sin embargo, con las tripas, y desde la agónica desazón de la certeza; certeza de no ser escuchado, de ser perseguido, pero de cumplir con el imperativo categórico asumido años atrás: “dar testimonio en momentos difíciles”.

Pero podría decirse que hay otra Carta de Walsh, mucho menos conocida y que también constituye un indeleble testimonio en momentos difíciles. En realidad, son cinco textos: cinco documentos enviados a la conducción montonera entre noviembre de 1976 y enero de 1977, que en conjunto se pueden leer como una sola producción, inapelable, que es una de las acusaciones más contundentes contra esa organización. Además tiene un valor ético descomunal: fue escrita desde adentro, por un miembro de esa organización.

El contexto y la ética

Hacía veinte años que Rodolfo Walsh había escrito Operación Masacre cuando dejó como legado la Carta Abierta de un escritor a la Junta Militar. Un documento fundamental para entender el plan que llevaban adelante las fuerzas que tomaron el poder, pero también una prueba que actúa como elemento acusador de primer orden para todos los que dicen no haber sabido nada de lo que ocurría. En especial para los periodistas y los medios, que –como dice Eduardo Blaustein en Decíamos ayer– si de veras no sabían, entonces eran pésimos en su trabajo: Walsh, clandestino y sin recursos, proporcionaba datos precisos y agudos.

Impresiona la capacidad de producción de Walsh en plena dictadura: oculto en su país, con escasos recursos, mantiene una precaria pero eficaz agencia de noticias, escribe la famosa Carta, pero antes, produce y difunde un extenso artículo titulado Historia de la guerra sucia en la Argentina, que enumera buena parte de lo que sucedía con detalles estremecedores. Y en simultáneo prepara informes de inteligencia internos y documentos críticos a la conducción montonera que constituyen una de las acusaciones más contundentes contra esa organización.

Esos escritos de Walsh, mucho menos conocidos que la Carta, se emparentan con ella en su densidad. E impresionan a quien se aproxima a ellos por primera vez, a la vez que no permiten obviar su valor ético, porque fueron escritos “desde adentro”, por un miembro de esa organización, que poco después entregó su vida en plena conciencia de lo que estaba haciendo.

El oficial Esteban

De su antiperonismo inicial (en el prólogo a su célebre Operación Masacre lo dejará plasmado para siempre) Walsh pasa a dirigir en los 60 el periódico de la CGT combativa de Raymundo Ongaro, participa en la inteligencia cubana ante la amenaza de desembarco yanqui, contribuye al nacimiento de las organizaciones político militares desde el Peronismo de Base, y luego se suma a las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), donde su tarea siempre se relacionó con la información, la inteligencia y la planificación de acciones.

Desde las FAP, Walsh termina sumándose con el grado de oficial a Montoneros, ya liderado por Mario Eduardo Firmenich. En la estructura militar montonera fue oficial encargado del área de inteligencia, y resumía su objetivo en una frase: «No se puede vencer a un enemigo sin antes comprenderlo». Curiosamente, o tal vez no, esa frase aparece casi textualmente en su propia introducción a Operación Masacre, en marzo de 1957. La diferencia es que el enemigo a entender, entonces, eran los peronistas. Walsh logró adentrarse tanto en esa comprensión que terminó convirtiéndose a ese credo.

En la lucha armada colaboró con planificación y operaciones desde su área específica. Su nombre de guerra era Esteban; y junto con él se sumaron otros periodistas, escritores e intelectuales.

(Una digresión: no deja de ser una sorpresa repasar la lista de esos otros talentos argentinos sumados a la tragedia. Que gigantes del pensamiento y la creación como Walsh, Paco Urondo, Héctor G. Oesterheld o Juan Gelman, hayan elegido voluntariamente ponerse a las órdenes de un fundamentalista de escasa lectura como Firmenich sigue siendo algo inexplicable para éste que escribe).

Dignidad de Walsh

La acusación de Walsh a Montoneros no es un texto de renuncia, o justificando una decisión de alejamiento que jamás se dio. Por el contrario, es una crítica desde adentro, en medio del temporal, implacable. Y escrita en su estilo. Es decir: son textos bien escritos, aunque no tan cuidados como la Carta a la Junta. Está hecha por alguien que cree que aún es posible modificar el extraviado rumbo de los Montoneros –del que el propio Walsh formó parte en los años previos– y evitar la masacre que se cernía, que adivinaba catastrófica para esa organización y nefasta para el país. Una especie de grito desesperado a la ensoberbecida dirección Montonera, tan duro y profundo que uno se puede permitir pensar, tras leerla, que si a Walsh no lo mataba la Junta por la Carta, bien podrían haberlo fusilado por orden de Firmenich.

El primer texto fue elaborado en respuesta a una resolución de la conducción montonera posterior al golpe, del 11 de noviembre de 1976. Walsh refuta el Documento del Consejo Superior Montonero tratando de hacer abstracción de los aspectos más coyunturales para enfocar en los temas de fondo. Y cuestiona que “las rectificaciones son sólo parciales, porque no corresponden a una autocrítica profunda sobre los errores que nos condujeron a la actual situación, sino que tienden a corregirlos de facto ante la evidencia del mal resultado obtenido. Con este método el acierto o el error son azarosos y empíricos”, dice.

Los textos –se pueden leer íntegros en el link que figura al final de la nota– fueron tomados del libro Rodolfo Walsh, vivo, de Roberto Baschetti (Ediciones de la Flor, 1994). También se los reprodujo parcialmente, pocos años más tarde, en el tercer tomo de La Voluntad, de Eduardo Anguita y Martín Caparrós (1998).

Triunfalismo y militarismo

No es sencillo mirar cuarenta años atrás e intentar entender. El historiador Tulio Halperin Donghi sostiene que el éxito inicial de las organizaciones que apostaron a la lucha armada se midió, más que por su capacidad de movilizar a las masas, “en el acostumbramiento progresivo de la opinión pública a admitir la inclusión del asesinato entre las prácticas políticas tenidas por aceptables”. Y da cuenta de las autocríticas posteriores de los dirigentes de esas organizaciones, “abundantes en confesiones de aventurerismo y aislamiento de las masas”.

A diferencia de esas autocríticas, Walsh recorrió ese camino siendo todavía miembro de la estructura de Montoneros, a la que le cuestiona no sólo lo metodológico sino también lo conceptual. Comienza su larga lista de reproches, asegurando que la conducción montonera no tuvo en cuenta en su formulación estratégica, “diferencias específicas con otras experiencias” (como China o Vietnam) por lo cual “confundió nuestra lucha social con una lucha colonial”. Asevera que Montoneros “desistió de la lucha política y decidió (en vez de hacer política) que las armas principales del enfrentamiento eran militares”.

La acusa de haber sido “militarista, triunfalista y de tener una desmedida ambición de poder”. Los documentos del Consejo Superior eran, según Walsh, como “una clase de estrategia sobre la mesa de arena¸ cuando la realidad de los militantes” no tenía “nada que ver con ese enfoque”. El triunfalismo, por otro lado, “muy grave”, obedecía a “la incomprensión sobre nuestra propia historia”. Mostraba además “una persistente ausencia de autocrítica: todo lo que hagamos estará bien”. Además cuestiona los métodos y niveles de análisis de los Montoneros: asegura que “uno de nuestros oficiales conoce, en general, cómo Lenin y Trotsky se adueñan de San Petersburgo en 1917, pero ignora cómo Martín Rodríguez y Rosas se apoderan de Buenos Aires en 1821”.

El triunfalismo delirante, tamizado con una pasión por el uso de una jerga militarista con toques de leninismo, ya fue bien estudiado en otro trabajo altamente recomendable, de Pilar Calveiro (Política y/o violencia, Ed. Siglo XXI).

Como para muestra basta un botón, Gabriel García Márquez entrevistó en abril de 1977 a Mario Firmenich, el líder de esa fuerza político-militar en la que revistó Walsh hasta su muerte. Y aún en esa fecha, toda una definición, Firmenich le aseguró: “Este año terminará la ofensiva de la dictadura y finalmente se presentarán las condiciones favorables para nuestra contraofensiva final”. Por supuesto, después sobrevendría la victoria de la Revolución. Abril de 1977. Unos meses antes (diciembre del 76) Walsh reclamaba a la conducción “reconocer que las OPM han sufrido en 1976 una derrota militar que amenaza convertirse en exterminio”. Y unos días antes de esas declaraciones de Firmenich, Walsh firmaba su Carta –y su propia sentencia de muerte– donde documentaba «quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados».

Dos ideas al mismo tiempo

Según Walsh, la incapacidad de la conducción montonera para analizar la realidad se verificaba en bruscos cambios en los diagnósticos, calificados por el escritor como “bandazos que nos alarman”. Más adelante dirá que ni siquiera entienden la dialéctica, ya que “es como si no pudiéramos tener dos ideas en la cabeza al mismo tiempo: si hay contradicciones, las consideramos antagónicas; cuando nos damos cuenta de que no son antagónicas, nos olvidamos de que existen. Eso es reaccionario: anular con una opinión hechos de la realidad”.

De esa misma incapacidad para salir de los esquemas propios se derivaron otras consecuencias, como el “autoaislamiento”, el creerse en efecto vanguardia iluminada de un movimiento (el peronismo) que jamás los consideró de ese modo. Como consecuencia de esos errores se cayó en el “ideologismo”. Las organizaciones “se autoaislaron del pueblo”, acusa Walsh, “en parte por ese ideologismo y en parte por la falta de propuestas políticas para la gente real”.

Eso agudizó el militarismo: “En vez de librar el combate en la conciencia de la gente, lo libramos en el espacio físico”, una estrategia que terminó siendo suicida.

Los textos contienen también un apartado destinado a la situación internacional que contiene la sorprendente cita siguiente: “El imperialismo aprieta con dos pinzas: la económica y la de los derechos humanos, para mejor someter a nuestros países. Los mandan a matar y después aprietan. Además, ahora van a institucionalizar los derechos humanos, creando comisiones dirigidas por ellos, para regular las denuncias como mejor les convenga”. Aunque a quienes militen en organizaciones de derechos humanos les cueste creerlo, la frase es de Walsh y forma parte del informe que comentamos. Es que la indetenible “militarización” del lenguaje, la ideología y el pensamiento montonero –que el propio Walsh logró identificar como un problema– no le fue, sin embargo, ajena. Sumado, con seguridad, a la interpretación “materialista dialéctica” de los derechos humanos como construcción liberal burguesa.

No obstante, esa percepción no le impide ver la necesidad de adoptar el punto de vista de los derechos humanos como una herramienta de lucha contra el régimen. Incluso sugerirá evitar cualquier “acción militar indiscriminada que impida hacer política en el seno del enemigo o nos quite la bandera fundamental de los Derechos Humanos”.

“Un paso adelante

El mismo Walsh que habla de “nuestro Ejército” y utiliza terminología militar en sus informes internos como un convencido oficial montonero, cuestiona “el militarismo que no ayuda a pensar”. Y apenas unos meses después del 24 de marzo de 1976, revisa la posición montonera respecto del golpe. Revela que los Montoneros contemplaban la posibilidad de la ruptura institucional “con cierto optimismo, como si su víctima principal fuera a ser la burocracia en el gobierno, y no nosotros”. En efecto, para buena parte de los militantes revolucionarios que habían optado por la violencia, el golpe era un paso adelante: en el esquema teórico de esas organizaciones, el levantamiento militar definiría con más claridad las opciones, dejaría dos campos delimitados y entonces no habría más espacio que para una “guerra popular” que condujera al triunfo de la revolución.

Poco tiempo después, Walsh, en su célebre Carta a la Junta… les reprochará a los militares que faltaban sólo nueve meses para las elecciones: “En esa perspectiva lo que ustedes liquidaron no fue el mandato transitorio de Isabel Martínez sino la posibilidad de un proceso democrático donde el pueblo remediara males que ustedes continuaron y agravaron”.

Hay quienes quieren ver una contradicción entre estos diferentes Rodolfos Walsh, uno reivindicando “un proceso democrático” y el otro formando parte de un rígido esquema militar conducido por Mario Firmenich. Sin embargo, quizás la explicación sea otra: en su Carta, Walsh desanda caminos anteriores. Es sabido que firma ese texto magistral, por primera vez en varios años, con su nombre “civil”, con su cédula de identidad, como escritor; no como oficial montonero.

Propuesta de paz a la Junta

La lucidez final de Walsh se expresa, no obstante, en una propuesta que solo podría haber sido vista como delirante en aquellos años por la conducción montonera: la del ofrecimiento de paz del 2 de enero de 1977 a la Junta militar. Walsh propone “un acuerdo de paz, que al mismo tiempo que reafirme los principios justos de la lucha liberadora, reconozca la derrota militar”. Debía girar, en su opinión, “alrededor de dos puntos mínimos: 1. Reconocimiento por ambas partes de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y vigencia de sus principios bajo el control internacional. 2. Reconocimiento por ambas partes de que el futuro del país debe resolverse por vías democráticas”.

Como se puede ver al leer los textos, la idea no tenía nada de ingenua: preveía el rechazo de la ofrenda pacifica, que se convertiría en el más adecuado argumento para pasar de la arena militar a la lucha política dejando a la Junta como los enemigos de la concordia y la reconciliación argentinas. Todo el conjunto era inaceptable para la conducción montonera.

¿Es exagerado suponer que, de no haber sido secuestrado sesenta días después de este último texto, la conducción montonera habría terminado considerando a Rodolfo Walsh como un traidor? Creo sinceramente que no. De hecho, la novela Recuerdo de la muerte de Miguel Bonasso narra episodios de ese tipo, que muestran la inconmovible estupidez de los dirigentes a los cuales respondieron el propio Bonasso y Walsh.

“Soy lento, he tardado quince años en pasar del mero nacionalismo a la izquierda”, escribió Walsh sobre sí mismo. Del antiperonista que en el prólogo a Operación Masacre se rebelaba al constatar que la Revolución Libertadora que había apoyado fusilaba peronistas, pasó en década y media a convertirse en soldado de una organización político-militar que, como diría Halperín Donghi, asumió el asesinato como una práctica política aceptable. De hecho, su presentación pública fue un hecho cuidadosamente estudiado de macabro marketing político-militar: el fusilamiento de Aramburu.

Lo cierto es que Walsh asumió con todo su cuerpo y espíritu el compromiso que surgió de su convicción más honda: la realidad no se cambia con escritos. Porque realmente creía que «un intelectual que no comprende lo que pasa en su tiempo y en su país es una contradicción andante; y el que comprendiendo no actúa, tendrá un lugar en la antología del llanto, no en la historia viva de su tierra». Quizás tardó en comprender que, aun comprendiendo, todos somos contradicciones andantes. Pero entendiéndolo o no, actuó y se comprometió hasta el tuétano.

Paradoja de paradojas, lo que perdurará siempre de Walsh no será su apodo militar ni su adhesión a las organizaciones armadas, sino sus escritos. Que quizás no cambiaron la historia, pero sin dudas –como se lo propuso en su acto final– dejaron un testimonio inapelable, e imprescindible, para las generaciones siguientes.

Para leer los cinco documentos que conforman “la otra Carta de Walsh”, aquí está el Link.:

http://www.lavanguardiadigital.com.ar/index.php/2017/03/25/la-otra-carta-de-walsh-los-escritos-criticos-a-la-conduccion-montonera/

 

*Miembro de la Junta Abya yala por los Pueblos Libres

**Publicado en el periódico digital Chasqui del Litoral.